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Clamor del Verdadero Yo –

“Yo sé que sólo el Señor Dios puede y va a soltar mis cadenas y abrir mi puerta, y que solo Su tormenta creadora desplegará mi bandera una vez más…” Padre Alfred Delp

En la película “Antes de la Puesta del Sol”, Ethan Hawke le dice a una ex-amante por qué la dejó por otra para convertirse en esposo y luego padre: “Yo elegí a la mejor versión de mí mismo por encima de mi Yo más honesto”.  Momentos más tarde, la “honestidad” lo supera y se echa en la cama con su antigua pasión.

Hoy en día se hace mucho acerca de esa “honestidad” —como si ser honesto con tu Yo malo es algo virtuoso.  Retratamos al “mejor” Yo como alguien asexual y pesado; el Yo “honesto” garantiza grandes bandas sonoras y suaves montajes pornográficos.  Al alzar la bandera de la autenticidad, los hombres y las mujeres rompen sus votos con Dios y con los demás para fusionarse con una solución más dulce.  “Ser sincero consigo mismo” es el credo del adúltero —abandonar a todos los demás para una mejor conversación u orgasmo.

Así que Sue se deshace de su marido y sus hijos por Jim.  O por Jenny.  El género no importa mucho aquí; lo que hace es despertarse por algunas mañanas con alguien que “te entiende” y se alegra de que tú le “entiendas”, sensacionalmente.

Auténtico adulterio.  Todos lo hemos encontrado con amigos cercanos y posiblemente estuvimos cerca de estar de acuerdo con éste: “Ese matrimonio murió hace mucho tiempo; finalmente ella encontró a su alma gemela”, o “Él siempre ha sido gay y ahora es libre…”  Cuando romantizamos las necesidades de uno y excluimos a los demás, contribuimos al abandono de una gran cantidad de hijos dependientes que en realidad necesitan a una mamá y un papá para llegar a ser la mejor versión de sí mismos.

El Adviento nos insta a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos.  Juan el Bautista anuncia el verdadero Yo basado completamente en la persona de Jesucristo.  Él clama tres veces y nos exhorta a hacer lo mismo: “En tu desierto, prepara el camino del Señor…  En tu marchitamiento, la Palabra de Dios permanece para siempre…  Aquí está tu Dios; ¡Él viene con poder!  (Is 40: 3-10)

Juan El Bautista, avivado por el Rey que viene pronto, imploró a sus seguidores que se apartaran del pecado y se dirigieran a Aquél que destruye toda falsedad para exponer la verdad resplandeciente (Lc 3: 16, 17).  Ese Yo emerge sólo a través del encuentro auténtico con Jesucristo.  Jesús forja un verdadero Yo a partir de nuestras tentaciones; Él evoca lo mejor de nosotros desde la confesión honesta de nuestras posibilidades más bajas.

Juan nos enfrenta con un vislumbre de Gloria, ante quien huimos o nos rendimos.  Jesús nos da la opción de estar de acuerdo con Él antes de que Él nos tumbe de nuestro gran caballo de sueños desordenados —mitos de contornos que complementan perfectamente los nuestros.

Él nos allana al suelo para levantarnos de acuerdo con Su mejor deseo para con nuestras vidas.  Este es el Yo auténtico que vive para Él y que soporta lo que nos limita a las criaturas a imponernos unas a otras.  El amor nos libera para servir a los demás con gratitud.  Nosotros somos más reales —más vivos a la verdad de quienes somos— cuando vivimos de Su manantial para ayudar a calmar la sed de los demás.

Desde una celda de prisión en vísperas de su ejecución, en el Adviento de 1944, Delp escribió:“La honestidad humana requiere que el hombre se vea a sí mismo como un sirviente y perciba su realidad como una misión y una tarea.  La idea de auténtico servicio y deber auténtico pertenece a la esencia del autoconcepto del hombre.  Cualquiera que socave esto ha manchado su propia imagen y corrompido el conocimiento de sí mismo…”

Lo que el hombre contribuye a su propia gran liberación en una vida plena consiste en humildad honesta, apertura voluntaria, disposición para servir, testimonio auténtico y alabanza.  Si el hombre emprende su camino de Adviento, se le concederá el gran encuentro, ya que la liberación del hombre ocurre como un encuentro.  Dios realiza una liberación multifacética dentro de él, encontrándose con él cuando se eleva más allá de sí mismo en una experiencia vivida de ser reconfortado y elevado” (Adviento del Corazón, Ignatius Press).

 

 

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