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Casi en Casa –

“Nadie puede celebrar una Navidad genuina sin ser verdaderamente pobre.  Solo aquéllos que necesitan que alguien venga en su favor tendrán a ese alguien.  Ese alguien es Dios, el Emmanuel, el Dios con nosotros…  Sin la pobreza de espíritu, no puede haber abundancia de Dios”.  San Oscar Romero

La Navidad es para las personas necesitadas.  Todos nosotros.  No importa cuán experimentado sea el santo, cada uno de nosotros posee un dolor que sólo Jesús puede llenar.  En otras palabras, conocer a Aquél quien es nuestro hogar no significa que hayamos llegado a casa; todavía estamos en camino.  La Navidad puede ser un buen tiempo para recordar la resistencia en el camino y recibir nuevamente de Jesús y de Sus miembros.

No hay dos personas que demuestren esto mejor que María e Isabel.  Su “visita” destaca lo que podemos ser los unos para los otros cuando buscamos llevar a Jesús al mundo (Lc 1: 39-45).  Si recuerdan, María embarazada, instada por el Espíritu, se apresura a ver a su prima Isabel, quien está casi por dar a luz a Juan el Bautista.  Yo me he quedado consternado por las homilías que retratan a María como una persona compuesta y desinteresada, matrona en una misión para cuidar de Isabel.  No es evidente en el texto —sólo una de las muchas maneras que les quitamos la sangre a los santos y luego los dejamos como personas excesivamente impecables.

Yo prefiero pensar en la inmaculada María como una adolescente tensionada que necesita que se le hable la Palabra de Dios; la carga es enorme, y ella necesita solidaridad con alguien que “comprenda” su carga— no trivialidades por parte del sacerdote o el esposo, sino por otra mujer que se hincha en sus entrañas y que puede compartir su tentación de dudar de las maravillas que tiene a mano. 

Y guau!  Isabel se entrega con el saludo profético más sagaz que uno pueda imaginar: ¡Salve, Madre de mi Señor! ¡No soy digna de esta visita! ¡Bendita eres por creer que lo que Dios dice que se hará!  Las palabras de su amiga sueltan la lengua de María y ella repasa una de los cánticos más hermosos jamás escritos (Lc 1: 46-55).

Quizás tus esfuerzos por llevar a Cristo a este año se hayan visto frustrados por las dudas, la soledad, el fracaso o los malos entendidos.  Celebrar Su venida te recuerda que duele.  Tú estás justo donde Jesús quiere que estés.  Él viene por los que están vacíos, no por los que se poseen a sí mismos.  Ábrete a Aquél quien viene y que viene ahora a través de Su Espíritu.  Acógelo en quietud.  Luego apresura a un amigo.  Que el Espíritu de Isabel profetice a través de nosotros a los demás: ¡Bienaventurados ustedes que creen!

“Bien puede ser, como dice Jesús, es más bendecido dar que recibir.  Pero es más difícil recibir…  En Jesús, Dios quería hacer algo por nosotros tan completamente más allá de los límites de la imaginación o proyección humana que Él tuvo que recurrir a los ángeles, a las vírgenes embarazadas y las estrellas en el cielo.  Nosotros no pensamos en ello, ni lo entendimos ni lo aprobamos.  Todo lo que pudimos hacer, en Belén, fue recibirlo” William Willimon

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