Casa > Blog De Andrew > ¿No Juzgar? (Parte 1) Juez Misericordioso

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El Papa Francisco lanzó mil especulaciones cuando bromeó “¿quién soy yo para juzgar?” en respuesta a las preguntas de un periodista acerca de las personas con atracción hacia el mismo sexo, incluyendo los hombres del clero Católico. Yo no puedo interpretar el significado exacto del Papa Francisco en este particular. Pero sé que en nuestro clima cada vez más tolerante con la comunidad homosexual, sus palabras se han convertido en demasiado conocidas. En muchos círculos Cristianos, el creyente que desafía la bondad moral de la identidad, la práctica, y el matrimonio homosexuales por lo general se encogió de hombros con un “¿quién soy yo para juzgar?”, como si esa declaración en sí marcara a quien la proclamó como profundamente amoroso.

La paradoja: muchos de los que se rehúsan a “juzgar” la homosexualidad pueden ser estridentes y despectivos hacia las personas que están en desacuerdo con ellos ―hacen graves juicios rápidos de aquéllos que tienen un problema con el comportamiento homosexual. Por ejemplo, una devota amiga mía ha sido arrollada por su familia católica por su negativa de bendecir la relación lésbica de una familiar. En verdad ella ha buscado el camino mucho más difícil de amar a ambas partes de forma activa aunque sin cambiar los límites de lo que ella sabe que es lo mejor de Dios para con las relaciones humanas.

Sin duda, Jesús hace algo trascendental al no juzgar a los demás injustamente. Sin embargo, Él insiste en que hagamos juicios morales adecuados confiando en Su misericordia y discernimiento. El apóstol Pablo es nuestro santo patrono aquí; él nos insta en el Espíritu de Jesús a “juzgar a los que están dentro de la iglesia” (1ª Co 5:12).

Entonces, ¿cómo hacemos juicios morales adecuados sin ser críticos? Una clave: mantener lo primero es lo primero, el Evangelio de Jesucristo. Que Dios se hizo carne con el fin de romper el dominio de nuestro desorden moral y transformarnos a Su propia imagen, esa es una buena noticia, tan impresionante de hecho que todas las demás consideraciones deben inclinarse ante Aquél que hace nuevas todas las cosas.

Volverse “crítico” en el sentido verdaderamente negativo resulta de perder este enfoque centrado en el Evangelio. Al perderle de vista a Él, nos volvemos autosuficientes y propensos a las autojustificaciones. Debemos defendernos, ¡somos todo lo que tenemos! Las personas que se justifican a sí mismas tienden a juzgar equivocadamente, defensivamente. Eso se aplica tanto a los liberales como a los conservadores. Por ejemplo, cuando yo era un joven “izquierdista”, lo único que podía hacer era defender mi forma “gay”. Yo no conocía ningún otro camino, ya que Jesús aún no era mi camino.

Sólo la misericordia rompe con las cadenas de la autojustificación. La misericordia nos abre un mundo completamente nuevo; ésta nos libera para que vivamos las palabras del Papa Emérito Benedicto, citado por el Papa Francisco en el “Evangelio Gozoso” (EG): “Ser cristiano no es el resultado de una decisión ética o una gran idea, sino el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, lo cual da a la vida un nuevo horizonte y dirección decisiva”.

Jesús nos abre un horizonte completamente nuevo. Él nos deja un camino decisivo. Él hizo un camino para que el Amor Divino superara todos los otros amores que compiten por nuestros corazones. Unidos con Él, Jesús nuestro horizonte, Jesús nuestro camino, Jesús nuestro objetivo, comenzamos a ser más como Él. Parte del fruto de la semejanza con Cristo es el llamado y la capacidad de hacer sabios juicios morales. Dicho discernimiento invita a la nueva vida para nosotros y para los demás.

La palabra principal en el Nuevo Testamento para “juzgar” a los demás tiene sus raíces en el sustantivo para juez, o del griego krites. El verbo “juzgar” (del griego krino) significa separar una cosa de otra, seleccionar, elegir, examinar o investigar. El juicio en el Nuevo Testamento está anclado en el entendimiento de Dios como Aquél que juzga absolutamente. Eso también tiene un fuerte precedente del Antiguo Testamento, y hace referencia al Creador que todo lo ve, todo lo sabe y quien determina el destino eterno de Sus criaturas en base a Su conocimiento completo de ellos. Dios el Juez es el máximo examinador de los corazones humanos; Él es, pues, el Único calificado para separar el trigo de la cizaña, las ovejas de las cabras, los salvos de los no salvos.

“Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino los pensamientos, para darle a cada uno según sus acciones y según el fruto de sus obras…” (Jer. 17:10)

“Ya que invocan como Padre al que juzga con imparcialidad las obras de cada uno, vivan con temor reverente mientras sean peregrinos en este mundo”. (1ª Pe 1:17)

Jesús se define a Sí mismo como uno con el Padre en el juicio: “Mi Padre… todo juicio lo ha delegado en el Hijo. Él le ha dado autoridad para juzgar, puesto que es el Hijo del hombre” (Jn 5: 22, 27).

Estos versículos y muchos otros dejan en claro que sólo el Creador, Padre e Hijo, tienen el poder de determinar el destino eterno de Sus criaturas. ¡Gloria Aleluya! Eso nos libera prohibiéndonos juzgar los destinos finales de los demás. Claramente un llamado divino…

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