Casa > aguas vivas > En Dolor por las Divisiones

Frente a ella, yo fui testigo de mi dolor y de alguna manera pude sentirlo.  Mi amiga transmitió un dolor simple por los continuos fracasos de su padre (natural), un hombre al que ella quería amar pero en quien no podía confiar.  Todo lo que ella podía albergar y sentir por él era lástima.  Y ahora era dolor cuando ella lo vio desentrañándose ante sus ojos.

Extraño.  Desde esta jornada de oración/ayuno por una Iglesia encadenada por el abuso, yo me he visto superado por el dolor, una pérdida que no puedo sacudirme.  La indignación por los encubrimientos y las palabras sin acciones han dado paso a la decepción, una tristeza perdurable por ella, esta Iglesia, MI Iglesia por la cual dejé todas las demás iglesias para conocerla más.  Porque ella es la primera y la última y la más coherente defensora de una cultura de vida por las personas —desde la concepción hasta la infancia, hasta la pubertad hasta la edad adulta— cuyos dones de género pueden llegar a ser fructíferos.  Y ha sido secuestrada por unos cuantos hombres asquerosos.  Los depredadores en el estanque de la misericordia han contaminado las aguas para muchos.  Me duele.

Una reciente encuesta afirma que hasta una tercera parte de todos los católicos estadounidenses están considerando abandonar la Iglesia.

Sin embargo, ésta sigue siendo mi Iglesia, mi defensora, fundada en los apóstoles y profetas, con Cristo Jesús como su piedra angular (Ef 2: 20).  Llamados y capaces de integrar vidas, sus abusadores los han dividido.  Recuerdo una conversación con un joven reducido en sus años más formativos como un pre-adulto por un antiguo colega mío que, en el verdadero significado de diabólico (del griego “destrozar”), partió a este muchacho en dos.  Antes de ir a la cárcel, un lobo destrozó a esta oveja e hizo que para esta oveja su cuerpo se convirtiera en un extraño, un enemigo.  En nuestro encuentro, el joven actuó vagamente.  En lugar de ayudarle a asegurar un refugio en su masculinidad, ese ministro lo dejó desamparado.

Así que me entristezco.  No puedo devolverle a ese joven su dignidad.  Él desconfía de mí de la misma forma que lo hace con su depredador.  Impotente en “corregirle”, realmente me duele.  Me duelen todos los hombres quienes como adolescentes fueron destrozados por sacerdotes.  Según el Informe John Jay, el 3-6% de los sacerdotes estadounidenses presuntamente abusaron de 11,000 niños, 78% hombres adolescentes, entre los años 1950 y 2002.

Yo le pido a Dios que haga bueno mi dolor.  Él quizás lo haga canalizando la inacción en oración.  Puedo lamentarme junto con el Salmista: “Nuestros vecinos hacen mofa de nosotros; somos blanco de las burlas de quienes nos rodean…  No nos tomes en cuenta los pecados de ayer; ¡venga pronto Tu misericordia a nuestro encuentro, porque estamos totalmente abatidos!” (Sal 79: 4, 8).

Y podemos pedirle a Jesús que haga surgir pastores maduros con corazón de león, valientes en su disciplina de los hijos espirituales bajo su cargo.  1ª Samuel 2-4 describe mejor que yo sobre la consecuencia de que los padres no reprimen el mal comportamiento de sus hijos.  Si recuerdan, los hijos de Elí actuaron inmoralmente en el templo, sin respetar a Dios ni a las personas a quienes servían (1ª Sam 2:12, 22); estos jóvenes no prestaron atención a la advertencia de su padre y siguieron profanando la casa de Dios.  Como resultado, Dios retuvo Su bendición de los israelitas y ellos sufrieron una desastrosa derrota a manos de los filisteos (4:10), incluyendo la muerte de los hijos de Elí.

La disciplina oportuna nos ayuda a todos.  ¿De qué otra manera se puede recuperar la confianza? Al orar por su manifestación, debemos recordar que Jesús creó esta Iglesia a Su imagen, no la nuestra.  Yo estoy agradecido.  Un sacerdote visitante nos preguntó alegremente: “¿No te alegras de que tus caminos no sean los de Dios?”  Completamente, pensé.  Este padre llamó mi atención, la sostuvo.

El camino de Jesús para la Iglesia no es mío.  Este mismo sacerdote nos recordó que “la fe fue imputada a Abraham como justicia quien creyó aunque no entendía lo que estaba pasando”.  Él cerró: “¿No estás agradecido por las riquezas de nuestra Iglesia? ¿No te alegras de ser Católico?”  Sorprendido, vi la luz de Jesús brillando en su rostro de 80 años de edad y sonreí, asentí y luego volví a la oración por la sanación de la Iglesia.

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