Casa > aguas vivas > Compasión de Clara Visión

La astuta vista y sonido de Juan el Bautista: “¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Jn. 1:29) me deja sin aliento.  Su visión me detiene en seco y me invita a entregar ante Jesús cualquier “enfermedad del pecado” que necesite Su sanación.  Él es magistral: el reingreso en Sus heridas me asegura que Él asumirá mi miseria mientras rodea lo que es precioso.  Y vulnerable.  El arrepentimiento siempre requiere de la Presencia sanadora para fortalecer y dar forma a lo que es débil pero inclinado a la verdad.

El relato del Evangelio del domingo pasado me tocó de forma conmovedora, inesperada.  Ante el Cordero, vi una imagen de un automóvil con una abolladura menor, casi invisible.  El peligro radica en el óxido que crece lentamente y extiende sus dedos corrosivos desde el daño menor.  Yo sabía lo que era.  Aunque conocido, el mismo pecado nuevo, me asustó.  Yo necesitaba quedarme en los terrenos interiores del Cordero, postrado ante el torrente purificador y sanador que todavía fluía fielmente desde Sus heridas —una nueva purificación y sumergimiento.  Yo necesitaba dos cosas: morir de nuevo a esa corrosión y volver a presentarle la herida a Él. 

Para ser honesto, eso hirió mi orgullo.  Y provocó mi impaciencia.  ¡Estoy harto de este proceso! Es tan fácil exaltar el plan de vida de convertirse casto —tan fácil hasta que encuentras un defecto en éste y te botan de tu orgulloso caballo, cualquier ilusión de haber llegado.

Yo pasé más tiempo de lo habitual en Su Presencia y le pregunté qué estaba haciendo Él.  Antes de que pudiera escuchar, una profunda tristeza se apoderó de mí, una soledad casi primitiva definida elocuentemente por Joseph Pieper “como un conocimiento verdaderamente penetrante de las cosas creadas que es asociado con una tristeza abismal…  que no puede ser levantada por ninguna fuerza natural de conocimiento o voluntad”.

Mi primera tendencia es renunciar a esta tristeza como “la tristeza del mundo que produce muerte” (2ª Cor. 7:10).  Pero esto era diferente; Dios —no Su enemigo— estaba sacando a la superficie una profunda tristeza relacionada con una desconexión histórica.  Él lo calculó bien y pude ver (mi corazón tiende a “ver” las cosas más que a “escuchar”) Sus ojos mirándome con profunda compasión.  Eso me liberó para dolerme más profundamente, y recordé los muchos pasajes del Evangelio donde Jesús miró a personas acosadas e ignorantes y tuvo un anhelo inmediato y desgarrador por ayudarlos, por ejemplo, compasión (Mt 9:36; 14:14; 15:22; Mc 6: 4; 8: 2).  Él me mira bondadosamente también.

Cuando acogí Su consuelo donde más lo necesito, se me vinieron a la mente muchos rostros de personas que amo que también enfrentan una soledad similar y pude verlas y llorar por ellas con nueva compasión.  Recordé a un niño de mi vecindario a quien veo jugar a menudo solo; él está siendo criado por un grupo de “feministas interseccionales”, supongo que son mujeres “identificadas como lesbianas”, una de ellas en “transición”.  Las creencias familiares de este niño impiden cualquier puente hacia la masculinidad para él.  Yo abogaré por él, comenzando de rodillas: “Jesús, buen pastor, dame Tus ojos y Tu corazón con los cuales ver, sentir profundamente, actuar con compasión por él”.

Que podamos acoger al Cordero de Dios donde más lo necesitamos a Él y permitamos que Su compasión impregne la forma en cómo amamos a los demás.

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