Casa > aguas vivas > Anclado 3

Una Cuaresma como ninguna otra: en vez de fortalecer la devoción, me encuentro reduciendo la alimentación del espíritu.  Gran parte del tiempo me encuentro boquiabierto ante una cruz franciscana en la sala de mi casa.  Reducción.  Así es como hago frente a la cuarentena.

Este virus invasivo lo empeoran las guerras de palabras —disputas partidistas, laicos pontificando sobre la último audio del covid-19, extrañas profecías que de otra manera las personas más exigentes explotan en el universo virtual.  Los tontos se apresuran a entrar en nuestras fortalezas.  Reducido.  A Jesús.  En medio de muchas palabras, yo quiero la Palabra.

Sólo Aquél abrió mis ojos ciegos y me dio vida.  Me da vida.  Además de mirar con los ojos cruzados, estoy leyendo una y otra vez los últimos dos Evangelios dominicales.  Estas son historias de milagros, nuestros milagros, que podemos personalizar como un antídoto para nuestra parálisis.

La Palabra de luz abrió los ojos de este ciego (Juan 9).  Jesús no discutió sobre lo que me hizo ciego (“así nací”, etc).  Él simplemente eligió sanarme para glorificarme a Sí mismo (vers. 1-5).  Y Él caminó conmigo en cada paso del camino a medida que yo crecía para descubrirlo a Él: primero el profeta, luego el sanador, luego, finalmente, el Hijo del Hombre.  Los ciegos ven, los sabios quedan ciegos y “benditos los que no se ofenden en Mí”, dice el humilde Rey (Lc 7:23).

La Palabra de vida me convoca a diario.  Lázaro (Juan 11) apestaba a muerte, y los seres queridos dolientes perdieron de vista al verdadero Jesús cuando se levantó el hedor.  “¡Él no habría muerto si hubieras estado allí, Jesús!”, dijeron sus íntimos; “¡Muramos con Lázaro!”  Es difícil decir qué molestó más a Jesús: la muerte de su amigo o cómo el dolor distorsionó la visión espiritual de ellos.  Como amigos de Jesús, quizás nosotros también lo molestemos a Él con una visión distorsionada.  Y me pregunto si mi reducción dará como resultado una mayor fe o la “tristeza mundana que produce la muerte” (2ª Cor. 7:10).  Yo le presto atención a Él, mientras Él ordena que la lápida de Lázaro ruede y luego insiste sobre el hombre muerto: “¡Levántate!” (vers. 38, 43)

La Palabra nos dice una mejor Palabra: “Yo soy la Resurrección y la Vida; el que cree en Mí vivirá” (Jn 11:25).  Dotado de poder para lograr lo que Él quiere, la Palabra sale (Is. 55:11) y levantará a los Suyos.

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