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Arde.  De nuevo

“Todo árbol que no produzca buen fruto será cortado y arrojado al fuego.  Yo [Juan el Bautista] los bautizo a ustedes con agua para que se arrepientan. Pero Aquél que viene después de mí es más poderoso que yo, y ni siquiera merezco llevarle las sandalias.  Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego… Él recogerá el trigo en Su granero; la paja, en cambio, la quemará con fuego que nunca se apagará” (Mt 3: 10-12).

Cansado y controlador después del Día de Acción de Gracias (¿por qué las ocasiones de gozofile-burn-again me vuelven un idiota?), yo extendí mi miseria a Annette y la lastimé.  Mucho.  Para un extraño, mi pecado puede no haber sido un delito grave, pero éste fue uno de esos pecados detonantes que se sumó a una serie de pecados históricos más pequeños; juntos, azotaron de forma efectiva a Annette.

En la misa de esa mañana, saqué mi pecado a la luz y escuché la invitación que Leanne Payne nos dio continuamente (de la boca de un personaje de C.S. Lewis): “Muere antes de que mueras; no hay oportunidad después de eso”.  Al elegir deponer mi pecado y destruirlo al pie de Su Cruz (“por favor Dios, que así sea esta vez…”), percibí con los ojos de mi corazón un fuego ardiendo a mi alrededor, consumiendo el desorden.  Dios en Cristo vino con amor ardiente para destruir el pecado que destruye a través de mí.

El Adviento, al igual que la Cuaresma, sostiene un espejo ante los monstruos espirituales que podemos ser —por un lado, serios y devotos; por el otro, ojos ennegrecidos con extremidades que pensamos fueron amputadas hace mucho tiempo.  Todo esto requiere que miremos atentamente y más allá de nuestras propias razones egoístas para contemplar los ojos hirientes de otra persona y finalmente, el amor ardiente de Dios en Cristo que espera nuestra ofrenda carnal.

En el Evangelio de hoy, Juan el Bautista llama a los religiosos al arrepentimiento, más que a los que tienen problemas más obvios.  Ay, ay, ay.  Annette y yo ahora asistimos a cordiales reuniones religiosas definidas por la adoración que es coreografiada, cuidadosamente.  Nuestras oraciones tienden más hacia “nosotros” los privilegiados que intercedemos por “ellos”, los desafortunados.  Eso “nos” libra seguramente del gancho y nos libera para mantener nuestra reserva; nos libera de las llamas.

En verdad, la mayoría de nosotros somos almas profundamente divididas y nuestra devoción religiosa bien puede tentarnos a esconder esas divisiones por conveniencia y por apariencia.  En tonos apagados, a mediados de semana, nosotros oímos de matrimonios con problemas, del suicidio del hijo amado, de la madre divorciada y de anterior clase media que ahora trabaja los fines de semana para poder comer.

En este Adviento yo oro para que la Cruz exponga nuestras mezclas fariseas y provoque que nos unamos en las llamas, juntos, en este único cuerpo.  Oro para que las canciones sencillas puedan encender nuestros corazones con Su ardiente amor, que esa poderosa predicación nos convenza con señales y maravillas que prosiguen, para que la Santa Cena dotada con el poder del Espíritu nos libere de los demonios, abrase nuestra carne y una lo que queda Con el mejor deseo de Dios para con nuestras vidas quebrantadas.

Tal vez Juan nos pide que nos quitemos nuestros blazers de lino y las pequeñas cruces alrededor de nuestros finos cuellos; tal vez nos está pidiendo que pongamos todos nuestro ser sobre la mesa y sollocemos por las mentiras que dijimos y las vidas divididas que vivimos.  Tal vez nos está pidiendo que renunciemos a las gracias sociales, que corramos atrevidamente al trono de la gracia (Heb 4: 14-16) y que nos ensuciemos, nos despojemos y desnudemos, para que por fin podamos decir que sólo queremos a Jesús y que sólo Él puede revestirnos (Rom 13:14) con lo que necesitamos para vivir vidas no divididas y agradecidas.

Tal vez entonces la Iglesia no tendría que preocuparse tanto por “cómo llegar a los extraviados”.  Ellos oirían los sollozos y verían la línea directa al altar y caerían boca abajo con nosotros.  Junto con todos los santos, podríamos clamar pidiendo misericordia en medio del resplandor del Amor del cual nadie escapará.

“En aquel día se alzará la raíz de Isaí como estandarte de los pueblos; hacia él correrán las naciones, y glorioso será el lugar donde repose” (Is 11:10).

-Andrew

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