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La autoridad de la Iglesia para restaurar a las personas sexualmente quebrantadas con el poder que resucitó a Jesús de entre los muertos depende de que ella se arrepienta de abusar de los más vulnerables.

Recién acabo de regresar de lo que se ha convertido en uno de mis países favoritos: Polonia.  Teológicamente, San Juan Pablo II allanó el camino para mi conversión y Santa Faustina impregnó su visión sobre la humanidad de género con la Misericordia Todopoderosa.  Estos dos patrones polacos me instaron a relacionarme con quizás los mejores cristianos que conocí en el mundo de Aguas Vivas.  Nuestra tercera capacitación allí aclaró la importancia de la Iglesia Católica en Polonia.  Atacado por todos lados por crueles enemigos, el país ha considerado a la Iglesia como un bastión contra las indignidades que se han extendido durante siglos.   

Hermanos de las aguas vivas polacas.

Ella ahora enfrenta nuevos desafíos.  Fuera de los muros de la Iglesia, los activistas LGBT+ golpean sus puertas con acusaciones de que ella es irrelevante y poco amorosa; dentro de sus muros, los hijos adultos de abusos ahora claman que los “padres” pertenecientes a ésta los corrompieron y que deben ser detenidos para que la Iglesia sea fiel a Jesús.  Ambos desafíos fueron palpables en nuestro encuentro; vi tanto una fea actitud defensiva como un hermoso arrepentimiento. 

La amenaza a Polonia de una agenda “gay” provocó un rígido tradicionalismo en algunos participantes.  Unos cuantos expresaron desprecio por cualquier “homosexual”, sin saber que estaban rodeados de “ellos” en su pequeño grupo.  La misericordia se fundió en el machismo cuando estos “súper” Católicos se dieron cuenta de que sus compañeros de la capacitación no tenían otra agenda política que la de arrepentirse y encaminarse a la castidad.  Todos encontraron terreno llano en la Cruz: un pueblo bajo una Fuente Misericordiosa.  Los corazones endurecidos se ablandaron, y las manos callosas dejaron caer las piedras.  En vez de adoptar una actitud del Arca de Noé —cerrar la puerta y dejar que los malvados se ahogaran— los ex-abusadores arrepentidos se comprometieron a convertirse en las manos de Jesús para todas las personas. 

Agreguen a la mezcla las muy recientes acusaciones de abuso por parte de clérigos en Polonia.  Bajo esta sombra ya conocida, los participantes de la Capacitación Aguas Vivas estaban preocupados, confundidos e incrédulos.  Algunos se las arreglaron negando los cargos, alegando conspiraciones anti-eclesiales de diversos tipos.  Yo no lo tendría.  Por cada alma valiente que se atreve a romper con la tradición al confesar cómo un clérigo quebrantó su cuerpo, hay cien más.  En un instante vi claramente que la negación orgullosa de la capacidad de la Iglesia para violar a los más vulnerables es la herramienta esencial que Dios le da a Su enemigo para frenar la capacidad de la Iglesia para sanar a los quebrantados sexuales.  Si no hay una confesión desde las altas esferas, no hay ningún esplendor del Reino por los quebrantados acá abajo.

Así que nos arrepentimos.  Yo me desvié un poco de mi enseñanza y nosotros como grupo lloramos por el daño: personas reales, hijas e hijos fieles del Padre, secuestrados por padres satanizados.  Este espíritu de arrepentimiento anhela descansar sobre nosotros hasta que cada secreto sea expuesto.  Yo sostengo que debemos llevar ese espíritu en oración hasta que lo veamos a Él cara a cara. 

Sí, nos arrepentimos, y sí debemos buscar una postura de arrepentimiento.  Después de un momento, me sentí guiado a pedirles a todas las personas que fueron abusadas sexualmente cuando eran niños que pasaran al frente (si lo deseaban) para recibir la oración.  Yo discerní que Dios estaba complacido con nuestra postura, ya que pude oler la fragancia de la sanación.  Unas doce personas pasaron al frente, incluyendo dos sacerdotes.  De una forma sin precedentes, el Espíritu Santo impregnó a estas almas valientes con una densa neblina de gracia, muchas de ellas.  La gente no pudo levantarse durante unos 15 minutos.  Yo no hice nada sino observar mientras otros oraban.  Cuando la gloria se levantó, el alivio, el gozo y la ligereza se apoderaron de quienes recibieron oración.  El Reino vino.  Dios dio la bendición del mañana ese día.  Él sanó a los quebrantados de corazón. 

“Restaura nuestra autoridad para sanar, oh Dios.  No permitas que la orgullosa autoprotección se interponga en el camino de Tu Reino por venir por los abusados, las personas que más necesitan de Tu toque”.         

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