Casa > aguas vivas > Acción de Gracias 2: Mi Mejor Recompensa (Inter)Personal

Durante los últimos 30 años, yo he golpeado el pavimento como corredor de larga distancia.  Corrí el Maratón de Los Ángeles en 1989, vencí a mi compañero de entrenamiento y nunca miré atrás.

Desde entonces corrí solo.  Difícil.  El Ministerio Desert Stream comenzó a fluir a las naciones.  Recorrí Perth y París, Johannesburgo y Yakarta, Auckland y Ámsterdam, Medellín y Milán, Hong Kong y Helsinki, Caracas y Copenhague, Bangkok y Bahréin, Davao City y Dublín.  Aunque he servido con compañeros de equipo, corrí solo, generalmente en las primeras horas.  He tenido encuentros impresionantes con catedrales y santuarios iluminados por los primeros rayos del sol.  Y más de alguna lucha con perder mi rumbo en un laberinto de caminos antiguos (pre-GPS).  Corriendo salvajemente de un callejón sin salida a otro, casi he llegado a perder conferencias.  Jesús, guía…

Andrew y Marco

Él me ayudó en la carrera.  Mi ímpetu ha sido la adoración —recurrí a las canciones que me acercaban a la presencia de Jesús.  Pero corrí solo.  Cargado del Espíritu, pero solo.

Me encontré con conflictos desalentadores.  Durante un encuentro difícil con líderes internacionales, mis piernas casi cedieron.  Las heridas emocionales afectaron mi físico.  Le pedí a Él que me ayudara a soportar.  Él lo hizo; yo estuve y estoy agradecido por este refugio de los caminos.       

De regreso a casa, yo entrené y corrí unas 4-5 carreras al año.  Solo.  Posterior al clima monótono del Sur de California, el entrenamiento del Medio Oeste me invitó a disfrutar el cambio de estaciones —corriendo de 15-105 grados Fahrenheit.  Mi mantra fue mejor recompensa personal.  Me sorprendí a mí mismo.  Justo cuando pensaba que mis piernas se habían agotado, superé mi tiempo.  Cuando no lo superaba, me comprometía a entrenar más duro.  Nunca sufrí lesiones.  Estoy agradecido.

A inicios de este último año, oré pidiendo un compañero para correr.  A nuestro nuevo interno Marco le gustaba correr, tenía una base de 5 millas 2-3 veces por semana.  Le pregunté si entrenaría conmigo para una media maratón.  Él se comprometió y no miró atrás.  Soportamos correr con las piernas doloridas y la humedad: en la oscuridad y el sol fulminante.  Orábamos antes y no hablábamos mucho durante las carreras.  Necesitábamos todo el aliento que pudiéramos obtener.

Me encantó este compañero de carreras.  Lo necesitaba.  Me enfrenté a dos grandes desafíos al inicio de nuestro entrenamiento.  Una madrugada un perro salió ladrando de entre lo oscuro y me mordió parte del brazo.  Casi me rompí los tendones (no se rían) corriendo hacia casa en un juego de kickball tonto.  Mi primera lesión.  Pensé que ya no podría correr más. 

Yo quería que Marco corriera y también quería mantener mi parte del trato de entrenamiento.  Yo sabía que no era prudente precipitar mi recuperación, pero se lo pedí a Dios de todos modos.  Él me escuchó.  Reinicié lentamente y entrené un poco más, sintiendo cierto dolor.  Marco y yo corrimos la carrera hombro con hombro bajo una lluvia torrencial —con los ojos fijos en Jesús y las mejores partes de Kansas City.  Marco se destacó —mi mejor recompensa personal.  Yo también destaqué, mi mejor aporte interpersonal.  Estoy agradecido.

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