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El Celo lo Consumió –

“El celo por Tu casa me consume; sobre Mí han recaído los insultos de Tus detractores…  Los insultos me han destrozado el corazón; para Mí ya no hay remedio” (Sal 69: 9, 20).

El celo consumió a Jesús, lo absorbieron, lo mataron.

Su “ardiente entusiasmo” (una buena definición de “celo”) por la voluntad y la casa del Padre se expresa mejor de otra manera.  El celo por ti lo consumió.

A nadie más le importó lo suficiente tu relación con el Padre como para que muriera por ti.  Nadie más murió por tus peores enemigos, ya sea Donald Trump, Stormy Daniels o Kim Jong Un, FOX News o CNN.  Sólo Uno fue consumido por la salvación de todo el mundo.

Solo Uno ardió con un amor tan puro por cada persona que Él murió.  El Viernes Santo establece el hecho de que nada necesita separarnos del amor del Padre, incluso (especialmente) nuestros enemigos.  Él murió por ellos tan seguramente como murió por ti.  Mientras te arrodillas ante la Cruz hoy, asegúrate de tener un reclinatorio vacío a tu lado.  Jesús te pide que invites a tu peor enemigo allí.

Por supuesto que podemos elegir no arrodillarnos.  Podemos mantenernos sedados por lo que sea que nos mantiene corriendo.  De todos modos, Él arde con celo, por todos nosotros, pacientemente.

Hoy es Su día para demostrar Su celo por todos, comenzando con nosotros y luego a través de nosotros a todas las personas.  Él fue consumido con fuego para quemar la vergüenza, la culpa, el temor y los juicios inmorales.  Él arde para quemar todas las barreras que nos separan del amor del Padre.  Él ansía amarnos.  ¿Acogerás de nuevo Su amor por ti?

Consumido por el amor, Jesús murió para liberar el amor —el agua para disolver el pecado, la sangre para darnos vida divina (Jn 19:34).  ¿Cómo podemos sino amar mejor a las personas, con mayor celo?  El Viernes Santo hace el camino.

“El celo nunca es estático…  el celo es dinámico; si el celo no es mayor todo el tiempo, no es celo.  Cada día debe consumirnos más, de modo que cada vez haya menos y menos de nosotros.  ‘A Él le toca crecer, y a mí menguar’” (Jn 3:30).  Madre Mary Francis

 

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