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Reflexiona, Proclama

“María guardaba todas estas cosas en su corazón y meditaba acerca de ellas” (Lc 2:19).

Muchos de nosotros experimentamos una tensión entre la oración y la acción.  Es posible que sepamos bien el valor de reflexionar sobre el misterio del Dios con nosotros, este niño Jesús que quiere ser un “tabernáculo” con nosotros.  La oración es la principal forma en que nosotros nos convertimos en ese hogar donde Dios mora con nosotros a través de Su Espíritu.

Sin embargo, nosotros estamos rodeados de muchos desamparados que no tienen ni idea de que Dios se hizo carne y ahora quiere morar con ellos.  Si tú eres como yo, algo se enciende durante la oración y estalla para romper el silencio: “¡Dios vino; Él está aquí! ¡Él quiere estar contigo! ¡No tienes que resolver tu dura vida tú solo!”

Quizás este llamado a reflexionar y proclamar son dos partes del mismo mensaje.  Nuestra fidelidad a ambas partes es la forma cómo creamos un mensaje íntegro para que el mundo oiga.

Lc 2: 15-20 nos da pistas sobre esta integridad.  Muchas cosas suceden aquí —una multitud de ángeles recién habían deslumbrado a estos pastores con la proclamación de que Dios el Salvador estaba vivo y bien y que vivía en un establo cercano.  Los pastores encontraron a Jesús; nosotros podemos asumir que estaban más impresionados por aquel Dios en Su pequeñez que por espectáculo de poder y luz de la hueste celestial.  Jesús debe haber irradiado gloria desde el pesebre.

Los pastores fueron las primeras personas no pertenecientes a la familia en dar testimonio del Dios hecho carne.  Ellos estaban en el extremo inferior del sistema del mundo; vagabundos pobres, ellos a menudo eran sospechosos de delitos mezquinos y evasiones ingeniosas.  ¡Conveniente que ellos se convirtieran en los primeros nuevos miembros de la santa familia!  San Pablo dijo que todos éramos esclavos del sistema del mundo hasta que Dios vino; Jesús nos transforma de esclavos mundanos en hijos e hijas del Padre.  En Él, los desamparados aseguran un hogar (Gá 4: 3-7).

María atesoró este encuentro entre los pastores y el Niño Rey.  Ella meditó acerca de esto (vers 19).  Por primera vez, ella era testigo del impacto de su recién nacido en los demás.  Eso debió robarle el aliento.  Guau, pensó ella, este bebé es el verdadero Mesías.  Él despreciará a los ricos y exaltará a los humildes.  Todo lo que el ángel dijo está llegando a pasar.

En griego, “meditar” significa reunir unas cuantas ideas y reflexionar sobre ellas a fin de crear un pensamiento más rico y más profundo.  La palabra latina para meditar es “concebir”.  A través de su meditación, María está una vez más concibiendo nueva vida al considerar la vida de su Hijo.  Ella también alumbra el camino para nuestra renovación de oración.

Piensa en tu creciente conciencia de la verdad de Jesús.  Probablemente Él no te alcanzó inmediatamente.  Por el contrario, su movimiento suave y oculto en tu vida se hizo evidente en los momentos de oración y tú lo sabías: Él ES la Luz de mi mundo, justo cuando la oscuridad parecía dominar.

¡Esas son buenas noticias!  Meditar sobre la luz de Jesús en nuestros verdaderos conflictos es la sustancia de la proclamación sólida.  Volvamos a los pastores.  Ellos encuentran a un Jesús glorioso y tras ver a Dios hecho carne, ellos corren a decirle a los demás que en verdad Él es el Salvador de todos, mucho para el asombro de los que escuchaban (vers. 17,18).  ¡Este Jesús tiene el poder para hacer ricos a los pobres, darle refugio a los desamparados, a los hijos, a los esclavos!

Cuando meditas sobre el impacto de Jesús en tu vida, considera cómo Él te está ayudando a abandonar las esclavitudes mundanas por tu verdadera condición de hijo de Dios.  Cuanto más profundamente meditas sobre tu transformación, más genuina será tu proclamación.  ¡La gente escuchará el Evangelio a través de los contornos de tu vida quebrantada y gloriosa!

Y tú recibirás más autoridad en tu propia vida cuando tú valientemente te abras paso a través de tus temores tales como “La gente no quiere escucharlo; Yo no quiero ser hipócrita”, etc.  Tú superas el miedo y otras esclavitudes a través de tu proclamación (Ap 12:11), y abres un camino para que otros también lo superen.

En mis primeros años en mi caminar con Jesús, yo traté de adormecer mi conflicto de identidad (entre “gay” o cristiano) volviendo al “ghetto homosexual” con una familia francesa atea.  Dios no me dejaría ir en paz.  Hastiado de mis vacilaciones, yo medité y oré y por fin me decidí a seguir a Jesús simplemente porque Él era real.  La paz inundó mi alma esa noche; yo casi salté en una fiesta dada por mi familia francesa.

Una mujer me miró sospechosamente y me preguntó por la cruz alrededor de mi cuello: “¿Qué hace este Jesús por ti?”  Yo respondí con calma que Él me estaba liberando de mi “Yo gay” y de mis adicciones hacia las personas de mi mismo sexo.  Ella empezó a llorar y me preguntó si yo podría hablar con su hijo que era “gay” y suicida.  Yo hice exactamente eso.  Ella ahora sabe que Dios es misericordioso y poderoso.  Él convierte a los esclavos en Sus hijos.

“Su palabra en mi interior se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos.  He hecho todo lo posible por contenerla, pero ya no puedo más” (Jer 20: 9).

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