Casa > aguas vivas > Ira: Pasión que Purifica y Arrebata

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“Si se enojan; no pequen” (Ef. 4:26)

La ira es un arma de doble filo.  Ésta puede incitarlo a uno a expulsar los ídolos de la casa del Padre; o puede impulsar a otros a llenar esa casa con idolatría.

Cada uno de nosotros enfrentamos la resistencia a lo que percibimos como metas dignas.  Ayuda a acceder a la pasión que nos motiva a ir contra la corriente.  La ira puede activarnos para hacer un agujero a través de la madera dura de la injusticia, o al menos lo que percibimos como injusto.

Quizás ese es el meollo del asunto.  Lo que comienza como “justicia” puede degenerarse y convertirse en un esfuerzo egoísta para obtener lo que queremos, a nuestra manera.  En otras palabras, nuestro concepto de “ira justa” puede ocultar un esfuerzo egoísta para justificarnos.

Las personas que han sido maltratadas con frecuencia apuntan a sus heridas como una justificación de su comportamiento enfadado y defensivo.  De este modo, ellos aman la herida y la blanden como un cuchillo a fin de asegurar ciertos derechos.  Cuando ellos dejan de lado a Dios con sus heridas y al definir estos derechos, corren el riesgo de convertirse en déspotas, pequeños dioses que ahora buscan controlar a los demás en virtud de las verdaderas injusticias cometidas contra ellos.

Considera a una mujer que ha sido engañada por su marido.  Incitada por la verdadera injusticia cometida contra ella, ella puede envalentonarse para hacer de toda la familia los rehenes de su rabia.  O un hombre herido por un pastor repulsivo o por un sistema que en última instancia se pone del lado de lo repulsivo y no de la víctima.  Él, al igual que la esposa traicionada, tiene razón en abrirse paso a través del miedo y poner al descubierto esa oscuridad.  Pero la ira con demasiada frecuencia se transforma en un dominio infeccioso de odio (en este caso, contra la Iglesia) que lo aleja de lo que podría sanarlo.

El ejemplo más obvio de la ira fuera de lugar es el activismo gay.  Citando males reales infligidos ​​a algunos niños con confusión de género y afirmando que el suicidio es inmanente para cualquier alma confundida a la que no se le permite actuar como homosexual u obtener un cambio de sexo, los activistas han hecho un trabajo magistral en cambiar la forma en que toda una civilización entiende lo que es el quebrantamiento sexual.

¿Quebrantamiento?  ¿Cuál quebrantamiento?  Ya ni siquiera podemos hablar de la redención amorosa de Jesús hacia las personas que se arrepienten de lo que la Escritura define como una perversión de la voluntad de Dios para con la humanidad en nuestra cultura de “yo nací así, permanezco así, quítate de mi camino”.

Sin embargo, la ira puede ser algo bueno.  Yo estoy enojado por lo que los hombres infieles les hacen a las mujeres y por lo que los hombres del clero pueden afectar a las personas vulnerables.  Y estoy enojado porque la Iglesia a menudo no comprende dicho quebrantamiento relacional y sexual y no ha brindado sanación.  Esa ira me motiva a hacer algo al respecto.  Yo quiero ir contra la corriente de una Iglesia complaciente que prefiere a hacerse la “buena” que actuar con decisión en favor de las personas dañadas.  Si ésta se levantara como la profeta, bien puede comenzar a limpiar las manchas que la desprestigian.  Ella podría convertirse en una comunidad sanadora digna de Jesús.

Jesús se enojó tanto tanto, que expulsó a los idólatras de la casa del Padre y luego se sometió a la miseria para ponerle fin a la nuestra en el Calvario.  Su pasión es siempre la prueba decisiva que determinará si nuestra pasión arrebatará o purificará.  Para que la ira nos motive con razón, debemos someter nuestras heridas a Aquél que carga con ellas y las limpia de la amargura y otras infecciones.  Debemos perdonar a nuestros captores.  Yo debo poner continuamente a los activistas a los pies de la Cruz: “Padre, perdónalos; ellos no conocen sus formas de justificarse a sí mismos”.

Yo quiero levantarme y ver y actuar en favor de las personas esclavizadas por una serie de injusticias.  Seamos Sus testigos, invitándolos a arrodillarse ante Aquél en quien convergen la misericordia y la justicia.

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