Casa > aguas vivas > Defensa, No Acritud

“No los voy a dejar huérfanos…  el Consolador, el Espíritu Santo… les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que les he dicho… La paz les dejo.  No se angustien ni se acobarden” (Jn. 14:18; 26-28)

La libertad de nuestras “heridas de pastor” nos libera para abogar por los pastores.  ¡Ellos necesitan que los defendamos! Cuando oramos por su inmersión en “agua viva”, eliminamos cualquier amargura (acritud) que todavía nos tienta a atacarlos y nos convertimos en conductos del Espíritu Santo.  ¡Eso me encanta! En vez de anhelar el empoderamiento de los pastores de mí, yo puedo abogar en oración por la renovación de su fortaleza.  Así es como San Juan definió continuamente al Espíritu Santo —el Defensor, o poderoso Consejero, que da a conocer a Jesús a los Suyos, incluyendo los pastores.

Nuestra autoridad espiritual para abogar por los pastores es un gran empoderamiento.  Nos arrodillamos como niños pero feroces ante Aquél que escucha y actúa cuando reprendemos al acusador que avergüenza a nuestros pastores constantemente; invocamos a ese Espíritu que les recuerda a los pastores quiénes son como amados del Padre.  Atamos cualquier espíritu conocido de desánimo y le pedimos al Padre que atraiga a estos hijos “hacia aguas tranquilas” donde Él sólo quiere amarlos.  Allí Él revitaliza a Sus pastores para todas las gloriosas imposibilidades ante ellos.

Sus propósitos son esenciales.  Dios ha llamado a estos hijos para que se desempeñen de manera diferente a nosotros.  Ellos han asumido la pesada tarea de volver a presentarnos a Jesús.  ¡Ése es un gran sacrificio! Cuando ellos lo hacen bien, nosotros crecemos; cuando ellos tambalean, nosotros estamos confundidos, incluso dispersos.  Nosotros podemos orar: “Buen Pastor, abre los ojos del corazón de _____________ para que te conozca bien este día, para que camine paso a paso contigo, para que escuche Tus susurros.  Cualquiera que sea la carga que le pidas a ___________ que cargue, que él/ella la lleve con gracia contigo, cuyo yugo es suave.  Revélate a través de ________________ hoy”.

Ellos no sólo tienen un propósito pesado, sino que también cargan ese peso en su personalidad  (sí, unida a Jesús, pero también en su humanidad).  Algunos comenzaron a pastorear sin darse cuenta de las debilidades que podrían ceder bajo presión; algunos pastorearon para desplazar o negar esas debilidades.  ¡Sorpresa!  El ministerio, al igual que el matrimonio, expone nuestras grietas.  Nosotros podemos gritar “¡hipócrita!” a nuestros pastores divididos, o podemos clamar pidiendo misericordia para ellos, para que el “agua viva” pueda invitarlos hacia la integridad.  Pregúntense: ¿qué los invitó a ustedes a sanar, el acusador o la bondad de Dios? “Jesús, guía a estos hijos a una amistad confiable con personas que puedan amarlos sinceramente bien”.

Más que nada, los pastores necesitan vivir de la Presencia amorosa de Jesús quien los llamó en primer lugar.  “Habiendo comenzado en el Espíritu”, los pastores a menudo proceden en la carne para hacer lo imposible.  Ellos fácilmente soportan demasiado peso el cual socava su fortaleza y soporte: la intimidad con el Padre a través de Jesús.  Oramos para que Su Presencia Real venga rápidamente y reúna a estos hijos en Sus brazos.  “Padre, ¿atraerías a Tus pastores como corderos y los llevarías cerca de Tu corazón?”

Nosotros nos animamos.  Al igual que el hombre audaz y persistente que buscó pan para su amigo a medianoche, así nosotros clamamos como defensores de nuestros pastores.  Sabemos que Tú, Buen Pastor, escuchas y actúas: “Si nosotros, que somos malvados damos buenos regalos a nuestros hijos, cuánto más Tú, nuestro Padre celestial, darás el Espíritu Santo a los que te lo piden”  (Lc. 11: 5-13).  “¡Derrama Tu Espíritu como lluvia sobre nuestros pastores, oramos!”

Download PDF

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*