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Gloriosamente Dependiente –

“La encarnación ha santificado para siempre la carne”. Charles Williams

(citado por Leanne Payne en La Presencia Sanadora)

Hoy nos regocijamos en que Dios se encarnó en un bebé —la elección del Padre y el Hijo para que el Rey de gloria se vuelva tan pequeño y dependiente como nosotros.  Es extraño: aquí estoy en la cúspide de mi Navidad número 60 y me siento más pequeño que nunca, reducido a la total dependencia en Jesús.  Nuestra vida espiritual no es como nuestro viaje psicológico en el que dominamos una etapa para pasar a la siguiente.  En Jesús, estamos continuamente reducidos a Su Vida Mayor hasta que nosotros, fetos que envejecemos, nos lanzamos a la Vida por la que nos dolemos hoy más que ayer.

Ayuda revisar lo que pasó en la Navidad: “Dios realmente bajó.  Se convirtió en un bebé y se colocó en un estado de vulnerabilidad y dependencia total, que es la condición de un ser humano recién nacido.  El Creador que sostiene el mundo en Sus manos, de quien todos dependemos, se convirtió en un niño pequeño necesitado de amor humano” (Dom Jean-Charles Nault).  Dios dependió del amor.

Eso me da esperanza.  Él entiende el anhelo de conexión y comunión que existe en nuestros corazones, el dolor por el pecho completo y el pecho fuerte, un anhelo mucho más profundo que la supervivencia o las necesidades sexuales: es el dolor de ser envuelto e infundido por el Creador.  Y aquí está el misterio de la Navidad.  El humilde bebé nunca ha dejado de ser el Dios Todopoderoso que nos declara hoy: “¡Yo soy Jesús, y te amaré mejor que la mejor madre, padre, amigo, amante o cónyuge!”

Dios en humildad entró en nuestra dependencia; en majestad, Él se ofrece a Sí mismo como la Fuente a la que podemos aferrarnos.  Yo ya no me aferro a la gente.  Pero permanezco más tiempo en Su Presencia que antes.  Los vientos soplan más fuerte sobre mi piel adelgazada.  Durante las últimas semanas, yo me he derrumbado en varias ocasiones y simplemente lloré, Su misericordia preparando mi corazón para sentir la carga de aquéllos a quienes amo y saber de alguna manera que Jesús es suficiente para ellos.  Las lágrimas liberan mi angustia y me acercan a Aquél que se encarnó como bebé para reducirme a la dependencia absoluta.  Gloriosamente.

Él me defiende por el puro gozo.  Ayer colgaba a mi nieto de un brazo mientras arrojaba bolas a nuestros dos perros labradores.  ¡Le encantó!  Su cabeza se sacudió mientras rastreaba a los perros corriendo por el patio.  ¿Qué mejor que un bebé risueño, regocijándose con la creación por primera vez?  Jesús, Jacob, nosotros.  Feliz Navidad.

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