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Viviendo el Sueño

“Cuando José se despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y recibió a María por esposa” (Mt 1:24).

Los hombres viven sus sueños cuando todo su ser está alineado con la voluntad de Dios.  Esos sueños, como San José nos lo recuerda, bien pueden implicar encuentros angélicos en la noche, pero más que eso, implica decir “sí” cada día al hecho de enfrentar como hombre las necesidades mundanas de aquéllos que Dios nos confió.  Aunque no suele ser místico o sexy, vivir el sueño es acerca del bien de los demás.  Y siempre implica abandonar sueños vanos para que nuestras vidas sean una bendición, no una lúcida pesadilla para las personas que más amamos.

El valor de un hombre depende del valor que él demuestra a aquéllos que Dios le confía.  Las personas que dependen de él se independizan, se vuelven más capaces de dominar las dificultades, cuando un hombre usa su poder para empoderar a la esposa y a los hijos (o cualquier persona dependiente que Dios nos confíe).  Dichosa es la familia cuya cabeza enfoca su fuerza en evocar lo bueno de sus seres queridos.  Cuando él vive para provocar y proteger la dignidad de su familia, el hombre vive el sueño para el cual Dios lo creó.

Por el contrario, nuestra tristeza conjunta tiene su origen en los hombres que no cumplen sus promesas de amor.  Incontables y radicales son las heridas perpetradas por el hombre que se aleja, —el que emplea su fuerza para satisfacer a los dioses sensuales pero no es lo suficientemente hombre para quedarse.  Atar las heridas profundas de la traición ocupa mucho de nuestro tiempo en Aguas Vivas.  La dura verdad es que nuestro mundo dentro de la iglesia está lleno de hijos adultos y ex-esposas de hombres que abandonaron a sus familias.

En lugar de vivir el sueño, estos hombres ahora persiguen sueños vanos que se vuelven más pesadilla a medida que avanza el tiempo.  Las relaciones con personas más jóvenes y más sexy reflejan una imagen espantosa del hombre que abandona todo por un vislumbre de belleza que elude su alcance.  Las relaciones adúlteras son fantasmas que complacen para atormentar.  Por su misma naturaleza no pueden brindar una verdadera felicidad.  Hoy en día, los amantes de cualquiera de los dos sexos lo harán pero debemos tener claro que ésta es la misma vieja pesadilla: el hombre que intercambia a sus seres queridos por nuevos modelos mientras elige adormecerse ante la monstruosa consecuencia de sus acciones.  ¿Una señal segura del mal arraigado en nuestra cultura?  Cuando dichas opciones son interpretadas como “justicia” para el hombre, ya sea en forma de una mujer más “comprensiva”, un compañero “gay”, o la “libertad” de perseguir a su Yo transgénero.

Para una época como ésta, nosotros necesitamos el testimonio de San José.  Dios escogió a un hombre justo para cumplir el sueño de Dios para su vida.  Al decir “sí” a ese sueño cada día en la forma cómo él cuidaba de María y de Jesús, San José hizo nacer al Salvador del Universo.

En las Escrituras no se dice mucho de él.  Él habló sólo a través de acciones justas.  Él discretamente se unió a la voluntad del Padre; él demostró su hombría defendiendo a su familia en su momento más vulnerable —María en su vergüenza social, Jesús bajo la ira de Herodes.  San José (para mí) es el mejor testimonio de las Escrituras de la masculinidad inspirada.  Después de todo, la manzana divina fue sostenida y fortalecida por este noble árbol.

Es posible que nosotros también tengamos sueños que creemos que Dios ha puesto en nuestros corazones.  Al igual que San José, nosotros debemos despertarnos y actuar cada día en su cumplimiento para que se haga realidad.  Lo que hizo grande a San José fue su fidelidad a Dios y a sus seres queridos.  Que sigamos su ejemplo de guardar lo mejor de Dios para con su familia.  Que nosotros también vivamos nuestros sueños con temor y temblor, intercambiando los fantasmas por la voluntad del Padre y la verdadera felicidad.

 

 

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