Casa > aguas vivas > Inolvidable: La Sanación Fruto del Covid

“¡Yo no te olvidaré!  Grabada te llevo en las palmas de Mis manos; tus muros siempre los tengo presentes”. (Is. 49: 15b, 16)

En nuestro 40 aniversario como ministerio, golpeados por el covid pero no destruidos, yo me regocijo.  Estoy agradecido por las visitas periódicas a mi mamá de casi 95 años que todavía preside con dignidad el hogar de California en el que crecí.

Divertido servirle y divertido recorrer a través del radio de 3 millas donde puedo recordar las casas de compañeros de clase, del grupo K-12.  En el último viaje decidí interceder por cada casa por la que pasé donde recordaba a su residente anterior.  Supliqué la misericordia de Jesús sobre cada uno.

Andrew y Elena

¡El don del recuerdo!  Mientras me limitaba a viviendas conocidas, se me venían recuerdos, malos y buenos, además de números de teléfono y la conexión de espíritu a espíritu con algunos que conocí en las temporadas de formación.  Si recuerdo a cada uno en oración, con la esperanza de un futuro mejor, ¿cuánto más Jesús? “¡Yo no te olvidaré!”, dice nuestro Dios quien no olvida el clamor de cada niño pidiendo misericordia, incluso si el niño-adulto parece haberse olvidado de Él.

Quizás nuestro recuerdo en oración tiene el poder de acercar Su Presencia.  Ahora. 

Al final de mi recorrido intercesor, me acerqué a una calle que flanqueaba mi escuela primaria y comencé a orar por una amiga excepcionalmente buena del pasado, Elena, quien había vivido en esa calle.  La recordé con cariño: divertida, bonita, tan insegura como el resto de nosotros pero inclinada hacia Dios.  En la escuela secundaria ella volvió su corazón hacia Jesús mientras yo me extraviaba hacia mis actos “homosexuales”.  Para cuando recuperé el sentido a través del espejo de la Misericordia, ella se había alejado de Aquél buscando otros caminos. 

Molestamente celoso, la invité a mi avivamiento.  Ella se rehusó, pero no sin darme un sabio consejo.  “Hazle a todos un favor: cuando hables de Jesús, no imites a nadie más.  Sé tú mismo”.  Lo entendí.  Inolvidable.  Parafraseando a John Wimber: Sé natural.  Sobrenaturalmente natural.

Yo sólo vi a Elena unas pocas veces después de eso —en los reencuentros del grupo de clase, en el gimnasio local cuando visité a mamá.  Ella solía compartir algunas penas.  Su vida no había transcurrido como esperaba; sus padres se divorciaron, al igual que ella, y sus hijos sufrieron y perdieron un poco el rumbo.  Nos reímos por supuesto —ninguno de nosotros perdió nuestra espontaneidad— pero su dolor era perceptible al igual que su resistencia a confiar en este Jesús nuevamente. 

Años más tarde, el mes pasado, recorrí a la vuelta de la esquina hacia la vieja calle de Elena.  Una mujer caminó delante de mí y supe que era ella.  Hablamos por una hora.  Algo había cambiado, su rostro estaba iluminado por una luz invisible.  Parece que el encierro forzado debido al Covid coincidió con la muerte de su madre y la posterior afectación por parte de uno de sus hijos.  Sola, ella escuchó en voz baja: “Quédate quieta y date cuenta que soy Dios”.  Ella no tuvo más que tiempo para regresar a su primer amor.  Él la recordaba a ella y ella a Él. 

Por supuesto, hablamos de nuestros días 50 años atrás en esa misma calle tratando de descubrir nuestras vidas.  Y nos regocijamos juntos de que Aquél que nos creó se acordó de nosotros.  Él se está convirtiendo en la forma misma de nuestras vidas ahora.  Más que nostalgia, recordamos Su fidelidad revelada de incontables maneras, incluida la amistad.  Nos regocijamos en nuevas misericordias esa mañana.  Inolvidable.

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