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“La paz les dejo; mi paz les doy.  No se angustien ni se acobarden” (Jn. 14, 27).

No es tan fácil como parece.  Claro, yo estoy orando —nada más que tiempo para orar, quedándome más tiempo delante de Él.  Sí tengo hambre de Él, sin embargo no hay Eucaristía, pero la Presencia Real de Jesús en Su Espíritu sale a mi encuentro.  A veces, todo mi ser resuena con algo como la paz.

Hasta yo me sorprendo de mí mismo.  Justo cuando pensé que podía “vivir por el Espíritu y no seguir mis deseos” (Gá. 5:16)…  Pum.  Se suponía que la cita con mi médico sería rápida y fácil.  Pero la fila afuera para tomar la temperatura y repartir mascarillas era larga; cuando la recepcionista me reprendió con voz chillona —con una sonrisa de pasaporte grotesca— “¡Retroceda señor, está demasiado cerca!”  —me vi a mí mismo arremeter contra ella y borrar con éxito la fachada de su rostro “agradable”.

“La paz que Él dejó” se esfumó.  Mientras yo paseaba por la sala de espera (no había espacio en ese corredor  —la mayoría de los asientos estaban bloqueados para fines de distanciamiento), sentí una buena vergüenza y reflexioné sobre lo que se esconde debajo de la mayoría de nuestros esfuerzos de oración.  Su paz aún supera el entendimiento, pero también las perturbaciones que se filtran en nuestra esencia y nos sacuden.

Pedí misericordia.  Recé la coronilla de la Divina Misericordia.  Ésta me recuerda que la misericordia de Jesús es suficiente y se extiende mucho más allá de mí para llegar a quienes más la necesitan.  “Oh Fuente de Vida, Oh Divina Misericordia infinita, derrámate sobre nosotros y envuelve al mundo entero…”

Yo enfoco Su misericordia a los que están en primera línea en todo el mundo, a las personas aisladas y sin consuelo familiar en su angustia.  Al igual que ustedes, yo tengo una docena de amigos y familiares que sufren solos.  Y oro por los médicos valientes que son los últimos en sujetar una mano temerosa, perdiendo su agarre.

Ese es el verdadero asunto —el fondo de esta pandemia— las personas buenas que pierden el aliento y los héroes de hospital que los acompañan mientras observamos impotentes a través de varias pantallas.

No podemos atravesar los muros de esta pandemia.  Pero la Divina Misericordia y la Paz pueden.  Yo me río de mis mezclas y luego oro para que ese Río fluya hacia los más valientes y vulnerables, en esta pelea.

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