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“Jesús les dijo a Sus discípulos: ‘He tenido muchísimos deseos de comer esta Pascua con ustedes antes de padecer… Yo no volveré a comerla hasta que tenga su pleno cumplimiento en el Reino de Dios’” (Lc 22: 15, 16).

Jesús “deseaba ansiosamente” cenar con Sus amigos; esas dos palabras transmiten el ardor de Jesús, Su pasión por vivir en fraternidad.  En pocas palabras, Él anhela tener comunión con nosotros.

La palabra que Lucas utilizó para deseo es “epithumias” (griego), la misma palabra usada por Santiago para describir el deseo que se convierte en lujurioso cuando lo atribuimos a falsos objetos de devoción (Stgo 1: 14, 15).

El deseo sube y cae sobre su objeto.  Cuando confiamos amorosamente en Jesús lo suficiente como para entregar nuestros deseos e Él, podemos estar seguros de que Él purificará y fortificar la mezcla confusa que le traemos a Él: ¡todo por amor a nosotros!

Yo no superé la lujuria suprimiendo la confusión que había en mí.  Más bien, tomé en serio la pasión de Jesús para conmigo y le abrí mi corazón a Él.  Entonces ¿qué ocultamos?  Nosotros podemos saber al igual que David que “todos nuestros deseos están ante Dios” (Sal 38: 9); esa verdad nos invita a comunicarnos con ternura con Aquél que anhela estar con nosotros.

Quizás después de reflexionar sobre los 7 pecados capitales que nos afligen a cada uno de nosotros, es posible que nos inclinemos menos a enfocarnos en los pecadores allá afuera y a permanecer ante Él por nuestro bien.  ¡Nosotros lo necesitamos a Él!  Y Él es experto en cortar lo que es orgulloso y engreído, y poner en su lugar lo que va a dar sus frutos para siempre.  Al igual que San Pedro, es posible que nos horroricemos cuando Él se inclina para lavarnos los pies, pero es la única manera en que podemos caminar donde Él va (Jn 13: 8).

Ser quebrantados por nuestro pecado también nos libera para reunirnos como Cristianos.  Me gusta mucho más un pequeño grupo de pecadores que una banda de santos orgullosos.  Guiar con los pies sucios, no con nuestras hojas de vida, invita a la comunidad real.  Su sanación requiere que permanezcamos ahí.  Así como los discípulos se reclinaron con Jesús en la cena de Pascua, con San Juan apoyado sobre Su pecho (Jn 13: 23-25), yo quiero permanecer con mis compañeros, convirtiéndonos en Su cuerpo quebrantado y Su sangre derramada, el uno por el otro.

Si viviéramos la verdad de que la mesa y la toalla de Jesús, Su pasión por nosotros, son mucho más satisfactorios que otros amores, no estaríamos en el lío que nos encontramos hoy en día.  Nuestras imaginaciones son tan perversas que no podemos imaginar a San Juan descansando sobre el cuerpo de Jesús sin sospechar de su sexualidad.  Ah, bueno.  Somos un lío.  Corramos a la mesa y la toalla de Jesús este Jueves Santo, y acojamos Su pasión para con nosotros.

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