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Mathew Shurka, un activista “gay” insatisfecho, da testimonio en las legislaturas de todo el país sobre el hecho de que la terapia de conversión no funcionó para él; él no cambió y no quiere cambiar.  Y tampoco quiere que nadie más cambie.

Yo creo que él protesta demasiado.  Un reciente artículo del periódico NY Times lo cita: “Todavía es la misma pregunta: ‘¿Puede alguien cambiar?’ Esta es la fuente de todos los derechos LGBT”.  En otras palabras, Shurka y otras personas afines afianzan todas sus aspiraciones LGBT en la frágil esperanza de que nadie puede vencer el dominio de la lujuria y en realidad comienzan a experimentar lo que Dios diseñó para su cuerpo —un compromiso fructífero con el sexo opuesto.

Es posible que la queja de Mathew ayude a ganar algunas batallas legales.  Pero él ya ha perdido la guerra.  Justificar el propio derecho a existir con el argumento de que nadie con atracción por el mismo sexo puede elegir con éxito un camino diferente al propio es una proposición perdedora.  Quedan dos opciones: cerrar tus ojos a la transformación de otras personas o afirmar que están mintiendo. 

Mathew vive bajo un techo bajo, el cual él busca extender sobre todo mundo, incluidos los fieles.  No se equivoquen —el problema aquí no es sólo la “terapia de conversión”— se trata de detener a cualquier persona con atracción hacia el mismo sexo o disforia de género quien busca una nueva dirección sexual.  Y Shurka no está solo.  Evan Low en California quien el año pasado inició el proyecto de ley #2943 está preparando otro “mejor” en el 2019 que él espera erradique la elección de cambio para cualquier californiano.

Ahora podemos ver por qué el “cambio” es una amenaza para el colectivo LGBT+.  Éste expone el tembloroso terreno del “Yo” construido sobre la falla del fatalismo sexual.  De ese apretado lugar de control emerge un espíritu egoísta, no generoso.  ¿De qué otra manera puedes describir el prohibir legalmente a las personas que aspiran a una auténtica creatividad sexual?

Gracias Dios por la autoridad para sanar —para convertirse en el fructífero hombre o mujer de Su diseño.  La Iglesia de Jesucristo entiende esto.  No porque ella cita el colectivo LGBT+ como los más necesitados de sanación.  ¡Ella simplemente sabe que todas las personas que buscan la libertad en el nombre de Jesús la encontrarán porque Él es el sanador!

La semana pasada la Arquidiócesis de Denver patrocinó nuestra Conferencia “El Género Sí Importa”.  El Arzobispo Aquila abrió el tiempo con dos verdades entretejidas: la magnificencia de la persona humana hecha a la imagen de Dios como hombre y como mujer, y la autoridad de Jesucristo para restaurar a las personas a esa dignidad original.  Nosotros adoramos al Dios que sana.

Jesús trajo una “nueva enseñanza y con poder” (Mc 1:27).  La mayor parte de Su tiempo se dedicó a liberar a las personas de espíritus opresivos y luego a restaurar a los hombres y mujeres a su dignidad original.  Por supuesto, Él sólo hacía esto para las personas que así lo deseaban.  Se sabe que Él preguntaba gentilmente: “¿Qué quieres?” o “¿Quieres ser íntegro?”  Aun así, Él contendía constantemente con los detractores que se sintieron tan amenazados por Su Misericordia Todopoderosa que lo mataron. 

Él vive para resucitar ese poder en nosotros.  A pesar de los esfuerzos diabólicos para erradicar el “cambio”, ningún poder en la tierra tiene autoridad para anular Su poder para sanar.  Es Su prerrogativa y ahora nuestra.  Nosotros, los fieles miembros de Jesús, tenemos autoridad para sanar.

“La fe en la Presencia real del Señor y en Su poder transformador decide todo.  Si esta fe es firme, la doctrina de la Iglesia sobre la sexualidad humana será comprensible e igualmente firme.  Si ésta se evapora, entonces el arrepentimiento, la conversión, la gracia y la santificación se evaporan con ella”.  Dr. Stephen Oster

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