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“Adviento significa un corazón que está despierto y listo, el cual no se deja amargar ni amedrentar por los fuertes golpes sino que permanece despierto y consciente de la venida gratuita del Señor Dios.  Es por eso que este Dios gratuito debe ser encontrado por una persona libre…  que bien puede sufrir golpes duros pero sin hundirse” (Padre Alfred Delp)

La Navidad nos invita a acoger a Jesús en los pesebres de nuestras vidas.  Sólo Él puede hacer un festín con aquello que asusta, que incluso nos repele.

Gabriel, el ángel intimidante de la Anunciación en Lucas 1: 5-38, nos ayuda en este punto.  La forma en que Zacarías y María responden a esta criatura intimidante (no se dejen engañar por la figura andrógina de arte religioso que susurra suavemente) abre un camino para mí cuando la vida anuncia algo terrible.  En vez de tomar control, yo ahora invito a Jesús a entrar en el desorden.  Yo trato y confío en que una nueva vida está creciendo en lo que de otra manera me mataría.

La Navidad está llena de anuncios feos para las personas amorosas: el diagnóstico de cáncer, los padres cuyo hijo regresa a casa como una “hija”, el cónyuge que se separa, una iglesia dividida por un pastor incasto, amenazas de muerte por parte de activistas LGBT+ ofendidos…

Zacarías me ayuda mucho.  Su respuesta es mucho más cercana a lo que la mía podría ser.  Él es un hombre religioso que se guía y confía por las reglas.  El rigor mortis se ha convertido en cualquier indicio de elasticidad parecida a un vientre.  Cuando el Ángel Gabriel le declara que él será padre del instigador Juan el Bautista, él trata de limpiarse del suelo exigiendo un mapa, más conocimiento, una estrategia.  “¿Cómo puedo estar seguro de esto?”, dice él.  Afectado, él trata de controlar la situación insistiendo en una profecía más lógica.  Al igual que nosotros, él exige del misterio lo que éste no puede dar.

Quizás el sabio anciano era un predicador que utilizaba palabras para controlar su mundo.  No por mucho tiempo.  El ángel le da nueve meses para que permanezca calmado y escuche una voz que no es la suya.  Gabriel silencia a Zacarías mientras espera a Juan el Bautista —¡un embarazo humillante para cualquier sacerdote! Sin embargo, en vez de despreciar a Zacarías, yo empatizo con él.  Yo también me aferro al control cuando los ángeles intimidantes me allanan; ruidoso con un lenguaje intenso, a menudo indecente, yo pierdo mi voz.  ¡Pero no pierdo la invitación a una nueva vida!  Yo soy corregido un poco hasta que me tranquilizo y puedo confiar en el diseño de Dios en mi angustia. 

Gabriel se encuentra con María después de Zacarías.  Eso sí, la anunciación del ángel para ella es mucho más desafiante.  Dios no sólo ha querido que María se convierta en madre, sino que Él mismo engendrará al niño.  Sin embargo, esta perspectiva abrumadora no provoca una respuesta controladora.  A diferencia de Zacarías quien capta los hechos, María contrarresta un miedo natural con fe: “Dime más”, una respuesta que resuena con consentimiento.

Y confianza.  Ella confía en el misterio, contenta con crecer en “el amor que supera el conocimiento” (Ef. 3:19) en vez de agitarse pidiendo seguridad en el mero conocimiento.  ¡Pronto ella será llenada con la plenitud del amor (vers. 20), nuestro Salvador, su Hijo, el unigénito de Dios, expandiéndose en ella hasta que ella no pueda contenerlo más!

Me encanta su respuesta sencilla al Ángel Gabriel: “Que Él haga conmigo como me has dicho” (Lc. 1:38).  Henri Nouwen parafrasea esto maravillosamente: “Yo no sé qué significa todo esto, pero confío en que todo saldrá bien”.

Que la sabiduría y la humildad de María se conviertan en las nuestras.  ¿Un buen objetivo para todos los anuncios intimidantes que nos esperan en el año 2020?  Pasen menos tiempo buscando seguridad en cosas vanas y apóyense más en el misterio de la misericordia divina.  Yo quiero tratar y confiar en Jesús con cada cosa inquietante y así permanecer en el amor pacífico más que con pasiones extrañas como la ansiedad.  Por favor únanse a mí.

“Lo que transformó a María en realeza es que ella reconoció a Dios como un Dios de desafío.  Ella experimentó lo que significa ser apartado de todos los destinos normales y, por lo tanto, quedar atrapado en nuevas posibilidades.  Ella se erige como una fuente de fortaleza que sana y ayuda, justo en el medio de lo que nadie puede saber de antemano” (Padre Alfred Delp).

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