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Justicia 2: Lágrimas Santas

“La justicia sin misericordia es crueldad”.  Santo Tomás de Aquino

Cuando San Juan (Jn 8:1-12) describe a los fariseos que arrastraban a la mujer adúltera ante Jesús con la esperanza de exponer Su incapacidad de unir la misericordia y la justicia (Lev 20:10), ¿con quién nos identificamos?

Al igual que yo, probablemente tú puedes admitir que tienes algo de la prostituta y algo de los fariseos.  Muchos de nosotros los que salimos de la desintegración sexual hemos trabajado duro por mantenernos limpios y ayudar a la Iglesia a limpiar la casa.  Felicitaciones.  Ahora nos sentimos menos tentados por los espíritus impuros y más inclinados hacia los espíritus religiosos.  ¿Qué más explica el choque que sentimos cuando un verdadero pecador aparece en medio de nosotros?

Dios es fiel.  ¿Podríamos reconocer en nuestra “enculteración” cristiana un destello del fariseo interior cuya indignación por la crisis de género en nuestra actualidad nos tienta a mirar con disgusto a aquella persona que está ante nosotros la cual no se identifica con ningún género? ¿Nos hemos olvidado de los acosadores que nos molestaban en la escuela antes de caer en las garras de la ideología LGBT, cuando estábamos perdidos, solos y ensimismados nada más en nosotros? ¿Qué hay con los religiosos que nos miraban de reojo a través de sus sonrisas?  ¿El estúpido consejo de los hombres de iglesia que enfatizaban sus clichés con “simplemente no se lo digas a nadie…”?

Es bueno perdonar y no olvidar lo difícil que es para las personas atípicas encontrar un equilibrio entre los santos.  Y si lo olvidamos, sólo espera.  Dios es misericordioso para traer a flote las viejas luchas de la carne sólo para recordarnos lo vulnerables que todavía somos y cómo de alguna manera, necesitamos el amor salvador de Jesús hoy más que ayer.  Dejen rugir las voces acusadoras.  Dejen que los demonios aúllen y nos persigan hasta los pies de Jesús donde nuestras almas divididas pueden encontrar refugio de las piedras y las miradas acusadoras de los fariseos.  C.S. Lewis tiene razón: “Si la religión no te hace mucho mejor, te puede hacer mucho peor”.

Quizás tus pecados no tengan que ver con la sensualidad, por lo que no puedes identificarte con la prostituta.  Entonces piensa en el adulterio como una virtud ilícita, no en el sexo.  ¿Has empezado a autofelicitarte por tu vida ordenada en vez de darle gracias a Dios por Su misericordia?  Tal vez pases más tiempo orando por tu santidad que por salvar de las llamas del infierno a un alma torturada.  Muchos de nosotros podemos confesar con honestidad que necesitábamos que el cónyuge, hijo, hija o amigo con una vida desordenada nos despertara de nuestra fe egocéntrica y nos arrojáramos una vez más al amor salvador de Jesús.

La dulce y exquisita verdad: ¡Jesús es la justicia de Dios para los quebrantados como nosotros!  Y hace falta un buen quebranto para que nosotros los peregrinos seamos renovados por Su misericordia, un amor purificador que envuelva y transforme nuestras injusticias en algo bueno.

Todo lo que nos queda son lágrimas, la evidencia de que hemos perdido nuestro camino, que nos hemos enfriado en la luz, que nos hemos cansado de hacer el bien, que nos hemos vuelto despiadados.  Las lágrimas son buenas.  Éstas nos demuestran que todavía tenemos corazones que se pueden quebrantar.  ¿Qué mejor momento para quebrantarse que ahora mientras caminamos con Jesús al Calvario?  Quizás nuestros corazones quebrantados necesitan hacer un espacio para las personas que perecerán a menos que reciban una participación en Su corazón a través del nuestro.

“El fuego del amor divino, el cual arde en el altar de nuestros corazones…  se convierte milagrosamente en agua, la compunción de las lágrimas, la cual nos purifica del pecado y ensalza nuestras buenas obras.  Cuando nuestras obras son salpicadas con lágrimas, resplandece sobre nosotros un esplendor, y un rayo de luz irradia desde nuestras profundidades con una serenidad de delicioso brillo”.  San Pedro Damián

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