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Reflexionando sobre mis 60 años, me vi interrumpido hermosamente por una tormenta de nieve que nos dejó sin electricidad; estábamos cuidando a nuestro nieto Jacob mientras sus padres animaban a los Chiefs de Kansas City a ganar en su división en el estadio local.  Annette y yo tiritábamos, nos reímos y bañamos a Jacob en el fregadero de la cocina a la luz de las velas. 

Nos encantan nuestros nuevos aposentos, pero parece que nos mudamos al triángulo de las Bermudas de las fuentes de energía.  Las brisas rompen las líneas eléctricas y explotan los transformadores.  Oh, bueno…  Mi palabra decisiva este año: Si “sin Jesús no podemos hacer nada” (Jn 15: 5b), entonces con Él podemos hacer cualquier cosa.     

Eso primero y sobre todo se aplica a la vida conyugal.  Yo amo a Annette más que nunca, pero estoy menos seguro de mi capacidad para amarla realmente como San Pablo implora a los esposos, ya saben, como Jesús se ofreció a Sí mismo a la Iglesia.  Bien, no he llegado a ese punto todavía.  Es útil saber que el matrimonio mismo me arraiga y me fundamenta en mi condición de hombre a través de su Yo auténtico y distintivamente femenino.

Escuchen lo que dice San Juan Pablo II sobre el matrimonio en la Teología del Cuerpo: “El matrimonio penetra en la dignidad atribuida a la humanidad como portadores de la imagen en virtud de la creación, y al mismo tiempo la dignidad atribuida a la humanidad pecadora en virtud de la redención”.  Buenas noticias para los pecadores originales como yo.  En el espejo poco halagador del matrimonio, soy humillado por Jesús quien siempre me invita a la misericordia.  De ese pozo artesiano saco constantemente y soy empoderado para entregarme más y mejor a ella.  Al final, yo seré juzgado por el amor, el amor que le di a esa mujer.  Con Él, puedo hacer cualquier cosa.

Eso se aplica inequívocamente a mi amor por la Iglesia.  Este desordenado testimonio del amor inquebrantable de Jesús requiere más amor que el que yo tengo.  Yo sólo tengo que sumergirme un poco más en el estanque de la misericordia para redescubrir mi gratitud y ardor por ella.  La fortaleza aumenta mientras espero en Él, Su corazón por ella, para que yo pueda amarla más y mejor.  Con eso me refiero a las muchas personas a las que sirvo todos los días que son ella —miembros quebrantados, hermosos, pero a menudo medio ciegos.  Ayuda a recordar lo que no vi hasta que lo hice.  Súmenle a eso la comprensión de que todavía no veo bien eso y ustedes pueden comprender por qué no puedo amarla sin Él.  Pero con Él, puedo hacer cualquier cosa por ella, Su Novia.

Reconocer el valor de los problemas para amar a la Iglesia ayuda mucho.  Yo solía alejarme de los problemas.  Pero ahora como que me gustan.  No soy sádico, sino un realista que reconoce que bendecir y edificar la Iglesia provoca la ira del propio Satanás que quiere mantenerla dividida y débil, estéril en su capacidad de producir una vasta cosecha de hijos espirituales.  Yo tengo un gran enemigo que odia lo que hago.  Así que estoy aprendiendo a soportar su venganza con paciencia, evaluando los problemas como una señal segura de ir en la dirección correcta —mientras me río de mi propia seriedad y de los débiles esfuerzos (comparativamente) del enemigo para frustrar la mía.  Con Jesús, puedo hacer cualquier cosa por las futuras generaciones.

Me encanta envejecer porque la vida se hace más sencilla.  Se vuelve más acerca de Él.  De esa manera rejuvenezco, tan ansioso como un niño muy querido por verlo a Él cara a cara.

“El amor es una dulce tiranía, y el que ama no tiene otro lenguaje sino uno…  que siempre tiene una juventud que nunca se desvanece en los labios de quien ama”.

Arzobispo Luis María Martínez

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