Casa > aguas vivas > Castidad Liberadora

La castidad ha recibido muchos ataques últimamente.  Muchos considerarían esta “integración lograda de la sexualidad en la persona” (# 2337) un fracaso, y las perspectivas débiles en cuanto a unificar las mejores aspiraciones espirituales con los deseos corporales de uno.  A medida que los escándalos de abuso sexual de la Iglesia continúan su curso, nos tropezamos con nuestra administración de “estos poderes de la vida y el amor”.  Si nuestros padres quienes dicen representar a Jesús han flaqueado hasta el punto de destruir la vida de niños, y sus padres (obispos) los encubren para defender los bancos “santos” y las apariencias, ¿qué esperanza hay para nosotros?

Aguas Vivas

La hipocresía enciende nuestra ira, la cual fácilmente desciende para encender los anhelos oscuros para justificar nuestras propias lujurias —tú arruinas al hombre “santo”, ¡yo lo arruinaré peor!

Los tontos elocuentes se apresuran.  Acabo de leer con sobriedad e incredulidad la “exposición” por parte del activista LGBT Frederic Martel en cuanto a los últimos cuatro papas y sus administraciones romanas: “En el Closet del Vaticano”.  Cosas bastante intensas; lo abordaré con más detenimiento posteriormente.  Lo que me alertó sobre la clave interpretativa de Martel fue esta línea que espetaba al Papa Emérito Benedicto XVI, cuyo compromiso con la ortodoxia sexual es consistente y muy odiado: “Él estaba obsesionado por el hecho de que otra persona podría estar teniendo placer…”

Jah ¿Ese es el legado del Papa Benedicto, su propia vida casta (y no hay evidencia de lo contrario) tan maleada por los deseos conflictivos que él se la pasa su vida echando a perder la juerga “gay” de otros?  ¡Esa es la causa y la cura de Martel: “exponer” a estos hipócritas de collar y seguir su parranda!  Sin quererlo, Martel se “expone” a sí mismo y demuestra que no sabe nada acerca de la castidad genuina.  Sólo al descubrir más acerca de esta virtud mal entendida podemos rescatarla de tal ridiculización.

La castidad se trata de unir lo bueno de nuestros deseos corporales por el placer y la creatividad con el deseo de dignificar otras vidas.  Esta no es una virtud de niños sino de adultos quienes deben dejar de lado las cosas infantiles para apropiarse de un anhelo bueno y lujurioso por la conexión humana, y luego decidir, con una preparación continua, afirmar qué es lo que los impulsa; deseos canalizados para lograr la vida, no destruir la diversión.

No ajeno a la propulsión a la lujuria, a través de la misericordia de Jesús yo descubrí un anhelo mayor que los ídolos sensuales —es decir, una compostura pacífica que me invitó a explorar una gama de relaciones estando completamente vestidos en las cuales aprendí a abrir la boca y el corazón, no mis pantalones.  Fue divertido —placentero, si no sensacional.  Yo crecí sin límites sensuales, así que los límites bíblicos me salvaron.  Una clara lectura imparcial de las Escrituras me conllevó a concluir que “Jesús se comprometió con un solo modelo de unión sexual, la monogamia con el sexo opuesto…  Él consideró toda actividad sexual fuera del matrimonio con una persona del sexo opuesto como capaz de poner en peligro la entrada de uno en el Reino” (“La Biblia y la Práctica Homosexual”, Dr. Robert Gagnon).  Seguirle a Él significaba comprometerse con la misma.  Cosas que asustan. 

Sin embargo, yo necesitaba del temor de Dios con respecto a lo que hice con mi cuerpo, precisamente debido a su impacto en los demás.  La masturbación me ocultó de los demás, la pornografía satanizó mi visión de los hijos de Dios y los actos inmorales violaron la confianza de las amistades santas.

Dos claves de la obra de San Juan Pablo II ayudaron a transformar el miedo en expectativa.  La primera es su “personalismo” filosófico, el cual invita a todas las personas a una travesía interior hacia la actualización de la verdad en sus vidas, una que requiere la conciencia de uno mismo y un compromiso con un proceso de desarrollo.  La castidad, dotada por este “personalismo”, es “cómo los deseos subjetivos del corazón entran en armonía con la norma objetiva” (Christopher West). 

Esa norma involucró actuar sobre la segunda clave.  Yo aprendí a través de la Teología del Cuerpo que yo era un “don” para los demás y que mi diseño, aunque dañado por la lujuria homosexual, todavía estaba inclinado hacia el otro don: la mujer.  Entonces descubrí una muy buena relación con uno real; yo me maravillé ante la diferencia entre la propulsión a la lujuria y la castidad emergente en mí que podría abrirse al don de género de Annette y madurar para apreciar sus ritmos exquisitos.  Mientras lo hacía, el ardor sexual incrementó de una manera que solo puedo describir como integrada.  San Juan Pablo II insiste en que la castidad se aplica tanto a los casados como a los solteros.  Nosotros no nos casamos para evitar o canalizar la lujuria; Jesús nos llama en el espíritu de San Pablo a amarla como Jesús ama a Su Iglesia.  Eso requiere nada menos que de la integración —el don de la castidad en lento crecimiento.   

Dejando de un lado a los hipócritas y los rumores de los hipócritas, yo puedo hacerme responsable de mi propia felicidad.  Eso requiere amar sin las cadenas de los deseos infantiles.  La castidad libera esa felicidad.  Por mucho tiempo ella puede vivir y crecer en nosotros.

Download PDF

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*