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“La resurrección de Cristo hace de la vida una fiesta perpetua”  

San Atanasio

 La vida real ofrece muchas ocasiones para el miedo.  Como padre, yo le presto particular atención a las amenazas al bien de mis hijos.  A medida que crecen y se enfrentan a la “caída libre” de su propia toma de decisiones, Annette y yo hemos temido por su bien.  Este temor enfoca y alimenta nuestras oraciones: “Oh Dios, utiliza esta situación, este accidente, esta extraña relación, esta actitud, esta adicción como una puerta abierta a Tu nueva vida”.

 El fin de semana pasado mi hijo menor Sam se graduó de la universidad como profesor.  Eso marca la cuarta y última graduación de la universidad de mis hijos.  Sam se tomó su tiempo para llegar allí.  Nuestra mudanza a Kansas City hace nueve años mermó su seguridad y él perdió un poco la dirección.  Se enfrentó a más de unos cuantos callejones sin salida antes de encontrar su Hogar.  Jesús le ayudó a través de un grupo de adultos jóvenes fieles.  Sam se ha convertido en un hombre joven recto, dinámico y será un gran maestro.  Estoy orgulloso más allá de las palabras en cuanto a su nueva vida, la cual para mí está fundamentada nada menos que en la resurrección.

 Reflexionando sobre nuestra lucha por su resurrección, recuerdo innumerables ocasiones en las que el miedo compitió con la fe.  Pudimos ser testigos del engaño y la desesperación de Sam.  Sin embargo, no pudimos salvarlo de ninguna de las dos cosas (nosotros insistimos en que él pagara por su propia idolatría).  Así que esperamos y oramos y tratamos de ayudarlo cuando él lo pidió.  Nuestra esperanza tocó fondo en varias ocasiones, pero fue Dios quien se convirtió en el terreno cada vez más profundo de nuestra esperanza.  Eso ocurrió sin palabras, sin sentirlo.  Éramos conscientes del miedo.

 Me alientan y animan los santos que contribuyeron a crear, preservar y proclamar la vida de Jesús.  Todo el arco de Su existencia introdujo el miedo en estas vidas mortales.  Así que Dios, haciendo uso de los sueños y los ángeles, se apresuró a decir: “No tengas miedo, María; Dios te ha concedido Su favor.  Quedarás encinta y darás a luz un hijo; José, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo” (Lc 1:30; Mt 1:20).

 La respuesta inicial a la resurrección fue cualquier cosa menos la claridad y la seguridad.  El miedo parecía dominar el día cuando un terremoto y un ángel intimidante les dio el susto de sus vidas a los guardias de la tumba (“los guardias quedaron como muertos” Mt 28:4).  El pánico se apoderó de las dos Marías que esperaron allí por lo que un ángel les exhortó a “no temer”.  Trabajando en ello, “las dos mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, asustadas pero muy alegres, y corrieron a dar la noticia a los discípulos…” (Mt 28: 8).

 Me encanta eso: “asustadas pero muy alegres”, un recordatorio apropiado de cómo nos sentimos hacia nuestros seres queridos cuyas acciones no podemos controlar y sin embargo por quienes buscamos un levantamiento.  Jesús insiste.  Él resucitó por todos, y Él nos llama constantemente a salir de las tumbas de la visión limitada y los horizontes cerrados.  Él abrió ese horizonte: oramos para que los ojos ciegos puedan verlo, y las extremidades cojas puedan caminar hacia éste.  El gozo supera el miedo cuando consideramos la magnitud de lo que Él ganó para todos en Su Resurrección.

 El sábado pasado, todos mis hijos se reunieron con Annette y conmigo para celebrar la graduación de Sam.  Festejamos con una gran comida y un extraño humor y la fe común a todos nosotros.  Pude ver las señales de la nueva vida, el horizonte que Jesús abrió para cada uno de nosotros que cada uno va descubriendo a su manera.  En estas ocasiones benditas, nos olvidamos del temor; la fiesta y el gozo prevalecen.

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 “‘Festejemos y celebremos.  Porque este hijo mío estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado’. Así que empezaron a hacer fiesta” (Lc 15: 24).

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