Casa > Blog De Andrew > ¿No Juzgar? (Parte 4) Juicios Necesarios

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Qué bonito ver a los demás a través de los ojos de la misericordia. Y doloroso. A veces es necesario ver con esos ojos el daño que nos hacemos unos a otros cuando los fieles actúan infielmente a través del pecado sexual. San Pablo nos da un poderoso complemento al mandato de Jesús de “no juzgar” cuando el Apóstol nos implora como hombres y mujeres de la iglesia que hagamos juicios sabios en lo que respecta a nuestros hermanos que han caído en pecados graves. ¿Por qué? San Pablo entendió que la inmoralidad sexual sin control tenía el poder en la comunidad creyente para impactar la pureza y la santidad de los demás.

El mundo greco-romano de Pablo difería significativamente de la comunidad hebrea de Jesús en lo que respecta a la sexualidad y la espiritualidad. El Apóstol predicaba el Evangelio entre los ciudadanos que adoraban a muchos dioses y diosas y cuyas prácticas sexuales reflejaban esa diversidad. Mientras que Jesús liberaba a los pobres de la vergüenza legalista de los Fariseos, San Pablo se contentaba con la casi desvergüenza de los nuevos conversos que salían de un mundo idólatra, altamente sensual.

En 1ª Co 5, San Pablo describe a un hombre de la Iglesia de Corinto que estaba cometiendo incesto con la esposa de su padre. ¡Y la Iglesia estaba orgullosa de él! (1ª Co 5:2). La naturaleza severa de la inmoralidad sexual en cuestión acoplada con una tolerancia arrogante del pecado inspiró a San Pablo a exhortar a los miembros del cuerpo de Cristo en Corinto: “¿Acaso me toca a mí juzgar a los de afuera? ¿No son ustedes los que deben juzgar a los de adentro? Expulsen al malvado de entre ustedes” (12, 13).

En otras palabras, nosotros debemos discernir cuándo se está violando la integridad de la Iglesia. Eso le importa a Jesús y nos debe importar a nosotros: cada uno de nosotros debemos hacer nuestra parte cuando los miembros se están violando unos a otros.

San Pablo claramente está “juzgando” a este hombre de Corinto, y lo hace sin reservas. Sus razones son claras: tolerar la inmoralidad sexual entre los creyentes tiene un efecto especialmente pernicioso en todo el pueblo: “Un poco de levadura hace fermentar toda la masa” (v 6). Dicha tolerancia socava las normas morales de la comunidad en general.

Al comentar sobre el juicio y la disciplina de Pablo hacia este hombre, el especialista Paulino Dr. Robert Gagnon escribe: “Si la Iglesia se rehúsa a tomar una posición firme contra una violación obvia y grave de inmoralidad sexual, entonces su resistencia a otros tipos de inmoralidad sexual se debilitará más allá de repararla”.

A diferencia de los discípulos judíos que estaban sujetos a un sinnúmero de regulaciones concernientes a la pureza sexual, los corintios se jactaban de sus libertades sexuales como un signo de su fe progresiva, llena de gracia. San Pablo les recordó en los Capítulos 6 y 7 del poder del cuerpo humano para atarlos a la comunión íntima con Dios o con otros dioses y diosas. Él simplemente está aplicando el mandato de Jesús: el continuo comportamiento inmoral no arrepentido lo pone a uno en riesgo de no heredar el Reino de Dios. (Mt 5: 27-30: Jesús nos implora que destruyamos lo que nos hace tropezar ¡para que podamos evitar el infierno!)

San Juan el Apóstol invoca el mismo principio en lo que respecta “tolerar” a la profetisa Jezabel cuya enseñanza “condujo a los siervos de Dios hacia la inmoralidad sexual” en la iglesia en Tiatira. El Apóstol profetiza un intenso sufrimiento para todos en la iglesia que no se arrepienten (Ap 2: 20-23). Un lenguaje fuerte: San Juan y San Pablo juzgan, una espada destinada a separar lo santo de lo manchado con el fin de preservar la integridad del conjunto.

Esa integridad incluye la invitación a los manchados a arrepentirse hacia la misericordia de Dios. En verdad, la misericordia motiva a Juan y Pablo en sus juicios. San Juan invita a los pobladores de Tiatira a alejarse de su engaño y así evitar el sufrimiento; San Pablo implora a los corintios a expulsar de la comunidad al hombre inmoral para que su pecado sea destruido, y su alma sea salvada (1ª Co 4:5). La purga de la impureza de la comunidad está unida a la esperanza de la restauración de los caídos.

Los excesos en Corinto y Tiatira exigieron un juicio decisivo y divisivo con el fin de preservar la dignidad de los fieles.

Lo que le importa a Jesús, a San Pablo y a San Juan y creo que al Papa Francisco es que no exageremos la amenaza de la inmoralidad sexual de los demás. Corremos el riesgo de magnificar las “astillas” y olvidar nuestras propias vigas.

Dos claves aquí: aunque podemos y debemos juzgar ciertos actos como graves, debemos encomendar el juicio final de las personas a la justicia y la misericordia de Dios (CIC 186).

La base de dicho discernimiento moral es nuestra apreciación personal de las vulnerabilidades morales. Las Escrituras y la enseñanza de la Iglesia nos mandan una y otra vez a hacer sabios juicios morales acerca de nosotros mismos. El horizonte que Jesús nos ha abierto nos libera para hacer sabios juicios morales. Y debemos hacerlos, si queremos engendrar vida en nuestros hermanos, no confusión o lujuria o miedo.

Salomón nos implora que “conservemos el buen juicio; que no perdamos de vista la discreción. Nos serán fuente de vida”, un antídoto para no vernos atrapados en el pecado (Pro 3: 21). “Un hombre que comete adulterio le faltan sesos; el que así actúa se destruye a sí mismo” (Pro 6:32) y me atrevo a decir, a su matrimonio también. Cuán bendecidos somos, cuando a través de la misericordia de Dios hemos sacado la viga de nuestro propio ojo, y podemos ayudar a nuestro hermano a quitarse la paja del suyo.

Queremos que nuestras iglesias sean santuarios seguros y limpios. ¡Pero sin embargo, terrenales y lo suficientemente honestos como para acoger a las ovejas sucias para que puedan tener una oportunidad de luchar para volverse limpias! Quizás esto está entre los principales puntos del Papa Francisco: En vez de una Iglesia que se aferra a su propia seguridad, Él quiere una iglesia que esté golpeada y herida porque ha estado en la calle… “Si hay algo que justamente nos perturba y molesta nuestras conciencias, es porque muchos de nuestros hermanos y hermanas están viviendo sin la luz, la fortaleza y el consuelo nacidos de la amistad con Jesús, y sin una comunidad de fe para apoyarlos…” (EG 49)

¿Podríamos nosotros ser empoderados por un Evangelio renovado que tiene el poder de abrir el horizonte de los demás y otorgarles una nueva visión y una nueva esperanza para sus vidas? Estos hombres y mujeres nos rodean en nuestra vida cotidiana: personas con AMS quienes están cegados por tanto fatalismo homosexual y la estigmatización del Fariseo.

¿Podríamos nosotros confiar en la verdad que nos ha liberado, el amor divino que supera nuestras debilidades y nos impulsa a construir puentes en lugar de muros con los demás? No nos contentemos con ser una iglesia verdadera impecable, sino una iglesia revuelta, fructífera. Manifestemos la misericordia que tiene el poder de abrir para todos un nuevo horizonte.

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