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“Muchos están asombrados por Sus milagros; pocos aceptan la vergüenza de Su Cruz”.

Tomás de Kempis

Desde el comienzo de Su ministerio como adulto, Jesús dispuso Su rostro como un pedernal hacia Jerusalén.  Él vivió, respiró y progresó hacia la Cruz.  Su destino era la muerte.  Por la vida del mundo.

Este Viernes Santo, nosotros podemos sentirnos menos inclinados a sortear sobre el Crucificado en busca de milagros de nueva vida.  Su Cuerpo quebrantado nos para en seco cuando nos preguntamos si tenemos fiebre, o peor aún, si el doliente a nuestro lado está ardiendo.

No ajeno a los milagros, Jesús realizó muchos para profetizar la gloria que resultaría de Su vergüenza.  La gente amaba las señales y las maravillas.  Esto frustraba a Jesús.  Él sabía que la mayoría terminaría exigiendo más señales, no a su Salvador.

Las Escrituras describen a Jesús como no dispuesto a confiarse a la multitud que esperaba milagros (Jn. 2: 18-25).  Cuando le pidieron que les mostrara Su mejor “truco”, Jesús respondió “enfadado”: “Destruyan este templo, y lo levantaré en tres días” (vers. 19).

La conversión al Salvador significa ver sólo a Aquél que nos precede al Calvario.  ¿El mayor milagro?  Que ahora vemos cómo nuestros pecados lo traspasaron (Zac. 12:10) y nos afligimos, no como aquéllos que no tienen esperanza (1ª Tes. 4: 13b, 14) sino con ojos que pueden ver nuestra esperanza.  Nuestro única Esperanza, nuestro Señor.

Nuestro don es la atención, pequeñas muestras de gratitud articuladas sin sonido pero desde nuestras profundidades.  Sabemos que Su flagelo vergonzoso se convertirá en una fuente que cancela nuestra vergüenza y hace nuevas todas las cosas (Zac.  13: 1, 2).  Que nuestra adoración se eleve fragante, como el aceite que María usó para ungir a Jesús por Su muerte (Juan 12: 7).

No podemos agregar nada a Su regalo de Sangre y Agua: encaja en el tiempo de peste cuando, aparte de los médicos y políticos nobles, nuestras manos están atadas.  Quizás, sólo quizás “nunca volveremos a decir ‘Nuestros dioses’ al trabajo de nuestras manos” (Oseas 14: 3b).  Bajo confinamiento en casa, nosotros renunciamos a nuestros planes; “morimos” ante cualquier ilusión de control.  Hoy, alguien más está haciendo el trabajo duro que da vida al mundo.

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