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Castidad: Orden en Nuestra Cancha

Seguir a Jesús al Calvario requiere de templanza, ese don del Espíritu Santo el cual pone en orden el amor que existe dentro de nosotros. Al alma ordenada le encanta permanecer con Jesús. Sin embargo, nosotros con ojos cambiantes y enrojecidos luchamos por mantenernos vigilantes con Él. Gerald May tiene razón: “Los adictos no pueden meditar”. Así que nosotros clamamos: “Ven Espíritu Santo, pon en orden el amor que está dentro de nosotros uniéndonos con Aquél que tiene el poder para sosegarnos. ¡Haznos íntegros mientras fijamos nuestros ojos en Aquél que sufre para liberarnos!”

Leanne Payne describe el peligro del corazón dividido: “Una vida de fantasía malsana destruye. Ésta lucha contra la verdadera imaginación que puede intuir lo real y, por lo tanto, es creadora. Cuando nuestras mentes están llenas de delirios, no podemos estar impregnados de lo que es verdad” (La Presencia Sanadora). Esta Semana Santa pidámosle a Jesús que tome cada mentira que divide nuestros corazones y nos una con Él mismo a través de Su Espíritu. Que permanezcamos más tiempo con Él, uniendo nuestro sufrimiento con el Suyo mientras esperamos la nueva vida.

La castidad es el primer fruto de la templanza. Deriva su significado de 1ª Cor 12:24 en la cual San Pablo describe cómo Dios ordena a Sus miembros en un Cuerpo íntegro, “dando mayor honor a las partes que no lo tienen”. Así también Dios ordena a las diversas partes de nuestra humanidad individual en un todo. La castidad involucra la integración del amor sexual —el poderoso y frustrante pozo del deseo que llevamos en nuestros cuerpos— con nuestra primera relación de amor con Jesús (CCC #2335).

El Espíritu Santo guía este objetivo de integración de toda la vida. Hacerse casto es acerca de convertirse en íntegro, e implica tanto aceptar el buen don de nuestra humanidad de género como rechazar “el poder seductor de una civilización artificial impulsada por la lujuria y la avaricia” (Joseph Piper, 1ª Tes 4: 3-8). Sabiendo cómo sometemos nuestro don a La La Land, nosotros clamamos: “Jesús, las mismas fuerzas que nos dieron la vida ahora amenazan con destruirla. ¡Ten misericordia, Dios santo!”

Él sí tiene misericordia. Su bondad nos atrae y sana nuestros quebrantos para que podamos permanecer más tiempo con Él. ¿Su propósito al ordenar nuestra sexualidad? Así podemos disfrutar de la creación con Aquél que la creó. Él no quiere que Su mundo nos satanice, sino que más bien sea una fuente de deleite, dentro de los límites amorosos de la verdad y las virtudes de la templanza y la castidad que son alimentadas por el Espíritu. ¡Cuán liberador es pasar del interés sensacional en uno mismo a un deseo genuino por conocer y honrar al todo de una persona!

Nosotros nos aferramos a Aquél que está “resuelto a ir a Jerusalén” donde el Calvario le aguarda (Lc 9:51). Él nos llama a caminar con Él para que podamos dar a otros un testigo íntegro (suficiente) de la claridad de género y deseo moderado. Por ellos nos convertimos en un testigo del Dios quien en medio del sufrimiento sana el dolor con amor.

“Nosotros buscamos ser castos porque alguien que amamos necesita que seamos castos”.
Heather King

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