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“Así como hay un impulso para el mal, también hay un impulso para el arrepentimiento”.

Estados de ánimo agrios me tientan fácilmente estos días.  Mientras obispos de todo el mundo se reúnen en Roma para sanar a una Iglesia maltratada (Responsabilidad, Rendición de Cuentas, Transparencia – RAT, acrónimo desafortunado), “En el Armario del Vaticano”, una exposición escabrosa muestra e incita a la “rata” haciendo sensacionalismo de lo que el autor describe como una administración esencialmente “gay” que rodea al Papa —un punto hecho más respetuosamente por el Arzobispo Vigano cuando escribió sobre un “clero romano lleno de homosexualidad”: “Es una enorme hipocresía condenar el abuso sexual, llorar por sus víctimas, y sin embargo negarse a denunciar la raíz de tantos abusos— los depredadores homosexuales”.

Cegado por su lente de arcoíris, el periódico New York Times tropezó mal al generalizar en todo el país el tema del sacerdote “gay” con un artículo de portada con una manada de ellos titulada (no te rías) “¡No es un Closet, es una Jaula!”  Lo que sigue no haría el corte del National Enquirer; la autora sabe poco o nada sobre lo que escribe, excepto el ahora triste, “¿no es una indignación cuando a cada identificación inmoral no se le da el mismo tiempo en todos los frentes imaginables, incluida la Iglesia?”  La pieza está llena de ocurrencias de acechadores con cuello quienes se lamentan: “Nunca fue mi vergüenza; ¡Fue la vergüenza de la iglesia!” “¡La gran mayoría de los sacerdotes homosexuales no son seguros!” “Este no es un asunto sobre mí.  ¡Este es un asunto de derechos humanos!” “¡Escuchen cómo la Iglesia me traumatizó por ser homosexual!”  Espero ver la telenovela.

En el frente interno, los guerreros culturales que viven para matar la posibilidad de vida más allá del narcisismo sexual me acusan de ser “un homosexual que se odia a sí mismo… que necesita ser heterosexual y presentarse como SUPERIOR a los demás”.  Implacable es el zumbido de los activistas quienes aparentemente basan sus libertades LGBT+ en todos haciendo lo mismo que ellos.  Podría entristecerte.

De ninguna manera.  Volví a leer uno de mis libros favoritos: “Lo que No podemos No saber” (J. Budzisweski) acerca de la ley moral escrita en nuestros corazones (Romanos 2:15).  A pesar de “las evasiones y el subterfugio de los hombres”, puedo conocer la verdad del diseño evidente de Dios para mi sexualidad masculina.  Mi calma en la tormenta es la claridad de la conciencia, el hecho de que vivo en alineación con quién soy yo como un hombre hecho para la mujer —para dignificarla y asegurarla en el amor y tener la fuerza para cuidar bien de mis hijos y nietos. 

¿El Yo “gay”?  Es sólo un producto de la propia imaginación empobrecida.  No existe tal cosa como una persona “LGBT+”, solo peregrinos que aún no han descubierto la verdad de quiénes son ellos en realidad.

Un hombre más inteligente lo dijo mejor (mi paráfrasis): “Nosotros tenemos una naturaleza que debemos respetar, que no podemos manipular a voluntad.  No podemos crear nuestra propia libertad, porque no nos creamos a nosotros mismos.  Poseemos intelecto y voluntad pero también naturaleza, y estamos ordenados en la medida en que respetemos esta naturaleza, la escuchemos y nos aceptemos como personas que no se crearon a sí mismas.  De esta manera, y de ninguna otra manera, se cumple la verdadera libertad humana”.  Papa Emérito Benedicto XVI

Mi naturaleza es buena, perspectiva dulce, porque me alineo con Aquél quien me creó.  Llamadas profundas a lo profundo y componen mi alma.  Libre para pensar, sentir y actuar de acuerdo con la verdad, recuerdo la homosexualidad como un impostor distante.  ¿Manejo escabroso de los medios de comunicación de la Iglesia?  Esperaré la telenovela.

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