Casa > aguas vivas > Ablandando los Corazones Endurecidos

“Más bien, mientras dure ese ‘hoy’, anímense unos a otros cada día, para que ninguno de ustedes se endurezca por el engaño del pecado” (Heb. 3:13).

En un servicio de la iglesia dirigido por un líder dinámico e incansable, un joven padre pidió oración: “Me da vergüenza admitirlo, pero estoy desesperado por lograr la atención de mi pastor que simplemente no tiene tiempo para mí”.  Una mujer me confesó poco después: “Es como si él [el pastor esquivo] me mirara a través de mí pero nunca me viera”.

Ambas son almas sensibles que sufren los pecados de omisión de sus propios padres; son lo suficientemente perspicaces como para saber que transfieren las necesidades de la infancia a pastores que generalmente no logran satisfacerlas.  La percepción en este punto ayuda pero no sana.  De hecho, las conexiones terapéuticas pueden tentarlos a una especie de dureza de corazón —una defensa no muy diferente a la que erigieron al hombre original que se alejó.   

Por supuesto, ocurren verdaderos pecados de comisión —formas en que los pastores nos han herido o traicionado.  No hay proyecciones aquí: solo afectaciones reales de parte de pastores que hicieron algún daño.  Combinen eso con una desbordada exposición mediática de pastores abusivos —amplificada a través del universo virtual— y nuestras pequeñas heridas pueden agrandarse.  Después de una impactante serie de titulares de abuso sexual por parte de miembros del clero, yo hice un gran esfuerzo para no proyectar desconfianza en cada sacerdote que encontraba para el próximo mes.

Nuestra herida recoge otras heridas.  Nuestros corazones se endurecen naturalmente a través del engaño del pecado —omisiones, comisiones y cómo nosotros aprisionamos a lo interno las graves faltas de unos cuantos.  Eso nos cuesta.  Y el 97% de los pastores que sólo quieren guiarnos bien como padres.  Cuando el pecado incita al embotamiento y al temor hacia ellos, hacemos más que satanizar a los inocentes —perdemos los vínculos necesarios con la comunidad y con Jesús Mismo.  Podemos llegar a convertirnos en un número creciente de cristianos que ya no se reúnen en absoluto, alegando una relación puramente “individual” con Jesús. 

Nosotros necesitamos la ayuda y apoyo de los pastores.  Así es como Dios nos hizo, y es por eso que Él encarga a algunos para que nos ayuden a dar los próximos pasos en nuestro caminar con Jesús.  ¿Y adivinen qué? Los pastores también nos necesitan.  Sí, somos ovejas y, al mismo tiempo, somos miembros de Jesús, hombro con hombro con nuestros pastores que necesitan nuestro testimonio, nuestro aliento y los dones particulares que traemos a nuestras iglesias.

¿Qué hacemos?  Utilizamos nuestra visión sabiamente.  Combinamos la conciencia de las heridas de la infancia con acciones de adultos.  En primer lugar, tenemos nuestras “heridas del padre” y le pedimos perdón a Jesús por imponer la carga de servirle de figura paterna a un simple mortal.  En segundo lugar, identificamos las “heridas de pastor” y buscamos la continua sanación de éstas.  Perdonamos a nuestros perpetradores.  En tercer lugar, nos volvemos hacia y vivimos a través del Padre Único que Jesús nos reveló y que no tiene más que tiempo para nosotros.  A Él le encanta amarnos.

Nosotros debemos cultivar este amor, pero a veces no nos es fácil.  El Padre nos ama como ningún hombre podría hacerlo y nos da gracia para darles a nuestros padres, para tratarlos con misericordia como prójimos, no como el siguiente hombre que nos decepciona.  Yo amo a los pastores porque el Buen Pastor me ama bien.

“Simplemente preséntame a Mí tus necesidades con un corazón confiado y Yo te mostraré que soy un proveedor generoso para aquellos que me dejan cuidar de sus necesidades”.  In Sinu Jesu

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