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“Anímense unos a otros cada día, para que ninguno de ustedes se endurezca por el engaño del pecado.  Nosotros tenemos parte con Cristo si retenemos firme hasta el fin la confianza que tuvimos al principio” (Heb. 3:13, 14)

Annette y Andrew Comiskey

Mi vida y la vida del Ministerio Desert Stream están unidas en matrimonio: Annette y la mía, de 39 años, apenas un año antes de nuestro primer encuentro de Desert Stream en 1980.  El crecimiento conyugal multiplicó nuestra oferta a los demás.  No hay duda al respecto: a medida que aprendimos a someternos el uno al otro a partir del temor y el gozo, Dios aumentó la calidad de nuestro servicio.  Los niveles de agua subieron del pozo que cavamos juntos.

Tal vez tuvo algo que ver con nuestro quebrantamiento.  Yo estaba enamorado de esta mujer pero yo era egoísta y estaba sometido a sombras inmorales; ella fue abusada y dudaba en ceder el control en ciertas áreas.  ¡Nosotros conocíamos el engaño del pecado!

Juntos tuvimos parte con Cristo, activamente, deliberadamente.  Dijimos la verdad de nuestras heridas y aprendimos a extender en oración la misericordia el uno al otro.  También nos esforzamos por la justicia, a darle al otro lo que le corresponde.  Teníamos un derecho, amorosamente, al cuerpo del otro —a compartir nuestro amor físicamente.  Pero esto tenía poco significado si no estábamos dispuestos a hacer el trabajo difícil los “juegos previos” reales: compartir el todo de nosotros mismos, lo mejor que podíamos, con la ropa puesta.  ¡Es más fácil abrir tus pantalones que tu boca!  A medida que negué mi melancolía aislada, muda por su sabia y suave respuesta (¡por lo general!), me convertí en un hombre más fuerte, más íntegro.  Me consolidé hasta convertirme en un cónyuge que podía ayudar a ablandar su corazón un tanto temeroso.

La confianza es un don y una condición del corazón que uno debe cultivar diariamente en el matrimonio.  “El engaño del pecado” es astuto, sutil: nosotros nos endurecemos con el tiempo de maneras poco tácitas a medida que proyectamos viejos miedos y vergüenzas en la persona amada. 

Más que nunca en este año número 40 de nuestro ministerio, el enemigo de nuestra alma conyugal quiere tentarnos a tomar caminos separados.  En ese sentido, Anette y yo funcionamos lo suficientemente bien, como compañeros de cuarto bien sintonizados, pero no podemos acceder a la gracia conyugal.  Sólo cuando nos sometemos el uno al otro (Ef. 5:21) deliberadamente es que esa gracia se vuelve nuestra.  El tiempo no nos hace mejores esposos; bien puede hacernos presumidos, no dispuestos a revelarnos el uno al otro las partes bendecidas, quebrantadas y que todavía necesitan confirmación.

Los estallidos conyugales que nos han consumido a todos no comenzaron con una seducción descarada, sólo un lento enfriamiento de la confianza y el afecto luego la atracción de otros dioses, otros pactos.  Podemos decir sin hipérbole que el mundo nunca ha sido más efectivo en avivar el descontento conyugal e instarnos a disolver nuestros votos.

Este año, Annette y yo celebramos 40 Navidades juntos.  Yo quiero 20 más.  Para actualizar mi deseo, yo debo aferrarme a estas palabras del libro de los Hebreos: “Nosotros tenemos parte con Cristo SI retenemos FIRME hasta el fin la confianza que tuvimos al principio”.  Yo tengo la responsabilidad de fortalecer hoy lo que prometí hace 39 años.

Este año me he comprometido a iniciar un tiempo semanal con Annette donde iremos deliberadamente a donde no queremos ir —la bendición enfocada y también preguntas puntuales sobre dónde estamos, cómo estamos.  Nosotros oramos y hablamos espontáneamente durante la semana, pero en el trajín de las cosas, exteriorizamos cosas difíciles.  Es mi deber llevarnos más profundo.  Si tú eres esposo, ¿considerarías unirte a mí en esta iniciativa?  Siempre es refrescante para mí cuando el hombre dirige la conversación.  Lo que la mayoría de las esposas anhelan, nosotros los hombres lo esquivamos.  Dejen de esquivar.  Mata a tu enemigo revelando tu amor, por desigual que sea, a quien más lo necesita.

La confianza conyugal nunca debe volverse pasiva; ésta exige nuestro compromiso si queremos prosperar en sus beneficios y revelar algo del amor de Jesús por Su Novia.

“Arrepiéntete y vuelve a practicar las obras que hacías al principio” (Apocalipsis 2: 5)

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