Fe

Nosotros somos y seremos sanados por la fe en Jesús.  También lo serán nuestros seres queridos.  Dejar de confiar en Jesús por Su completa y perfecta voluntad para con todas las personas que amamos (incluyendo a nosotros mismos) niega el poder de lo que Él ganó por nosotros en el Calvario.  “Por Sus heridas somos sanados” (Is 53: 5; 1ªP 2: 24).  Punto.

Como toda virtud, la fe es un don de gracia y un arduo objetivo.  Para las personas que están saliendo de identidades desordenadas y del deseo, es fácil confiar en Jesús cuando nos experimentamos a nosotros mismos como expresiones sólidas de nuestro género, nuestra “savia” fluyendo en direcciones creativas.  Otra cosa muy distinta es confiar en Él por sanidad cuando ardemos de lujuria y odio hacia nosotros mismos.  ¿Cuánto más difícil es la fe en Dios para el padre de familia cuyo hijo adulto anuncia la boda “gay” o la reasignación de género?  “La fe es la evidencia de las cosas que no se ven”, (Heb 11: 1) ¡ciertamente!

Ayuda a anclar nuestra fe los relatos de sanación del Evangelio.  Una y otra vez, Jesús honra la fe de los afligidos (moralmente, físicamente, emocionalmente) restaurándolos completamente (Mt 9:22, 15:28; Mc 5:34; Lc 17:19, 18:42, etc).  Hoy en día, solemos utilizar los relatos de sanación del Evangelio como metáforas de sanación, como si el toque de Jesús fuera una abstracción espiritual.  Eso se convierte en una excusa para el escepticismo.  Me encanta la teología del Dr. George Eldon Ladd (La Presencia del Futuro, Eerdmans) quien se especializó en la sanación y la liberación como evidencia de la venida del Reino de Dios en Jesús, una clave que John Wimber utilizó a diferencia de cualquier otro líder cuando él dirigió el Movimiento La Viña (del cual tuve el privilegio de ser parte durante veinte años).

Wimber sabía que el reinado del Reino de Dios era celestial, el “no todavía” de nuestro viaje de peregrinación, pero que Jesús traía el cielo a la tierra “ahora”; Cristo demostró hoy la bendición del mañana a través de señales y maravillas.  Eso significa que nosotros como seguidores de Cristo, dotados con el poder del Espíritu, podemos sanar a otros en este lado del cielo.  Eso requiere de fe en la realidad invisible de Jesús quien restaura a los afligidos a través de Sus fieles (Jn 14:12).  Eso impulsa nuestro trabajo en Desert Stream, y nos define como un pueblo del Reino que clama constantemente: “¡Ven Espíritu Santo, y haz lo que sólo Tú puedes hacer por los heridos, comenzando con nosotros, el personal!’

El hecho de que nosotros como un equipo (que hemos estado orando y sanando durante décadas) todavía clamemos indica que vivimos entre dos tiempos: ‘el ahora y el no todavía’.  Nosotros confiamos en que Dios establezca Su gobierno y reino en medio de nosotros, pero también sabemos que estamos en camino hacia el reinado del Reino completo.

Yo puedo recordar múltiples sanaciones que Jesús ha hecho en el centro de mi Yo sexual y de género, cada una de ellas una maravilla de gracia ligada directamente a fuentes de atracción hacia personas del mismo sexo.  Pero yo todavía debo tomar mi pequeña cruz todos los días, lo cual significa recordar quién soy yo como un hijo del Padre, reprender al devorador y tomar buenas decisiones morales que aseguren la salud de la familia y los amigos.

Algunas veces esa cruz es fácil y ligera; otras veces, es un peso que sólo se puede llevar con la ayuda de otros.  Yo puedo soportar el esfuerzo moral requerido por la fe porque Dios ha abierto los ojos de mi corazón (Ef 1:18).  Ese es el don de la fe; yo veo y confío en Jesús.  Yo no quiero otro Reino excepto el Suyo, y Él me concede vislumbres de este Reino a medida que caminamos juntos hacia lo que yo no puedo ver en su totalidad.

 

 

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