Casa > Blog De Andrew > ¿No Juzgar? (Parte 2) Limitando el Horizonte de Otra Persona

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Dios es el Único calificado para determinar el destino eterno de Sus criaturas. El hecho de que incluso aspiremos a Su papel como Juez revela un rasgo feo en nosotros. No siempre se puede expresar en condenar a los demás al infierno; bien puede implicar expresiones de juicio menores en las cuales unimos a los demás a una imagen menor de sí mismos.

Nuestras propias experiencias dolorosas con nuestros seres queridos incitan las defensas y los temores que nos tientan a reducirlos a nuestra imagen. Eso está muy lejos de la imagen de su Creador; es la imagen defensiva de nuestro propio diseño. Los corazones heridos pronuncian juicios finales como una forma de autoprotección y revancha. Nosotros los creados podemos operar fuera del Creador y cerrar el horizonte de la otra persona.

Por ejemplo, Annette y yo enfrentamos muchas dificultades con un amigo que se identifica como gay. Con frustración y dolor, fue fácil estar de acuerdo con las formas autosaboteadoras y autoodiosas de nuestro amigo. Nuestros sentimientos eran a la vez comprensibles y diabólicos. Jesús nos dio la oportunidad de arrepentirnos y perdonarlo, para que pudiéramos convertirnos en espejos y proveedores de su propia dignidad. Dios es fiel para ayudarnos a mantener abierto el horizonte de otra persona ¡incluso cuando él/ella que quiere cerrarlo!

El mismo principio se aplica también a lo que yo describo como “fatalismo homosexual”. Eso implica un entendimiento secular de las personas con AMS en el cual hacemos de ellos un “ethnos”, un grupo de personas definido desde el nacimiento como “gays”. Eso engendra una especie extraña de la ortodoxia “rara” en la cual los vulnerables deben ser bautizados y confirmados como siempre “gays”, si de hecho van a ser fieles a su “Yo” más profundo. Esta nueva ortodoxia sexual no es ni científica ni particularmente moral; es en verdad una espiritualidad mundana.

Como estudiante del campus de la UCLA, dos grupos se disputaban mi atención: el grupo evangélico y la Unión de Estudiantes Gays. Yo encontré este último particularmente convincente, ya que es más fácil adorar a la criatura a quien puedes ver antes que al Creador a quien no puedes ver. Solo mediante la gracia, encontré el mundo “gay” en última instancia como un horizonte cerrado, una forma de fatalismo.

Richard John Neuhaus escribe: “El fatalismo es resignarnos a lo inevitable; la fe es encomendarnos a AQUÉL que es digno de nuestra confianza”. Yo estoy eternamente agradecido por el don y la comunidad de fe. ¡Allí yo descubrí a Jesús, mi objetivo y mi camino, mi “nuevo horizonte y dirección decisiva”!

Llamarnos unos a otros como gays y reforzar esa identificación cierra el horizonte de uno; es anti-Evangelio. Santiago invoca el poder del Creador cuando él suplica a sus lectores que no cierren ese horizonte con falsas declaraciones sobre los unos hacia los otros. “Hermanos, no hablen mal unos de otros… No hay más que un solo Legislador y Juez, Aquél que puede salvar y destruir. Tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?” (Stgo 4:11, 12)

Algunos amigos machistas del gimnasio estaban clasificando a un hombre que evidentemente tenía una confusión de género. Yo no pude soportarlo: “Saben chicos, sus juicios sólo acrecientan el dolor y la confusión de la vida de ese tipo”. Debemos vivir en todos los ámbitos de la vida de esta profunda verdad de San Pablo: “De ahora en adelante no consideramos a nadie según criterios meramente humanos” (2ª Co 5:16).

Nosotros podemos entrenarnos para deponer los falsos juicios de nuestra edad moderna y ver y llamar a nuestro prójimo de acuerdo a una verdadera antropología basada en el catecismo. “Todo hombre y toda mujer debe reconocer y aceptar su identidad sexual; eso incluye la diferencia y la complementariedad de género… la armonía de la sociedad depende de cómo se vive esa complementariedad”. (CCC2333)

Es por eso que San Juan Pablo II pudo decir de manera decisiva en la Teología del Cuerpo: “La dignidad de las futuras generaciones depende de quién será el hombre para la mujer y quién será la mujer para el hombre”. Cada uno de nosotros tenemos el gran llamado de ayudar a confirmar la claridad de la dignidad de la otra persona, como hombre o como mujer; ¡las futuras generaciones nos lo agradecerán por hacerlo!

Juzgar a los demás llamándolos de acuerdo a una imagen menor de lo que Dios quiere, usurpa el papel de Dios mismo. Esa tendencia tomó una forma más conocida en la época de Jesús a través de los Fariseos. Estos líderes religiosos judíos tergiversaron cientos de reglas de la Ley Mosaica y terminaron enredando a los demás en su red de tradición religiosa.

Los Fariseos complementan la espiritualidad mundana del fatalismo homosexual. El Papa Francisco los describe como infectados por una “mundanidad espiritual”: una religiosidad basada en la ortodoxia rígida, el orgullo en esa ortodoxia, pero sin una transformación interior del corazón. Sin un cambio de “cor” (o corazón), éstos pudieron imponer reglas, pero no inspirar redención. Los Fariseos tendieron a ser quisquillosos, hipócritas e indiferentes hacia aquellos que servían. Jesús lo dijo mejor cuando describió a los Fariseos como individuos que habían cambiado los mandamientos de Dios por las tradiciones de los hombres (Mc 7: 8).

La religión farisaica en tiempos de Jesús redujo el horizonte de quién era Dios y cómo Él veía a sus hijos. En esa mezcla, Jesús trajo un nuevo Reino en la Palabra y las maravillas. Él invitó a los pobres hacia una misericordia lo suficientemente tierna para tocar sus heridas y lo suficientemente fuerte como para sanar esas heridas de los peligros de la mala religión.

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