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Junio termina con incesantes clamores de justicia.  Sintiéndose reprimidos por el aislamiento social, un ejército de manifestantes se desahoga en las calles y las plazas.  ¡Igualdad, AHORA!  Incitados por el asesinato de Floyd George, nos enfrentamos a afroamericanos atrincherados en actitudes y estructuras que son, en el mejor de los casos, opresivas.  La mirada acerada ilumina nuestra complicidad.

Ora en Troost

Detrás de pancartas del lema “Black Lives Matter” (Las Vidas de los Negros Sí Importan) ondean banderas del arcoíris.  Esforzándose por establecer paralelismos entre empoderar a un grupo étnico esclavizado una vez y aún por innumerables tiranos, los activistas LGBT+ claman por el reconocimiento social.  El heterosexismo reemplaza el privilegio blanco como el enemigo.  Y Estados Unidos responde con la mayor victoria hasta el momento para los sexualmente “diversos” —un fallo de la corte hace dos semanas que redefinió la naturaleza sexual como lo que uno piense y sienta que es.

Las personas aún inclinadas a razonar en medio del clamor pueden preguntarse por qué los dos tipos de protesta —una que busca la liberación de la esclavitud insidiosa, la otra para esclavizar vidas con una gran cantidad de “Yoes” que resultan en suicidio sexual— pueden mezclarse pacíficamente.  En verdad, no pueden.  La respuesta es sencilla y radical, arraigada en nuestro Creador.  Nosotros nacemos hombre y mujer.  La felicidad humana radica en hacer las paces con nuestros cuerpos y en superar actitudes y comportamientos en sentido contrario.  Los afroamericanos nacen y son bendecidos por Dios con una etnia que posee plenos derechos y privilegios a la par de cualquier otra raza.  La dignidad exige razón: nos dirige a aclarar cualquier sombra proyectada sobre el propio derecho de nacimiento étnico y el derecho de nacimiento sexual. 

En cuanto a esto último, a riesgo de ofender a la cantante Lady Gaga, tú no naciste de esa manera.  Acabas de perderte en una pandemia de confusión sexual avivada por la Corte Suprema.

A la vuelta de la esquina de mi casa está Troost, una avenida de 11 millas que denota el racismo institucionalizado de mi ciudad, Kansas City, la novena ciudad más segregada de los Estados Unidos.  2000 de nosotros oramos allí la semana pasada para arrepentirnos de la forma cómo contribuimos a la herida de Troost, una calle que separa a los negros de los blancos en un vergonzoso esfuerzo histórico para financiar buenos vecindarios y escuelas blancas y dejar que los afroamericanos se las arreglen por ellos mismos.  Al oeste de Troost hay pequeñas casas ordenadas; hacia el este se encuentran principalmente barrios afroamericanos que luchan por igualdad y oportunidades.  Dos de mis hijos viven y enseñan en las escuelas allí.  Ellos encarnan la verdad de que superar el racismo requiere más que una oración.  Ellos trabajan para ayudar a los afroamericanos a recuperar la dignidad de su derecho de nacimiento. 

Justo después de la oración de Troost, partí para nuestra capacitación en Kansas City, Kansas, donde 60 valientes personas se reunieron para reclamar la belleza y el poder de su derecho de nacimiento, hechos a Su imagen como hombre o mujer.  Jesús ama eso.  Él viene rápidamente para las personas que buscan convertirse en quienes el Padre les hizo para que fueran.  En medio del clamor por justicia, nosotros necesitamos unos a otros más que nunca para mantenernos fieles.  Nuestra confusión debería ser más clara que nunca.  Cuando juntamos la justicia para el derecho de nacimiento étnico con el empoderamiento de “Yoes” sexualmente quebrantados, trivializamos la herida real que aún sangra en los afroamericanos y alejamos aún más al grupo LGBT+ de hacer las paces con su derecho de nacimiento.

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