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Día de Todos los Santos

La semana pasada, el 1 de noviembre, el día en que la Iglesia honra a sus miembros en la tierra y el cielo, nosotros enterramos a Elizabeth, la segunda hija de mi hijo Nick, en una pequeña parcela junto a su hermano Luke.  Ella vivió dos semanas más que él.  ¿Rodeada por la gran multitud de testigos? (Heb 12: 1).  La luz penetró en nuestra lúgubre reunión sólo por fe.

Nosotros habíamos vivido con su muerte durante tres semanas: entumecidos, sin comprender.  Lamentarnos por Lucas dos años antes fue más fácil; esto fue más un dolor sordo.  Sigue siendo inmensurable.  Dos padres de familia no deberían ser admitidos en el hospital dos veces para experimentar el mayor milagro de la vida sólo para regresar a casa con las manos vacías.  El baile se convirtió en una música fúnebre.  ¡Dos veces!

Sí, Jesús destruyó la cabeza del pecado y de la muerte.  Pero el mal aún se desliza y golpea.  Esta crueldad no tiene sentido.

Annette y yo anhelamos llevar la carga de nuestros hijos.  Eso tiene sentido: nosotros tenemos más experiencia cargando con la cruz.  Sin embargo, su sufrimiento es exclusivamente suyo.  Ése es nuestro dolor: caminar con ellos, impotentes por no poder cambiar nada.  Sólo podemos acompañarlos, orar y esperar que la mordedura de serpiente no destruya algo valioso en ellos.

No puedo describir lo orgullosos que nos sentimos de Nick y Meg.  Ellos fueron padres increíbles tanto para Luke como para Elizabeth.  La decisión después de la muerte de Luke de intentar nuevamente necesitó de agallas.  Ellos lo dieron todo y soportaron con dignidad la indignidad de perder a Elizabeth.  Juntos.  Ellos comparten una confianza silenciosa y profunda del uno hacia el otro.

La Misa de Todos los Santos me recordó que la comunión de los santos es tan terrenal como el suelo en el que enterramos a Elizabeth.  Puede que no tengamos respuestas, pero nos tenemos los unos a los otros.  Y tenemos la ayuda del cielo.  Más tarde ese día recordé a mis santos favoritos luchando ahora por nuestro aguante: Bruno, Francis, Therese.  Yo estoy agradecido por sus batallas, sus mordidas de serpiente, los fuegos que soportaron por el gozo que se les presentaba ante ellos.  Ellos nos ayudan.  Yo me siento pequeño pero sé que estamos rodeados.

“La ayuda que recibimos del cielo es como un río de vida invisible pero poderoso”.

Cardenal Schonborn

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