Casa > aguas vivas > El Celo de un Padre por lo Real

“¡Esto lo llevará a cabo el celo del Señor Todopoderoso!” (Is. 9: 7)

Yo soy un padre celoso, pero no muy completamente.  A mí no me gustan los deportes profesionales (mis hijos se burlan de los esfuerzos poco entusiastas de papá para animar a nuestros jugadores de los Chiefs en el Super Tazón) y yo agoto mis habilidades de carpintería clavando dos piezas de madera para las cruces de Aguas Vivas cuando todo lo demás falla.

Sin embargo, yo oro constantemente por mis hijos: yo veo algo en ellos que ellos no ven.  Yo tengo una autoridad particular para ayudar a asegurar que Jesús sea fundamental en sus vidas y para señalar amablemente (espero) el desorden que resulta de invertir demasiado en cualquier otro fundamento.  Yo soy bastante bueno evocando y diciendo lo que es mejor y genuino acerca de ellos.  Yo no pierdo de vista eso, especialmente cuando ellos sí lo hacen.

Andrew, Jacob, y Sam

Eso es más que una paternidad atenta.  Es nada menos que el Espíritu de profecía, el cual San Pablo insta a todos los creyentes a buscar por encima de otros dones inspirados (1ª Cor. 14: 1-5).  Mucho más que vislumbres futuristas o destacar los propios secretos extraños, la profecía capta la corriente del veraz torrente de Dios sobre esta vida amada —sí, amada para mí, pero ¿cuánto más para AQUÉL que le creó y le redimió?  La profecía es el regalo supremo que damos a aquéllos que amamos captando esa ola inspirada, ofreciéndola con humildad, edificando así a otros profundamente.

La profecía, y el Espíritu de profecía derramado sobre los padres, figura en grande en la Navidad.  Tanto el profeta Malaquías (Mal. 3:23) como el ángel Gabriel (Lc. 1:17) profetizaron que Juan el Bautista “volvería el corazón de los padres a sus hijos, y los hijos a sus padres” como preparación para la venida de Jesús.

¡Nosotros como padres debemos volvernos primero!  Nosotros debemos arrepentirnos de nuestra visión a medias y de nuestro discurso frustrado que arde tibiamente en vez de encender el camino del Señor en nuestras familias.  Quizás hayamos cedido a otros lo que Dios nos ha confiado como padres.  Si queremos que el corazón de nuestros hijos se vuelva hacia nosotros y el Espíritu del Padre Celestial, debemos humillarnos y lamentarnos por ellos.  Podemos pedirle al Espíritu de profecía que descanse sobre nosotros: que ore con nosotros y a través de nosotros, y que nos provoque con palabras celestiales y acertadas que puedan iluminar su camino.

Lo que me impactó esta Navidad fue el poder de la profecía de Zacarías sobre su hijo, Juan el Bautista.  Ese padre había quedado mudo debido a su incredulidad religiosa; sin embargo, una vez consumido por el Espíritu Santo, él encontró su voz y pronunció una de las profecías más asombrosas de todas las Escrituras acerca de su hijo (Lc. 1: 68-79).  ¡Cuán esencial fue esa profecía!  Para que Juan “volviera el corazón de los padres hacia los hijos”, su propio padre tuvo que volverse hacia su hijo.  ¡Zacarías se arrepintió y abrió un camino para que Juan abriera un camino para que todos nosotros conozcamos a este Jesús!

Ahora, se podría argumentar, estos son superestrellas, nosotros los padres, y los hijos sólo actores menores en el esquema espiritual mayor.  ¡No es así!  Tu visión inspirada por el Espíritu para con tu hijo o hija es tan esencial como la de Zacarías para tender al mejor deseo espiritual de tu hijo o hija.  Tus hijos se enfrentan a una serie de obstáculos para madurar la fe en que Jesús te dará visión y sonido para abordar.

Un ejemplo.  Hace muchos años, yo pude ver grandes problemas en mi hijo Sam.  Yo intercedí durante horas en la parroquia local y le pedí a Dios que interviniera.  Las cosas empeoraron antes de mejorar; lo echamos de la casa, él se descompuso más, luego regresó como un hijo pródigo azotado y comenzó el largo camino hacia Jesús, la sobriedad, la realidad.  Todo el tiempo oré tanto como hablé con él.

Comenzamos de rodillas y luego imploramos a nuestros hijos: “¡Reconcíliense con Dios!”

La semana pasada, en la misma parroquia, el celo del Padre se apoderó de mí y comencé a orar nuevamente por Sam en el poder del Espíritu.  Pude ver en él recursos sin explotar que tanto su familia y amigos necesitaban.  Capté algo del Espíritu de profecía, intercedí con fuego, y en Navidad pude expresar eso que conducía a él.  Sam ahora es padre de tres hijos; Dios lo está llamando a abrir un camino para que sus hijos conozcan a este buen Dios mediante el ejemplo y la instrucción piadosos.  ¡Y todavía soy responsable de recordarle a Sam ese llamado!

¡Que el celo por lo mejor de nuestros hijos nos consuma como padres!  Que podamos confiar en que el Padre nos activará para hacer nuestra parte.  Llenos del Espíritu Santo, ¡que rompamos el silencio de Zacarías —nuestro silencio— para profetizar un camino de santidad e integridad para cada hijo e hija, quien a su vez pueda abrir un camino para las generaciones venideras!

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