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Comencemos con una confesión: yo encuentro las Misas virtuales poco satisfactorias.  Éstas provocan hambre sin consumación.  Llena mi pequeña pantalla con grandes predicadores pentecostales cualquier día.  En la cuarentena, ver a sacerdotes pálidos cenar juntos y luego desaparecer es una especie de ayuno.

Quizás ése sea el punto.  El Viernes Santo nosotros ayunamos en relación a Jesús porque Él se fue, está en la tumba.  Festejamos en la mesa, apoyados sobre Su pecho santo, y ahora…  nuestra esperanza realizada no es más que un recuerdo corporal.  Nos dolemos por Él.  Nos duele más ahora.  Sí, Él ha resucitado, pero en el tiempo del Covid-19 la luz de la Vida brilla sobre un extenso Viernes Santo.

Jesús en la mesa.

Tenemos hambre y nuestras raíces se despliegan.  El Papa Emérito Benedicto XVI reflexiona sobre cómo los católicos que pasan sin presenciar y recibir Eucaristía por un tiempo invita a nuestro amor a sumergirse más profundamente.  “El ayuno espiritual voluntario expresa visualmente el hecho de que todos necesitamos esa sanación de amor que el Señor perfeccionó en la soledad suprema de la Cruz.  A veces necesitamos tener hambre…  si queremos comprender el sufrimiento de los hermanos que padecen hambre.  Al decir esos “hermanos”, aplica a todos los cristianos quienes por diversas razones no son libres de participar de la Eucaristía en la Iglesia Católica.

Desde que me hice católico hace nueve años, yo he tomado la comunión sin mi familia.  Mi hija Katie se unió a mí cuando ella se hizo católica hace unos años.  Mesas separadas: nada divide la comunidad de los cristianos como la Eucaristía.  Un beneficio en este “ayuno” ha sido una apreciación más profunda de todo el Cuerpo de Cristo, y las tradiciones comunes a mis familiares evangélicos (de muchas franjas).  En el hambre yo descubro sus dones y como efusivamente.

Annette ha cultivado un profundo amor por su tradición anglicana de la Eucaristía a través del liderazgo en las Servidoras del Altar donde ella pastorea y moviliza a las mujeres devotas que cuidan el altar —sus vasos y manteles.  Alguien debe poner la mesa para Jesús y Su pueblo y estas siervas lo hacen con exquisito cuidado.  Annette sufría por su amor a Jesús en el altar durante esta cuarentena.  Yo tuve el privilegio de acompañarla a la iglesia, que permanece a oscuras desde principios de marzo, para despejar el altar.  El más solemne de los eventos anuales suele estar reservado para el Jueves Santo.  Éste fue emotivo, lleno de significado, ya que ella me instruyó cuidadosamente cómo ayudarla a despojar el altar en preparación para el reencuentro —Su resurrección y la próxima reunión de la congregación aún por determinar.

Para la Semana Santa, Annette y yo disfrutamos muchísimo de la versión virtual de nuestro hijo Nick.  Junto a su cohorte Peter en Austin, los dos pusieron una buena mesa —inteligente, divertida, profunda.  Nick me lleva a nuevas profundidades.  Luego, mis otros hijos y yo abrimos nuestras Biblias para reflexionar sobre la asombrosa humildad y esperanza de la entrega de Jesús.

Nosotros nos unimos en Su amor.  Él nos invitó y nosotros lo rodeamos, como si por unos momentos brillantes nosotros compartiéramos a Jesús en la misma mesa.

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