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“Nosotros nos estamos convirtiendo en personas.  Tú no eres quien serás.  Yo no soy, por la gracia de Dios, quien yo seré”.  Leanne Payne

¡Pobre el hombre que deja de convertirse en quien Dios lo creó para ser!

Al reflexionar sobre las alegrías de ser abuelos, yo recuerdo los primeros días de mi relación con Annette y lo fácil que podría haber sido rechazar su don debido a mis deficiencias percibidas.  Ella me invitó a flexionar algunos músculos no utilizados; seguro en mi defensa “gay”, inseguro en mi confianza masculina, yo la confundía. 

Dios es fiel.  Yo sabía que estaba hecho para más, así que me esforcé y estiré, y seguí buscándola hasta que la descubrí, como Ransom en el libro Perelandra de C. S. Lewis, quien tras ver la belleza humana y el orden por primera vez clamó: “No te alejes…  nunca antes he visto a un hombre o una mujer.  He vivido mi vida entre sombras e imágenes quebrantadas”. 

Me alegro de haber aspirado a descubrir a Annette.  Me convertí en un hombre al convertirnos en uno solo.  A través de este llamado al matrimonio, yo aprendí a luchar contra la pereza —esa oscura manta conocida que empedra y acomoda un Yo y un futuro sombrío de decepciones.  La pereza cómoda y cancerosa —se ajusta como un guante alrededor del Yo abatido y le recuerda a uno constantemente que la luz más allá del techo bajo es un engaño.

La pereza es peligrosa porque nos persuade de que el triunfo de Jesús sobre el pecado y el desorden, por cierto que sea, no puede tocar el nuestro.  Más bien, no nos ofreceremos de nuevo a Él.  Demasiado duro.  La pereza nos protege de otra decepción.

La pereza es arrogancia.  Eleva la propia experiencia por encima de la Misericordia Todopoderosa.  Declara: “Lo que percibo es definitivo —estoy indefenso y desesperanzado en mi lamentable estado”.  Sin embargo, ¿cuán humilde es el que vislumbra más y aspira a ésta como un niño que quiere una segunda ración de helado después de una dieta de avena?

Yo me regocijé con un hermano que después de una larga búsqueda de sanidad se resquebrajó al contemplar el amor del Padre.  No podía creerlo —“¡Este Dios me ama y me quiere!”  Él supo al probar un poco que le esperaba un banquete pero que su revelación podría desarrollarse a trompicones, como el ciego cuya sanación comenzó con una visión de “árboles caminando”.  Él persevera hasta el día de hoy.  Lo vi en la iglesia el otro día, expectante y radiante. 

Él está buscando más.  Yo te insto y animo: con una mano, toma tu espada (la Palabra de la esperanza de Jesús) y corta la pereza, y con la otra mano, busca por más.  Confiesa la presunción de que sabes más que Dios y aprovecha todo tu ser para lo que Él tiene reservado para ti.  Todavía tienes que sondear la altura y profundidad de Su maravilloso amor por ti.

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