Casa > noticias > ¿Coronarla?

Por Abbey Foard

María.  Theotokos.  Madre de Dios.  Madre de la Iglesia.  La nueva Eva.  Bienaventurada.  ¿Quién es esta mujer? ¿Y qué tiene ella que compartir con nosotros, la Iglesia? ¿Podemos recibir su mensaje como Católicos y Protestantes?  El Nuevo Testamento declara que todas las generaciones llamarán bienaventurada a esta humilde mujer.  ¿Lo hacemos? ¿Debemos hacerlo?

Yo me he sentido atraída por María durante mucho tiempo.  Cuando era una joven luterana, me encontré con un dibujo a lápiz de ella en la portada de un boletín de la iglesia.  Algo en la imagen me cautivó.  La representaba embarazada, un cordero a su lado, con el rostro y las manos abiertas hacia el cielo.  Yo me he aferrado a esa imagen hasta el día de hoy, porque cuando la vi, un acorde resonó dentro de mí; como mujer ella modeló algo en lo que yo quería convertirme.

Ella era abierta, entregada, receptiva en espíritu.  Y en cuerpo fue fecunda, dando Vida.  Su testimonio me llamó proféticamente —a emular su condición de mujer, viviendo en rendición al Espíritu y ofreciendo mi cuerpo a Su voluntad creativa para con mi vida.

Ante nuestro Divino Iniciador —Dios Padre— todos somos “femeninos”.  Hombres y mujeres por igual estamos llamados a adoptar una postura abierta y receptiva, respondiendo a Su forma y dirección.  María nos enseña a todos cómo un “sí” audaz y confiado puede cambiar el curso de la historia humana.  María nos muestra las alturas a las que estamos llamados.

Esta humilde doncella probablemente no tenía idea de lo que podría traer su entrega de corazón abierto.  Su sorpresa ante el anuncio del Ángel Gabriel de que daría a luz al Hijo de Dios —como virgen— no revela ningún conocimiento previo de su particular llamado.  Verdaderamente, Dios tenía para ella una visión más grande de lo que ella podría haber pedido, pensado o imaginado (Efesios 3:20).

El mes pasado yo viajé con Andrew y Marco al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en La Crosse, Wisconsin.  Éste consistía en una hermosa capilla y reflexiones artísticas sobre María, ocultas en un bosque.  Conocimos a otros que amaban a Jesús y que, como nosotros, querían más de Él.    

Caminé en oración por algunos senderos boscosos y me encontré con una serie de baldosas de cerámica pintadas —en este caso, algo llamado paseo del rosario.  En pocas palabras, el camino estaba marcado por representaciones/meditaciones sobre momentos de la “historia de Dios”.  Éste incluye todo, desde la anunciación hasta la crucifixión de Jesús, Su presentación en el templo hasta Su agonía en el jardín.

El último “misterio” estaba enmarcado como “glorioso”: la Virgen María, resplandeciente en túnicas blancas con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo coronando a esta “bienaventurada”.  ¿Estaba yo lista para “La Coronación de la Virgen María”?

Mi respuesta inicial fue retroceder.  Ugggh…  “¿Dónde está eso en las Escrituras?” ¡Mi corazón protestante estaba llorando!  Me alejé un poco a la defensiva, pensando: “¿Por qué este sendero, que de otro modo sería encantador, tiene que llegar allí? Todas las demás imágenes eran meditaciones dignas sobre las etapas de la vida y la muerte de Jesús”.  ¿Este asunto de la “Coronación de María”?  No estaba tan segura…

Mientras me alejaba, sentí una leve reprimenda del Espíritu Santo —un empujón para no descartar esto tan rápidamente.  Abrí mi corazón a una mayor reflexión y el Señor me invitó a considerar mi reacción negativa.  ¿Por qué me preocupaba pensar que la Trinidad celebrara el papel particular de María en su familia con plenitud de gozo? ¿Por qué me ofendía que la Trinidad la invitara a un lugar tan alto donde la humilde doncella parecía compartir en íntima gloria con ellos?

El Señor me golpeó como un puñetazo en el estómago.  “Abbey”, sentí que decía, “¡No es que María deba ser ‘bajada’, sino que tú —una miembro de mi Iglesia— debes levantarte! ¡Ella te está mostrando la gloria a la que estás llamada! ¿Por qué quieres bajarla? ¿Rechazas tu propio llamado de seguir sus pasos hacia esta gloria?”

Honremos a María por mostrarnos el camino humilde hacia la plenitud de la vida.  Ella siempre nos señala a su Hijo y la redención que Él ofrece.  Ella nunca le roba la gloria a Jesús —¡ella la refleja!  Al encontrarnos con su amor, encontramos a Aquél que irradia Amor a través de ella.  Y lo recibimos a través de su hermosa nutrición maternal.  María, en su humanidad, nos muestra la gloriosa comunión con el Dios Uno y Trino al que un día seremos elevados.  Cuando ella nos toca, somos tocados por la gloria que Dios le ha dado, ¡a ésta bienaventurada!

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