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Desenmascarando al Enemigo, Parte 1

¿Cómo entiendes una portada de la revista Time titulada “Más Allá de Él o Ella” desenfadadamente escrita, en la cual la autora Katy Steinmetz defiende a niños de todo el país que rechazan cualquier identificación de género (27 Marzo)? ¿O setenta congresistas que buscan una prohibición a nivel nacional sobre el derecho de un individuo a buscar ayuda terapéutica para hacer las paces con su género biológico, sobre la base de que “las personas LGBTQ nacieron perfectas; no hay nada por qué tratarlas” (Rep. Ted Lieu, D-Calif., Washington Post, 27 de Abril)?

Ni Steinmetz ni Lieu reconocen que están participando en el quebrantamiento de vidas.  Ellos insisten en que la libertad de rechazar el propio ser masculino o femenino es un derecho humano, un bien moral, que debe ser defendido tan directamente como reconocer el “Yo” homosexual o lésbico.  ¿Dónde termina esto?  Si estamos de acuerdo en que los “sentimientos” sobre uno mismo y la otra persona son el fundamento de la libertad humana, sólo podemos observar y felicitar a una generación que busca trascender completamente el género.

La verdad: estamos siendo testigos de que el enemigo de la humanidad le está robando a una generación su fecundidad y a las familias su cohesión.  En lo que mejor se puede describir como terrorismo doméstico, los padres soportan una explosión de bomba tras otra a medida que los hijos manifiestan su intención de convertirse en hijas, y las hijas en hijos, o más confuso aún, niños que insisten en ser llamados “ellos” a fin de mantener todas sus opciones de género abiertas.  Es un nuevo giro satánico en el tema adolescente de la inversión exagerada en uno mismo y la experimentación: cada día una nueva máscara, un nuevo Yo, un nuevo compañero para el “Yo” que está siempre en evolución.

Al reclamar la “libertad” de las viejas tradiciones de hombres o mujeres, estas personas se convierten en esclavos de su propio interés.  En la búsqueda de un Yo, ellos nunca pueden convertirse en un Yo íntegro para otra persona, para sus familias, para la comunidad mayor.  Es imposible.  ¿Cómo puede uno llegar a ser influenciable cuando él o ella se rehúsa a aterrizar en el nivel más básico del ser —la verdad del propio género?  Los mismos poderes que Dios le da a uno para crear vida (en su Yo de género) ahora amenazan con destruir esa vida y atenuar las vidas que le rodean.

Nosotros tenemos un enemigo común que pretende convertir lo bueno en malo y esclavizar a la humanidad con esa distorsión.

Karl Barth tenía razón.  Al reflexionar sobre la dualidad de género como la única conclusión que podemos extraer bíblicamente sobre lo que significa manifestar la imagen de Dios en nuestra humanidad (Gén. 1: 26, 27), él concluye que el rechazo a la identidad de género es rebajarse a la inhumanidad y un rechazo a Dios mismo.  Dios creó a cada persona como hombre o mujer.  Sólo hay dos naturalezas.  Cuando rechazamos ese hecho, lo rechazamos a Él.

Nuestros “sentimientos” no nos salvarán en el último día.  A la luz de muchos deseos, nosotros podemos mirar de frente a las autoridades, sean políticas, periodísticas, pseudo-científicas o pseudo-religiosas, y declarar su defensa de los “derechos” LGBTQ como una alianza con los poderes oscuros que gobiernan nuestro mundo actualmente.

Al darle la espalda al enemigo de nuestras almas, nos volvemos a Aquél que descendió del cielo para arrancar el muro entre nosotros y el mal.  Él desciende hasta nuestras mismas profundidades.  Sobre el terreno que Él conquistó al morir por nuestro Yo quebrantado, Él vive para resucitarnos de acuerdo a Su voluntad para con nuestra humanidad de género.

“Toda la vida y el ministerio de Jesús ha sido una batalla con los demonios…  Esta batalla ha sido con aquéllos que gobiernan este mundo, las estructuras de poder que se han organizado y su autoridad para que no haya lugar para Dios en el mundo.  Jesús, entonces, no ha venido a ofrecer una alternativa más política sino a romper el dominio que tienen los poderes sobre el mundo.  Él ofrece un mundo nuevo, un mundo nuevo en el que Dios es Dios y los seres humanos son liberados para ser seres humanos”.

  1. T. Wright
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