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Cómo Jesús nos Sana a través de Su Iglesia
– por Andy Comiskey

Somos personas con deseos, deseos que nos conducen hacia expresiones nobles y verdaderas de nuestra humanidad, y deseos que pueden reducirse al reino animal –la rata dando vueltas en la rueda de su jaula.

La única forma en la que puede ocurrir la transformación es a través de Cristo y Su comunidad. Cuando venimos quebrantados a la iglesia, Su amor fiel puede transformar nuestros deseos. Esto se logra con la ayuda de la iglesia, no a pesar de la iglesia. El cuerpo de Jesús en la tierra tiene la autoridad de convertir la rata en un santo. Voy a usar mi propia historia de sanidad de la homosexualidad para demostrar cómo Jesús, a través de Su comunidad, transforma nuestros deseos.

A fines de los años setenta, comencé este proceso de transformación. Empecé siendo un homosexual practicante. Hoy puedo unirme al salmista al proclamar: “El colma de bienes tu vida y te rejuvenece como a las águilas. El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos” (Salmo 103:5,6)

Mi opresión tenía que ver con deseos desordenados. La justicia de Dios involucraba el realineamiento de mi deseo a través del poder de Su amor transformador. Ese amor elevó mis ojos hacia Aquel que es, y hacia los deseos superiores que El quería para mi humanidad.

Al crecer, me enfrenté con la bondad y el quebranto, como todos ustedes. Nuestras familias poseen ambas cosas, dado que todos hemos caído y estamos sujetos al pecado en toda su profundidad y complejidad. En mi caso, tuve padres amorosos, pero sin embargo estaban un poco alejados de mí. Esto me dejo sediento emocionalmente, y vulnerable a maneras falsas de satisfacer mis necesidades. Eso sucedió especialmente con mi padre. No tuve una buena conexión con él, y eso agravó la sed que yo tenía de amor y afirmación masculinos.

En mi cultura, la estadounidense, uno puede muy fácilmente abrazar el mundo homosexual como una manera de encontrar amor masculino. Es un mundo perverso e idólatra que promete en vano saciar el deseo profundo que uno tiene de amor. Eso fue así para mí. Comencé a sentir más sed. Allí, en el mundo gay, me empecé a dar cuenta de que otro ser humano no podía satisfacerme. Esa satisfacción tenía que venir de Dios.

¿Quién era Dios? Yo no era cristiano. Pero había gente que oraba por mi, inclusive mi madre fiel. Un día regresé a casa luego de haber estado de fiesta toda la noche, portando la apariencia mortal del pecado. Mi madre me miró directo a los ojos y me dijo: “¡Necesitas a Jesús!” Ella tenía razón: necesitaba un Salvador que fuera más poderoso que mis deseos desordenados. Por primera vez, comencé a clamar a Dios, quien se reveló a sí mismo en Jesucristo.

Jesús me invitó a una vida de la que yo no tenía idea. Su misericordia persistente marcó una gran diferencia en mi ignorancia y rebelión. Me recuerda a la historia del hijo pródigo. Cuando miré un poco a Jesús, el corrió hacia mí y cerró la brecha causada por mi pecado y mi vergüenza. En Lucas 15:20 dice: “Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y se compadeció de él; salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y besó”. Jesús me reveló el amor del Padre: un amor mucho más poderoso y paciente que los objetos perversos de mi deseo.

La iglesia me abrazó como una comunidad sanadora. Esto ocurrió primero a pesar de lo que yo era, no por mi obediencia. Una vez recaí, y salí a enfiestarme con unos amigos. Inmediatamente pude ver que me encontraba en el lugar incorrecto: esa gente ya no era mi gente. Yo era cristiano, nacido del Espíritu. Así que salí corriendo de la fiesta, y no me detuve sino después de un par de kilómetros. Me encontraba en un área extraña de la ciudad y era medianoche. No tenía la más mínima idea a donde iba.

A un costado de la calle, vi a un grupo de gente reunida. Corrí al lado de ellos y reconocí a unos pocos. ¡Eran personas de mi iglesia, que estaban teniendo una reunión de avivamiento en esa parte del centro de la ciudad! Me uní a ellos, e inmediatamente me sentí como en casa. “Esta es mi gente,” pensé. “Aquí es donde pertenezco, en la comunión de aquellos que adoran al mismo Padre, y quienes tienen el mismo Espíritu”. La iglesia se transformó en mi hogar: sabía que sin la comunidad de Cristo, estaría perdido, sujeto a los “padres” poderosos y perversos de mi otra comunidad.

Afortunadamente, encontré una iglesia que le daba lugar a que la gente se convirtiera, a descubrir con el tiempo quién era el Padre en realidad, para que así podamos ser cambiados a través de nuestra devoción a El. Allí, crecí como un adorador del Único. La transformación ocurrió a medida que experimentaba el testimonio continuo de la gracia y verdad a través de los miembros de ese cuerpo.

Mi historia me recuerda cómo Jesús se relacionó con la mujer samaritana. (Juan capítulo 4) Si te acuerdas, Jesús la conoce en el pozo, y le pide que le dé agua para beber. El le ofrece “agua viva”. Esa bebida especial simboliza el Espíritu de resurrección derramado en nuestros corazones, capaz de satisfacer los deseos más profundos dentro de nosotros. Lo que hace que este ofrecimiento sea aún más extraordinario es la naturaleza de la mujer. Ella había sentido mucha vergüenza en la presencia de Cristo, descalificada del amor santo. ¿Por qué?

Primero, ella era samaritana, de ascendencia de los judíos y los cananitas. Esa mezcla significaba la idolatría: el que los judíos fueran en pos de los dioses de otras naciones. Así que ella fue concebida en la vergüenza. También, era mujer, y los líderes judíos tenían prohibido involucrarse con las mujeres en público. Finalmente, era una mujer sexualmente inmoral, cuya vergüenza y quebranto la llevó a prácticas degradantes. Descalificada para el amor real, ella buscó amor de la manera equivocada, a través de relaciones cíclicas y sin ningún futuro.

Pero Jesús tenía otros planes. El la conoce y se relaciona con ella como un objeto del deseo divino. El le ofrece su amor inagotable en la forma de “agua viva”. El sabe que sólo un amor superior puede satisfacer el verdadero clamor de su corazón, y liberarla para que sea la mujer que el Padre quiso que fuera. Jesús le demuestra esto al relacionarse con ella. Así también, nosotros como cuerpo de Cristo debemos modelar la misma forma de relacionarnos con aquellos quienes, como ella, están plagados por la vergüenza, y atados al pecado. El cuerpo de Cristo continúa haciendo esto para mí. A veces iba a la iglesia con un espíritu oscuro e incrédulo, listo para desechar cualquier cosa buena como algo irrelevante para mi vida. El amor y la aceptación de mis hermanos cristianos rompieron ese espíritu. El amor de ellos era como “agua viva” para mí, derramada sobre la capa gruesa de vergüenza que yo usaba, capaz de disolver las mentiras con el poder del amor. Ese ánimo hizo que yo regresara por más. El amor real satisface. Rompe el poder de las mentiras, y nos mantiene en la senda de la transformación.

Jesús apela a nuestro deseo superior: nuestra necesidad de amor. Y El nos promete satisfacer esos deseos con cosas buenas. Lo hace a través de Su Espíritu, el agua viva, que derrama sobre nosotros a través del amor continuo del cuerpo de Cristo. Jesús le dijo esto a la mujer samaritana acerca del poder de dicho amor: “el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna”. (Juan 4:14)

Pero Jesús también es sabio. El sabe bien que podemos rehusar esa agua viva al continuar recurriendo a las falsas fuentes de amor. Dios usó a Jeremías para describir esto: “Dos son los pecados que ha cometido mi pueblo: Me han abandonado a mí, fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”. (Jeremías 2:13) Sabio y veraz en Su misericordia, Jesús expone las falsas cisternas que hemos cavado en un esfuerzo vano de satisfacer nuestras necesidades, a nuestra manera.

Es por eso, que inmediatamente después de ofrecerle a la samaritana Su Espíritu, Jesús expone su pecado. El le pide que llame a su marido; Jesús se involucra personalmente con ella. Y ella titubea renuente: “No tengo marido” Entonces Jesús le revela que él sabe de sus muchas relaciones quebrantadas con los hombres. (Versículos 16-18) Estas uniones eran cisternas tóxicas para ella. El derrama luz sobre ellas para revelar Su Señorío omnisciente. Y al mismo tiempo, le revela a ella y a nosotros que sólo El puede satisfacer nuestras almas. El rehusar reconocer el pecado es perder la dádiva de Su Espíritu, el agua viva capaz de saciar nuestra
sed más profunda.

La comunidad de Cristo puede ayudarnos en este punto. En amor, nos podemos gentilmente animar unos a otros a examinar las cisternas falsas de deseos a las que nos podemos sentir tentados a recurrir. Debemos hacerlo humildemente, plenamente conscientes de nuestras vulnerabilidades personales hacia las maneras falsas de nutrirnos emocionalmente. Estoy agradecido por mis hermanos que durante años me invitaron a explorar mis motivos para involucrarme con ciertas personas. Eso me dio la libertad para admitir mi propio pecado. Entonces pude recibir el perdón y recobrar la objetividad que necesitaba para vivir dentro de ciertos
límites.

Cuando justo salía de la comunidad gay, un buen amigo me ayudó a entender mi tentación en particular, como una más de las muchas tentaciones que nos son familiares a todos. El usó su lucha con la fornicación y pornografía heterosexual como un ejemplo que yo podía imitar, aún cuando los objetos de mi deseo eran diferentes. Esa diferencia no me eximió de hacer lo que es debido. Tenía que aprender a lidiar con mi pecado y luchas tan honestamente como lo hacían mis amigos pecadores tradicionales.

Nos servimos mutuamente cuando gentilmente nos señalamos los pecados, especialmente en el área sexual. Es un regalo. Esto es porque el pecado sexual reduce a los participantes a algo inferior. El estar atado por la lujuria no importando la dirección nos reduce y ata al reino animal. Nos convertimos en ratas en una rueda, corriendo como adictos en pos de la siguiente dosis, nunca satisfechos. Por otra parte, el amor de Dios por nosotros es poderoso y expansivo. El quiere fortalecernos para que salgamos de esa rueda de rata y nos embarquemos en la travesía de convertirnos en todo lo que El quiso para nosotros. Esa visión mayor de Sus propósitos para nuestra sexualidad y relaciones se hace aparente a medida que Lo buscamos a través de Su
cuerpo.

Me comprometí a asistir a una iglesia basada en la Biblia, que a su vez, se aferraba al poder del agua viva que liberar a los cautivos. Allí descubrí que yo, como todos los hombres y mujeres de esa iglesia, fui creado para portar la imagen de Dios en la manera en que nos relacionamos con el sexo opuesto. (Génesis 1: 26 y 27) Además, como Adán, Dios me creó con un deseo bueno de “no estar solo” (Gen. 2:18) Eso significa que yo no estaba exento de tener que ocuparme de mi salvación como varón en relación a las mujeres. Tuve que aprender a amar de una manera que se ajustaba a mi nueva identidad como una persona fundada en el agua viva, creado para amar a otros de una manera correcta.

Eso fue un desafío para mí. Pero mis buenos amigos varones no me dejaron que me diera por vencido. Una parte de mí quería esconderse en la lucha homosexual, quería ser tratado de manera especial, de alguna manera exento de la dinámica del amor heterosexual. Mis amigos no me permitieron esconderme en ese lugar por mucho tiempo. “Arriésgate”, me urgían mis amigos. Eso significó comenzar a vivir la verdad que Jesús me definía, no mi pasado. A medida que continuaba creciendo en mi seguridad como varón entre otros varones, comencé a sentir y pensar de manera diferente hacia las mujeres. Dios comenzó a liberar mis deseos heterosexuales.

La travesía había acabado de comenzar. Los deseos heterosexuales por sí solos no lo convierten a uno en un buen regalo para otra persona. Eso requiere el trabajo duro y más profundo de amar a otros de forma sacrificada, con o sin pasión. También tuve que enfrentar y abandonar la comodidad de mi soledad, el egoísmo glorioso de decidir las cosas por mí mismo. La soledad tiene sus recompensas.

Gracias a Dios, El me guió a una hermosa mujer quien sería mi esposa. Con Annette, yo salí de mi soledad para convertirme en un varón lo suficientemente íntegro quien podía amar a otros correctamente. El apoyo y ejemplo de las parejas cristianas más maduras fue crucial en este punto. Animados por nuestro pastor, Annette y yo comenzamos a ministrar a otras personas con quebranto sexual en nuestra iglesia. Un poco tiempo después de eso, comenzamos a tener hijos. Después de haber tenido cuatro hijos, el mayor de los cuales se encuentra en la universidad y el resto son adolescentes, ¡puedo decir con autoridad que es más
difícil criar a una familia bien que salir de la homosexualidad! Pero también es mucho más gozoso y profundamente satisfactorio.

Jesús a través de Su cuerpo es fiel para transformar nuestros deseos. Nuestras pasiones pueden estar quebrantadas de diferentes formas. Pero la Fuente de nuestra sanidad es siempre la misma: el agua viva de Dios derramada sobre el terreno seco, vergonzoso, y pecaminoso de nuestros corazones. El nos da su amor como el medio y el fin de nuestra sanidad. A medida que la iglesia aprende a amar como Jesús amó a la samaritana, los quebrantados se darán cuenta más y más de esa esperanza.

Nuestros deseos son cambiados a medida que descubrimos Su amor por nosotros en Su comunidad, la iglesia. Respondemos a esa asombrosa dádiva de amor a través de nuestra adoración a El. El se entrega completamente a nosotros; a su vez, nosotros le entregamos nuestro corazón a medida que nos dedicamos a El. Le adoramos por gratitud. Derramamos nuestros afectos y pensamientos, le rendimos nuestros cuerpos a El como un acto de adoración.

El adorar a nuestro verdadero Dios transforma nuestros deseos. Mientras que el pecado sexual y otras formas de idolatría esclavizan nuestros deseos, la adoración verdadera nos deja en libertad. Esto ha sido ciertamente el caso en mi vida. El adorar a Jesús con mi comunidad ha sido una fuente continua de sanidad. El realinea nuestros deseos de acuerdo a Su voluntad a medida que le entregamos todo nuestro amor a El en adoración. Quizás es por eso que Jesús llama a la mujer samaritana una verdadera adoradora del Dios viviente. En Juan
4:21-24, Jesús la describe entre los verdaderos adoradores quienes adorarían a Dios en Espíritu y verdad (v. 24) En unos pocos versículos, El pone en descubierto su pecado y luego la identifica como una adoradora santa; ¡Jesús toma a alguien devoto del pecado y lo transforma en alguien que glorifica a Dios a través de su devoción a El! Ese es el poder del amor divino. Su amor transforma los deseos desordenados en una pasión santa.

Al hacerlo, no sólo estamos impulsados a entregarnos a El en adoración, sino que también no podemos evitar darlo a conocer. El poder de Su misericordia transforma nuestro propósito en la vida. Dios no sólo se contenta con satisfacer nuestros deseos a través del realineamiento de nuestra orientación sexual y relacional. También quiere otorgarnos un enfoque de la vida completamente nuevo: ¡El mismo, Su Reino acá en la tierra! No hay nada más satisfactorio que saber que, a partir de una comunión íntima con el Señor del universo, nos convertimos en agentes restauradores de otros. ¡Estoy asombrado cómo Jesús ha enviado a mis amigos y a
mí alrededor del mundo para que hagamos conocer Su agua viva! El privilegio de hacer conocer a Jesús es quizás la respuesta de Dios al deseo más profundo del corazón humano. Estar alineados con los propósitos de Dios para nosotros es algo que nada lo puede superar.

Volviendo a la mujer samaritana, inmediatamente después de que Jesús la declaró una verdadera adoradora, ella deja su jarro de agua y comienza a cumplir los propósitos de Dios para su vida. Lo declara a Jesús como Señor de la gente de su pueblo (versículos 28-30, 39-42) Un avivamiento explotó en Samaria a través de esta evangelista novata. Habiendo recibido agua viva horas antes, ella libremente hace conocer a su Salvador. Como resultado de su testimonio, muchos entraron en comunión con “el Salvador del mundo” (v. 42) La transformación del deseo de ella, provocó el mismo cambio en muchos.

El cuerpo de Cristo debe emprender el llamado a la transformación. Todos somos personas con deseos. Y Jesús quiere nuestros deseos: los buenos, los malos y los feos. Cuando nos reunimos en Su nombre, El quiere salir a nuestro encuentro como lo hizo con la mujer samaritana, otorgándonos la libertad de la vergüenza y el pecado, a medida que recibimos Su amor y le devolvemos el amor en adoración. En el proceso, entramos en una realidad de los supremos propósitos santos para nuestras vidas.

Sin el amor del cuerpo de Cristo, el “agua viva” permanecería meramente como una buena idea. Pero cuando buscamos extender esa agua a otra persona, vamos a dar una respuesta al clamor de los corazones quebrantados. Vamos a ver estallar un avivamiento, así como la mujer samaritana. Testificaremos la transformación de nuestros deseos provocada por Jesús, como la de otras cosas también. Nos vamos a convertir en la comunidad sanadora de Cristo, Su misma Presencia en el mundo hoy, ofreciendo agua viva a aquellos sedientos de la verdadera misericordia.

Traducido por Mauricio Montión
Copyright © 2003 por Desert Stream Ministries. Usado con permiso.