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Amor

Dios lo entregó todo por nosotros en el Calvario.  Él derramó Su vida, lo cual es la mejor definición de amor que yo conozco.  Todos  hemos conocido (eso espero) a alguien que se sacrificó por nosotros.  Pero él o ella no lo entregó todo.  Dios sí lo hizo.  Él murió por nosotros.

Él murió por nosotros para ganarnos: Él murió para acercarse a nosotros, para estar con nosotros, para calmarnos con Su Presencia, para hablar palabras que podamos escuchar, para alimentarnos con Su cuerpo y sangre.  Él “que vive en luz inaccesible, a quien nadie ha visto ni puede ver” (1ª Ti 6:16) se humilló a Sí Mismo en Su Hijo y se acercó nosotros más de lo que una madre o un amante jamás pudieron.

Amor significa que Dios se acerca a nosotros en Jesús.  Nosotros que somos pequeños y rebeldes e incapaces de amarlo a Él de nuevo ahora tenemos acceso a Dios a través de este Jesús.  Ya no estamos solos.  Debido a Él, no necesitamos ser desestabilizados por otros amantes.  Todo lo que Él nos pide es que le entreguemos todo a Él.

Eso parece mucho.  Pero es la única manera en que podemos vivir una vida feliz.  Conocerlo pero servir a otros dioses es una tortura, un infierno antes del infierno.  Descubrir el secreto de la entrega nos abre la música de las esferas, la paz que sobrepasa todo entendimiento, un gozo sin límites.  Nosotros morimos a las distracciones mundanas para descansar en el amor santo, para gozar del fruto de Su sufrimiento —el deseo del Creador de una unión íntima con Su creación humana.

Yo quiero descansar en los brazos de Aquél que luchó por mí.  Yo quiero conocer esa dulzura en su plenitud.  Para hacerlo, Oswald Chambers cita a San Pablo: “Yo he sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál 2:20); “Estas palabras significan romper mi independencia con mi propia mano y rendirme a la supremacía del Señor Jesús…  significa romper el cascarón de mi independencia individual de Dios y la emancipación de mi personalidad con Él mismo, no por mis propias ideas, sino por la lealtad absoluta a Jesús”.

La Cuaresma entonces es una oportunidad para soltar las distracciones específicas para que podamos conocerle más a Él.  Es sencillo: le damos a Él más espacio para amarnos; en gratitud, nosotros le devolvemos amor.  Ese ritmo pone en movimiento el ordenamiento de nuestros otros amores, las personas que Él nos llama a amar.

Sumergidos en Su Espíritu de amor, es posible que nos sintamos heridos cuando descubrimos que hemos amado mal a los demás, ya sea necesitando demasiado a otro por un deseo desordenado o reteniendo el amor porque uno nos amenazó o no nos dio lo que queríamos.

Nuestro dolor es bueno.  Llora y regocíjate en Su misericordia que renueva nuestros esfuerzos por amar mejor a los demás.  El Señor es fiel.  Él no nos dejará solos en nuestros amores humanos.  ¡Él nos ama y los ama demasiado!  Él nos convierte continuamente con Su autoentrega hasta que nosotros amemos como Él lo hace.  Para cuando lo veamos a Él cara a cara, es posible que amemos mejor a los demás mejor de lo que lo hacemos ahora.

 

 

 

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