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Entregado
Marco Casanova

“El Dios quien una vez manifestó ira contra aquéllos que se volvieron a los ídolos entregándolos a sus pasiones vergonzosas ahora los ha entregado al poder transformador y vivificante del Espíritu de Cristo” Dr. Robert Gagnon

Las palabras de San Pablo a los Romanos tienen mucho peso.  Tenían que serlo.  La cultura romana antigua necesitaba claridad profética, no un extraño intento de asimilar la fe cristiana con la toxicidad pagana.  Nosotros compartimos esa necesidad hoy.  La ideología “cristiana gay” intenta mezclar lo sagrado con lo pagano.  San Pablo nos habla una mejor palabra.  El Salvador que él predica tiene poder para reordenarnos en el amor. 

Las palabras de San Pablo sobre la homosexualidad son claras y oportunas.  Escuchen esto: “Adoraron y sirvieron a los seres creados antes que al Creador… Por tanto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas.  En efecto, las mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza.  Así mismo… los hombres se encendieron en pasiones lujuriosas los unos con los otros… y en sí mismos recibieron el castigo que merecía su perversión” (Romanos 1: 25-27).  Contradecir estas palabras con argumentos laboriosos es poco erudito y reduce el poder del Evangelio.  ¿Nos atrevemos a descartar lo que el Salvador trajo a través de San Pablo?  Esta epístola romana merece escucharse justamente.

Ser “entregado” (vers. 26) a la lujuria es una elección importante de palabras.  San Pablo describe la evidente pasión homosexual de Roma como un subproducto de Dios entregándolos a lo que ellos querían.  El deseo ilimitado se convierte en su propio castigo.  Hacemos lo que queremos bajo nuestro propio riesgo.    

Yo me entregué a los hombres para satisfacer momentáneamente mi “necesidad”.  Pero mi lujuria carecía de vida y no me proporcionaba satisfacción duradera ni apertura a una nueva vida.  Entregarme al pecado con personas del mismo sexo me consumió y me llevó a un callejón sin salida.  No era libre.  Necesitaba que Alguien me salvara.

Volviendo a Romanos.  Después de su descripción del caos “gay”, San Pablo se dirigió a sus lectores, en su mayoría judíos: “¿Creen que tienen menos necesidad de misericordia que estos lujuriosos?” Pablo nos invita a la misericordia con todo nuestro desorden.  Sí, la misericordia de Jesús es desordenada.  El Dios-hombre, asesinado en una Cruz, entregó Su corazón para que lo abrieran por nosotros.  Sus fluidos corporales son nuestro torrente purificador (Juan 19:34).  Los discípulos de la misericordia no esconden sus desórdenes paganos.  No tenemos miedo porque Jesús no nos tiene miedo.

Jesús rompió el dominio de la homosexualidad en mí.  Jesús me liberó por más.  Eso es lo que Él hace.  Él libera a los cautivos.  El poder de la pasión homosexual para consumirme era real.  Aunque este don creador del sexo es poderoso y con un propósito, me esclavizó en su desorden.  Yo entroné mi impulso corporal por los hombres y éste exigía mi adoración.  Jesús quería más para mí. 

Al entregarse a Sí mismo por mí, Jesús me rescató de ser entregado a la lujuria (Juan 19:16).  Sólo Jesús puede liberarnos de dicho cautiverio.

Seguir a Jesús es disruptivo.  No hay dudas en cuanto a eso.  Pero no seamos autocompasivos y hagamos de nuestro “sacrificio” el punto focal.  No se detengan en lo que ha renunciado.  Corran hacia Aquél que continúa entregándose todos los días por ustedes.

Para mí es absolutamente importante la Comunión diaria.  La Eucaristía es Su “entrega” hecha carne.  Es un recuerdo tangible, profundo y transformador de que Jesús tiene la misión de rescatarnos todos los días.  Jesús siempre está en movimiento para salvarnos, entregándose a Sí mismo una y otra vez. 

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