Casa > aguas vivas > Autoridad Contundente

“Pido para que sepan… cuán incomparable es la grandeza de Su poder a favor de los que creen” (Ef. 1: 18, 19). 

No es una gran sorpresa que la tentación sexual haya aumentado en la pandemia.  Pero esta Pascua, con Pentecostés a la vuelta de la esquina, estoy luchando por un “sí” a la castidad que supere la concesión a la negligencia moral.  ¡Que nuestra resolución inspirada por Dios pueda resurgir! Como una oración, que nuestra autoridad por la pureza resuene y empodere a otros luchadores de todo el mundo.

No importa la temporada; hoy elegimos a quién serviremos.  Esto es lo que los católicos llaman dominio propio, hacerse cargo de nuestros propios templos.  Dios hace el camino y nos invita a caminar en éste.  San Pablo no podría ser más claro —Jesús compró nuestros cuerpos con Su sangre y los llenó del Espíritu que resucitó Su cuerpo muerto.  Ahora podemos actuar con decisión y “honrar a Dios” en nuestras pasiones (1ª Cor. 6).

Más difícil de lo que suena.  Uno no puede subestimar la profundidad de los deseos desordenados, las divisiones que nos definen y nos ridiculizan.  Invertimos más en la pornografía que en la castidad; pensamos como cristianos pero adoramos en altares paganos.  Nuestro enemigo común se burla de nuestro “sí” a Jesús cuando doblamos rodilla ante los ídolos sexys.  No es de extrañar que tengamos poco anhelo o apetito por las personas reales.  La vergüenza y el autorreproche son los compañeros más cercanos.

No sirve esperar la magia —la experiencia que lo cambia todo.  Admitimos nuestra impotencia y clamamos pidiendo misericordia; activamos la autoridad que Él ya nos ha dado.  En el ámbito sexual, actuamos como nuestro propio exorcista o encargado de la limpieza de la casa.  En el Espíritu de Jesús, echamos fuera del templo a las falsificaciones.  Las dejamos entrar.  Expúlsenlas, en el Nombre de Jesús.  Usen su autoridad: “¡FUERA!”

Incontables veces, bajo el dominio de la tentación, yo simplemente lo he elegido a Él.  Me aferro, Su mano derecha me sostiene.  Con una mano yo lo abrazo; con la otra yo empuño la espada y decapito a las serpientes.  Sencillo.  La autoridad íntima que resuena en todo el universo.

Todo esto es imposible sin ayuda, sin Iglesia.  DEBEMOS darnos a conocer a un puñado de personas que comparten nuestra lucha y nuestro compromiso con la castidad.  Jesús en nuestros amigos es más fuerte que Jesús en nuestra debilidad.  No hay otra forma que a través del cuerpo quebrantado de Cristo —miembros reales que caen, vuelven a levantarse y nos ayudan a ponernos de pie. 

Estamos ganando porque Él ya ganó.  Esa victoria es más profunda en nosotros hoy que ayer.  Nuestro “sí” a Él es mucho más poderoso que el dominio del pecado.  Cada vez que renunciamos a la lujuria a través de nuestro “sí” a Jesús, la santidad resuena y fortalece a una gran cantidad de corazones luchadores.

En vez de lamentar la influencia de los idólatras encantadores, ejercitemos nuestra autoridad.  Nosotros tenemos el poder para unir lo dividido con una castidad robusta.

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