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Alivio del Dolor

“Dejen que los muertos entierren a sus propios muertos, pero ustedes vayan y proclamen el reino de Dios” (Lc 9:60)

La resurrección vuela frente a las penas que alimentamos y al Jesús que tendemos a conformar a la imagen de nuestras penas.

Por otro lado, Jesús destruyó la médula del dolor asumiéndolo en el Calvario.  Si los relatos de los Evangelios acerca de Su resurrección son verdaderos, Él no tolera por mucho tiempo nuestro llanto en Su cruz y Su tumba.  Él simplemente tiene mucho para que nosotros hagamos.  Él conquistó la muerte y quiere que nos unamos a la danza de la nueva vida, algo extraño e inquietante para nosotros que estamos más familiarizados con el dolor que con la gloria.  Nosotros los que nos desanimamos necesitamos de la maravilla de la Pascua.

Tomen como ejemplo a María Magdalena.  Toda su vida ella estuvo comprometida en Jesús, en un íntimo vínculo de amor con Aquél que la libró y luego murió.  El dolor de ella por Su partida la mantuvo pegada a la tumba; la tristeza la paralizó y la obligó a esperar allí.  Incluso entonces, ella no pudo reconocerlo cuando Él, resucitado y radiante, se le apareció a ella (Jn 20: 10-18).

Cuando ella sí lo reconoció, su impulso pudo haber sido querer sujetarlo.  Nosotros al igual que María tendemos a hacer a Jesús a nuestra propia imagen, de acuerdo con la vieja visión y versión de cómo eran las cosas.  María lloró por lo que solía ser con Jesús; cuando Él se le apareció posterior a Su crucifixión, todo había cambiado.  Eso requiere una mano y un corazón hábiles para todos los que acogen Su resurrección.  “¡No me agarres, María!”, fueron las palabras reconfortantes de Jesús (vers.17).

Nosotros también necesitamos escuchar esas palabras.  La vida está llena de decepciones que pueden volverse grandes como sepulcros a menos que fijemos nuestros ojos en Aquél que vive y que sin embargo nunca está completamente a nuestro alcance, siempre libre para mostrarnos la Vida que espera emerger de nuestras pequeñas muertes.  Eso significa dejar ir el pasado, especialmente el pasado ahora perfeccionado en nuestras memorias engañosas como un antídoto para la incertidumbre de hoy en día.  Nosotros necesitamos dejar ir el pasado para escuchar a Jesús ahora.

Nuestra certeza es Cristo Resucitado.  Él rasga nuestro velo de lágrimas una y otra vez hasta que el gozo supera el dolor y nos permite enfrentar las dificultades con esperanza.  ¿Cuál es la maravilla de la Pascua?  Que Jesús nos hace más vivos que antes con cada extraño giro y vuelta.  La muerte no es el fin.  El final es la Vida.

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