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por Andrew Comiskey

“No teman. Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto…” (1ª Pedro 3:14b, 15)

El Mes del Orgullo Gay ya está cerca, y nuestra nación homosexual está más orgullosa que nunca. Desde Neil Patrick Harris deslumbrando Broadway como una enojada drag queen hasta Obama persuadiendo con éxito a funcionarios federales y estatales para que revoquen las leyes del matrimonio tradicional, nosotros el pueblo ahora somos post-cristianos en lo que creemos en cuanto al género y la sexualidad.

Eso fue obvio para mi hijo y para mí cuando hace poco visitamos Washington DC. Los turistas como nosotros nos entremezclamos con bandadas de hombres identificados como homosexuales cuyos trajes llamativos y muestra audaces de afecto ondeaban como banderas declarando victoria: “Nuestra oposición se ha dispersado y ahora avanzamos, sin restricciones y sin vergüenza”.

Si sólo fuera tan sencillo. Yo estoy convencido de que ninguna cantidad de leyes puede resolver el conflicto existente en la esencia de la distorsión del género. Más profundo que las animadas expresiones de solidaridad se encuentra un vacío que sólo Jesús puede llenar; eso era evidente en sus miradas pueriles de búsqueda, las inseguridades que ningún amante temporal puede aliviar. Sólo Jesús puede resolver las fallas sobre las cuales las parejas del mismo sexo buscan en vano convertirse en uno, o un género busca convertirse en el otro.

En lo que parece ser nuestra derrota en la batalla por la claridad de género en la plaza pública, debemos recordar que Jesús resucitó de entre los muertos como el Señor de la Vida para que nosotros podamos resucitar y difundir Su vida auténtica a quienes más la necesitan. Eso se aplica intencionadamente a los que tienen conflictos de género. ¿A quién recurrirán: A la comunidad que invita a la transformación a través de Jesucristo, o a un montón de soluciones seculares que sólo resuelven superficialmente?

¿Pero cómo podemos nosotros ofrecer ese don si nos sentimos emboscados, asustados y aparentemente acorralados por la oposición? Nuestra mayor tentación será el miedo: miedo del poder de la fuerza devastadora “gay” que avanza sin piedad donde quiera. Una amiga que lidia con AMS expresó la amenaza que ella siente cuando se encuentra cerca de mujeres de aspecto rudo que se identifican como lesbianas; yo confieso mi temor de que varios amigos identificados como homosexuales parecen más resueltos que nunca a celebrar sus libertades sexuales en vez de arrepentirse en Cristo Jesús.

Nosotros debemos calmar nuestros corazones y profundizar más en Su corazón. Pedro nos exhorta; en vez de permanecer en el temor, él nos insta a “dedicarnos a Cristo como el Señor en nuestros corazones”. Eso no significa renunciar a la verdad de que Jesús sigue siendo el Señor de todo y de todos. En vez de escoger un espacio defensivo estrecho, Dios nos ha encontrado en un terreno espacioso. A partir de ahí, podemos ver claramente y extender humildemente la verdad de Su amor como la única base real para los que sufren conflictos de género.

Yo no sé tú, pero cuando yo me siento emboscado entro en modo de supervivencia. Estridente, enojado, y controlador, me convierto en la mala noticia. Pedro nos recuerda que seremos contrariados con amargura, pero nos asegura que, centrados en Cristo, podemos ser la buena noticia para nuestros adversarios. ¿Quién sabe? Más profundo aún, ellos pueden alimentar una necesidad fuertemente sentida de conocer más de este Jesús. Él nos libera para que mantengamos nuestra esperanza con respeto, con la misma mansedumbre que Él nos mostró en nuestras andanzas defensivas.

“La respuesta amable calma el enojo… La ira humana no produce la vida justa que Dios quiere” (Pro 15:1; Stgo 1:20)

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