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Incendios Arrasadores –

Así como los incendios forestales arrasan en la Costa Oeste de California, igualmente la comunidad de Hollywood hace pedazos a uno de sus “dioses” (Meryl Streep se refirió a Weinstein como alguien que aceptó un premio por una película que él produjo) por conducta sexual inapropiada del orden más espeluznante.  Cualquier persona que tenga un iPhone sabe que Harvey Weinstein —el productor cinematográfico responsable de películas de gran prestigio— usó su posición para abusar de docenas de mujeres.  La mayoría de las mujeres eran bellezas veinteañeras en ascenso.  Aparentemente, nadie pudo frenar a Weinstein.  Su lujuria saltó de la oficina de reparto hacia reporteras que ahora informan la verdad.

Espero que la exposición de su abuso de poder frene a los dioses de Hollywood.  Notables son las extrañas respuestas a su revelación.  Especialmente sus “amigos”.  Aquí estamos hablando de una red estrechamente unida de actores y personal, abogados y políticos que sabían lo que estaba sucediendo (vamos, el hombre se expuso constantemente a mujeres bonitas y realizó ocho acuerdos extrajudiciales por hostigamiento sexual) y se hicieron los de la vista gorda.  Que Meryl Streep —la defensora más respetada de las mujeres en la industria y una frecuente colaboradora con Weinstein— afirmara que no sabía de sus abusos me suena falso.  Uno puede saber y elegir no saber.

¿Por qué el silencio?  Desde que las películas se convirtieron en una institución estadounidense en la década de 1920, Hollywood ha estado fuera de los límites para la mayoría de los tipos de restricción sexual.  Personajes lujuriosos crearon una falla moral sobre la cual se desarrolló la industria.  Los primeros jefes de estudio hicieron control de daños constantemente de los actores imprudentes (de ambos sexos) mientras que tras bambalinas, estos guardianes avanzaban a aspirantes atractivos a cambio de favores sexuales.  Dicho intercambio sigue floreciendo (tanto a nivel homosexual como heterosexual) bajo algunos intermediarios: “Dame lo que quiero y te daré lo que quieras”.  Demasiados aspirantes perpetúan el sistema intercambiando su dignidad por una oportunidad al estrellato.

Exponer a Weinstein es desafiar a uno de los principios centrales de Hollywood: la lujuria sexual disfrazada de libertad.  De todo tipo.  ¿Cuándo el sexo consensuado se vuelve abusivo? ¿Dónde podrá quejarse uno? ¿Sobre el quinto matrimonio? ¿Una vez que la aventura termina después de la filmación? ¿El próximo arresto por conseguir prostitutas?  ¿Películas que rompen con los límites presentando sexo con menores de edad (estén atentos al próximo estreno de la película “Llámame por Mi Nombre”)?

Quizás el silencio —o la fingida conmoción— de algunas personalidades hacia la exposición de Weinstein se basa en sus propios compromisos —tal vez no tan monstruosos como los de Weinstein, pero todavía apestan a carne extraña.  Uno no se atreve a juzgar para que él/ella no sea juzgado(a).  La complicidad está potenciada por los propios pequeños monstruos.

Algunas buenas feministas afirman que el lío de Weinstein provocará el arrepentimiento de Hollywood.  Limpiar este sistema puede tardar un poco más.  Sí, el abuso de poder debe terminar.  Y sí, uno debe resolver todas las libertades vanas que Hollywood celebra.  El sexismo no es el único villano.  Todos los pecados contra la castidad lo son; solo aquellos individuos que confiesen estos pecados postrados ante su Autor y Redentor terminarán bien.

Solo un cimiento se mantiene intacto al pasar por el fuego.  Oremos para que Weinstein (y todos sus amigos que ahora le arrojan piedras) caigan sobre la Roca.  Mientras se destapaba esta historia de Weinstein, yo estaba leyendo nuevamente la excelente encíclica del Papa Francisco “La Alegría del Amor”.  Cierro con estos extractos: “Dios mismo creó la sexualidad, que es un regalo maravilloso para sus criaturas.  Si este regalo necesita ser cultivado y dirigido, es para evitar el empobrecimiento de un valor auténtico (150)…  Sobre la base de esta saludable visión de la sexualidad, nosotros podemos abordar el tema con un saludable realismo.  El sexo a menudo se vuelve despersonalizado y no saludable, una ocasión e instrumento para la autoafirmación y la satisfacción egoísta de los deseos e instintos personales.  En nuestros días, la sexualidad corre el riesgo de ser envenenada por la mentalidad del uso y descarte…  ¿Podemos nosotros realmente ignorar o pasar por alto las continuas formas de dominación, arrogancia, abuso, perversión sexual y violencia que son el producto de una comprensión distorsionada de la sexualidad?” (153)

Hollywood ya no puede.

 

 

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