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“Pero les digo la verdad: Les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré a ustedes…  Cuando venga el Espíritu de la verdad, Él los guiará a toda la verdad” (Jn 16: 7, 13).

Jesús debe disminuir para que el Espíritu aumente.  Ciertamente, el Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y del Hijo —¡no hay competencia allí!  Pero Jesús elige renunciar a Su presencia corporal con nosotros para dotarnos de Su presencia viva e invisible— el poder y la sabiduría del Espíritu Santo.  A través del Espíritu que actúa en nosotros, Jesús afirma que Él logrará cosas más grandes y mejores que Su propio ministerio bastante impresionante en la tierra. 

“Ciertamente les aseguro que el que cree en Mí las obras que Yo hago también él las hará, y aun las hará mayores, porque Yo vuelvo al Padre.  Cualquier cosa que ustedes pidan en Mi Nombre, Yo la haré; así será glorificado el Padre en el Hijo.  Lo que pidan en Mi Nombre, Yo lo haré” (Jn 14: 12-14).

La Ascensión nos recuerda: Jesús debe abandonar la tierra para hacernos grandes.  La gloria vence el dolor, el dolor del cambio, cuando sometemos nuestras pérdidas al Espíritu que nos sobrepasa y nos empodera para hacer lo que no haríamos en presencia del más poderoso.

Jesús es nuestro modelo; el siervo no es mayor que su amo.  Y cada siervo Suyo debe renunciar a la tendencia a deificar a nuestros líderes de tal manera que no vemos cómo Jesús nos llama a ser más —a hacer lo que Él elige hacer a través de nosotros en ausencia de aquél a quien podemos tender a diferenciarnos sobre la base de que él/ella tiene poder que nosotros no tenemos.  El Pentecostés allana ese terreno.  El Espíritu es un empleador de iguales oportunidades.   

El Pentecostés nos recuerda que Él quiere hacer cosas poderosas a través de nosotros.  Y por más poderosos y vitales que cada uno de nosotros sea para que Su Reino venga a la tierra, Pentecostés insiste en que no nos felicitemos demasiado.  Nuestra presencia corporal también se desvanecerá; la mortalidad nos recuerda que somos prescindibles y siempre debemos instar a los demás, especialmente a los más jóvenes, para que ocupen su lugar en el equipo. 

Yo acabo de regresar de Francia donde uno de mis mejores amigos y colegas —Werner Loerschter— me entregó casi 25 años de liderazgo de Aguas Vivas en ese país.  ¡Qué hombre! ¡Que fruto!  A fin de cuentas, Francia ha representado nuestro trabajo mejor que cualquier otro país, debido en gran medida al liderazgo de Werner y su esposa Charlotte.  En el Espíritu de la Ascensión y el Pentecostés, ellos trabajaron durante más de cinco años para identificar y discipular a una pareja más joven para hacerse cargo del trabajo. 

El pasado fin de semana en Lyon (Francia), junto con líderes de Aguas Vivas de todo el mundo de habla francesa, yo tuve el privilegio de presidir esta entrega.  Fue glorioso.  Y no sin un poco de pesar.  Yo amo a esta pareja más profundamente de lo que puedo expresar, conozco a la nueva pareja sólo un poco, y siento la pérdida de una temporada rica con el esplendor del reino.  Sin embargo, sé que mis amigos deben disminuir para que el Espíritu en su tierra aumente; nuevos pozos deben ser excavados por nuevas personas de nuevas maneras.  Humilde.  Difícil.  Espléndido: el ritmo del Reino.

El próximo año será el 40 aniversario del Ministerio Desert Stream —40 años de mí al mando.  Señor, ten misericordia.  En la noble reflexión de Werner y Charlotte, yo vislumbro mi propia mortalidad, y oro pidiendo claridad de quién recibirá mi batuta.  Oren para que me enfrente con valentía a este Pentecostés, con expectación.  Que ninguno de nosotros se aferre tan firmemente a lo que Dios nos ha confiado como para no liberar a otros en todas sus medidas.  Que podamos acoger el eclipse de nuestras labores mediante la presencia gloriosa de Jesús en aquéllos que nos siguen.  ¡Buena valentía!                                                                                                                

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