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Desenmascarando al Enemigo, Parte 2

Las palabras no logran expresar el sufrimiento soportado por las personas que se resisten a identificarse con su género biológico.  Los analistas de tendencia izquierdista atribuirían ese sufrimiento a fuentes externas, es decir, el rechazo que sufre una chica tosca o un niño delicado por parte de sus compañeros.

El problema es aún más profundo.  Negarse a aceptarse como hombre o mujer transmite una herida y un engaño en el nivel más básico del ser.  Los investigadores que señalan el ajuste uniformemente pobre que estas personas hacen en toda la vida apuntan a una falla en el alma que no la sana nuestra aceptación de la idea de que la persona confundida está atrapada en el cuerpo equivocado.  En solidaridad con nuestros amigos que viven con un conflicto interno que desafía nuestra empatía, nosotros clamamos pidiendo valentía para conectar a esta persona con el Autor y Finalizador de su verdadero Yo.

Nuestro enemigo común sabe que una guerra contra el propio género envenena el alma con odio y causa estragos en la espiritualidad.  ¿Por qué?  Para desvincularnos de nuestro propio género y crear una realidad alternativa, un Yo fantasioso, que lo separa a uno de Dios.  Nuestro Creador puede amar a Sus hijos confundidos pero no puede conectarse con un individuo ilusorio.  El enemigo mora en la confusión de nuestras huídas de la realidad; a él le encanta desvalorizar nuestro Yo de género y fomentar los esfuerzos para re-crearnos a una imagen que parece segura y poderosa, valiosa a nuestros propios ojos.

Muchos se crean un Yo para escapar de una batalla perdida para atribuir valor a su Yo de género.  Años de fantasía secreta —una defensa contra la realidad del propio cuerpo— forman un poderoso bastión contra la verdad.  Algunas vulnerabilidades de género son obvias: una buena amiga mía fue abusada regularmente por su padre y se armaba de valor contra sus golpes imaginándose a sí misma como un soldado hombre que podía soportar cualquier cosa.  Los chicos jóvenes cuyos padres no les ayudan a unir sus impulsos creativos con la masculinidad, con bastante facilidad se identifican con mujeres “fabulosas”, y cada vez más buscan refugio en estas fantasías mientras sus compañeros rechazan su “Yo” alternativo.

Las personalidades creativas parecen especialmente expertas en formar realidades alternativas de género.  Lo que comenzó como una herida, una desvalorización, un auténtico clamor de confirmación en el nivel que Dios nos creó a todos para que recibiéramos se convierte en una defensa contra la realidad.  Al no haber una base biológica para estos conflictos, debemos ser compasivos en cuanto a la profundidad de la herida.  Pero el dolor no le da descanso a uno.  Ahora la herida se ha convertido en un bastión —una fortaleza de rebelión contra uno mismo y contra nuestro Dios— lo cual restringe a esta persona de su dignidad en todos los frentes.  Las personas más heridas pueden convertirse en las hijas e hijos más rebeldes y más tiernos ahora endurecidos en la autopreocupación y el desprecio por lo que es santo.  No debemos reírnos de esto o ceder silenciosamente a su “elección”.

Debemos orar para que Dios empodere a Su Iglesia, Su comunidad sanadora, con un amor más espléndido que la aceptación pasiva que extendemos.  Como le encantaba decir a Leanne Payne, nosotros nos sentimos cómodos cuando Jesús dice “no juzgar” (Lc 6:37), refiriéndose a los juicios hipócritas, pero rechazamos Su mandato de ver a través de la mera apariencia y “hacer juicios justos” (Jn 7:24).  Más que nunca, necesitamos una nueva ola de Pentecostés para quemar la Torre de (género) Babel y darnos nuevas lenguas con las cuales declarar la verdad, con señales y maravillas que le siguen.  Sin una Iglesia envalentonada, perderemos almas ante nuestro enemigo común.

“Ven, Espíritu Santo de fuego; estamos ansiosos para que Tú a través de nosotros derrotes al enemigo y liberes a los cautivos”.

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