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“Todos los que trabajaban en la reconstrucción llevaban la espada a la cintura” (Neh. 4: 18)

Luchar por la integridad es a la vez una batalla personal y una batalla colectiva.  Nosotros ayudamos a otros a rechazar día tras día el atractivo de dioses conocidos mientras elaboramos estrategias para detener el avance de los ejércitos enemigos.  Al igual que los reconstructores de Jerusalén en la época de Nehemías, nosotros sanamos con una mano y expulsamos demonios con la otra.

Andrew, Marco y amigos en el lugar de nacimiento de San Juan Pablo II

Polonia comprende bien esto.  Siendo el país católico más poderoso de Europa, éste se niega a doblegarse ante el gigante LGBT+ que casi ha puesto de rodillas a Europa Occidental.  Por ejemplo, Francia está preparando un proyecto de ley nacional que criminalizaría a los ayudantes que acompañan a otras personas más allá del telón arcoíris.

Yo acabo de regresar de Polonia donde visitamos a varios arzobispos —guardianes de la Iglesia que nos acogieron.  Al igual que todos los líderes de iglesia, ellos son conscientes de los abusos y los escándalos de hipocresía en sus filas.  Y se aferran a cómo Jesús ofrece el mejor camino a todos los que se rinden a Él.  Ellos no tolerarán las identidades sexuales construidas sobre una falla las cuales no pueden engendrar vida.

Lo que ellos no sabían era cómo Jesús está transformando a pecadores como tú y como yo, personas dolorosamente conscientes de la herida pero que ahora estamos inmersos en la Misericordia que se ha convertido en nuestra libertad, nuestra integridad, el don que ofrecemos a los demás a partir de la gratitud.

Sí, estuvimos de acuerdo; debemos resistir las falsas ideologías.  Pero al mismo tiempo, debemos sanar a nuestros miembros divididos.  Audazmente proclamamos cómo esta Iglesia se ha convertido para nosotros —y nosotros para ella— en una comunidad de sanación capaz de derrotar a ejércitos extranjeros.  Nuestra es su profunda fuente de misericordia para los buenos católicos acosados por ídolos y demonios, cristianos católicos que buscan la castidad, no “identidades” politizadas.

Nosotros experimentamos la tierna y feroz intercesión de nuestros patrones polacos —San Juan Pablo II quien siempre muestra la belleza del hombre para la mujer, y de la mujer para el hombre, y Santa Faustina quien insiste en que la misericordia de Jesús conquiste todas las falsificaciones.

Estos guerreros de la Iglesia lloraron cuando escucharon nuestras historias: nosotros les declaramos a ellos: “Nosotros somos la Iglesia —miembros de Jesús— testigos de la integridad y ahora sanadores preparados para cavar profundos pozos de misericordia en cada diócesis de esta gran tierra”.

Nosotros fuimos escuchados; fuimos acogidos.  “Hagan de Su Iglesia en Polonia un faro de sanidad para toda Europa y más allá, Rey Todopoderoso y Autor de la Misericordia”.

“Me faltaría tiempo para hablar de… [aquéllos] quienes sacaron fuerzas de su flaqueza; quienes se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros” (Heb. 11: 32-34)

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