Casa > aguas vivas > Fuente de la Juventud

“¡Yo hago nuevas todas las cosas!  Al que tenga sed le daré a beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida” (Ap.  21: 5, 6).

Un amigo comentó recientemente que yo soy tan vital hoy como lo era hace décadas, cuando nos conocimos por primera vez.  “¡Hoy soy más vital!”, insistí.  Dejando de lado las arrugas, las manchas causadas por el sol y perder tiempo año con año en carreras competitivas, quiero decir que Jesús nos hace más jóvenes en Su Espíritu cuando extendemos a otros el “agua viva” que brota de nuestras profundidades.  La Presencia Sanadora de Jesús es una fuente de juventud.

La Resurrección lo hace así.  Él ha resucitado y nosotros también, nuestros mismos seres preparados con el Espíritu que destruyó el poder del pecado y la muerte.  Nosotros somos Sus fuentes ahora, rebosando con la Divina Misericordia para todos los que tienen sed.  La Sangre y el Agua liberados en el Calvario ahora están dotados con el poder del Espíritu que cambia vidas; Dios sopla esta corriente de vida dentro de nosotros, nos incita e insiste en que la extendamos.

El Río está aquí porque nosotros lo estamos.  Como agua fresca brotando del templo (Ezequiel 47), nosotros no podemos ocultar el amor líquido que crece en nuestros corazones.

Jesús Resucitado nos invita a que nos convirtamos en bebida para Su pueblo distanciado.  Un vecino mío, marchitándose debido al Covid, el aislamiento, la sexualidad ambigua y el ateísmo, me rechazó por mis continuos esfuerzos por conectar con él.  Yo oré y esperé y un día, superado por su soledad, broté por encima del frágil límite: “¡Me duele verte herido y rechazando el Amor que quiere saciar tu sed más profunda!”  Él lloró y por primera vez reconoció su sufrimiento.

Lo invité al “estanque” de la Misericordia en nuestras reuniones en la Iglesia Immerse.  No fue.  No hay problema.  Nuestro tiempo para el dolor no es el de Dios.  Pero muchos están listos.  ¡Ahora!  Es por eso que Jesús prometió revestir a todos Sus amigos con el “poder de lo alto” para que podamos sanar a todos los afligidos con un toque o palabra bien dirigida (Lc. 24:49; Mc. 16:18).

Las palabras a menudo no pueden expresar lo que más duele.  La semana pasada en la Iglesia Immerse, fue suficiente permitir que la Divina Misericordia surgiera en la grieta en la que una persona se encontraba.  Mediante la imposición de las manos de Sus miembros, Jesús la levantó suavemente de la desesperación.  Jesús resucitado nos resucita. 

Me mantiene joven en Espíritu.  Cuanto más vivo en el agua y la extiendo, más joven me vuelvo.  San John Henry Newman lo dice mejor: “Oremos para que Él nos dé la belleza de la santidad, la cual consiste en un afecto tierno y entusiasta hacia nuestro Señor y Salvador, para que a través de la misericordia de Dios nuestras almas no solo tengan fortaleza y salud, sino una especie de florecimiento y belleza, y que a medida que envejecemos en el cuerpo, año tras año podamos volvernos más jóvenes en el espíritu”.

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